jueves, 27 de agosto de 2009

La mentira del éxito- G.K.CHESTERTON

La mentira del éxito- G.K.CHESTERTON


Han surgido en nuestros días, un tipo en particular de libros y artículos que creo firmemente que pueden considerarse los más idiotas que ha conocido la humanidad. Son más descabellados que la novela de caballerías más absurda , más aburridos que el más soporífero panfleto religioso. Con la agravante de que las novelas de caballerías trataban del ideal del caballero andante, los panfletos religiosos de la religión, pero estos no tratan de nada. Tratan de lo que llaman triunfar. En cada quiosco y en cada revista, encuentras obras que le explican a la gente como triunfar en lo qué sea. Están escritos por gente que ni siguiera triunfa en escribir un libro. Para empezar, no existe, por supuesto, el éxito. O, por así decirlo, no hay nada que no lo sea. Decir que algo es un éxito sencillamente es decir que existe. El millonario es un éxito siendo un millonario y un asno siendo un asno. Cualquier persona viva triunfa en la empresa de seguir viviendo, y cualquier muerto puede decirse que ha tenido éxito suicidándose. Pero, al igual que hacen estos escritores, pasemos por alto la mala filosofía y deficiente lógica de la frase, usaremos el sentido común de la expresión que dice que el éxito es ganar mucho dinero o triunfar en sociedad. Estos escritores pretenden decirle a un hombre corriente cómo puede triunfar en su trabajo o negocio. Si es un albañil, cómo triunfar poniendo ladrillos. Si es un agente de bolsa, cómo triunfar negociando valores. Pretenden decirle cómo, si es un tendero, se convertirá en el dueño de un yate, si es un periodista de tercera, en un par del reino, si es un alemán, en un inglés. Es una clara proposición mercantil y creo que la gente que compra estos libros, si es que alguien lo hace, tiene el derecho moral, si no legal, de exigir que les devuelvan el dinero. Nadie se atrevería a publicar un manual sobre electricidad que literalmente no dijese nada sobre la electricidad, o una articulo de botánica que dejase claro que el escritor no sabe que extremo de la planta hecha raíces en el suelo. Sin embargo, el mundo actual esta repleto de libro sobre el éxito y los triunfadores que, hablando estrictamente, no contienen idea alguna y apenas están redactados coherentemente.
Está muy claro que en cualquier trabajo honrado, cómo poner ladrillos o escribir libros, solo hay dos maneras de triunfar. Una es trabajando muy bien, otra engañando a la gente. Las dos son demasiado sencillas cómo para requerir que las expliques en un libro. Si te dedicas al salto de altura, o saltas más alto o de alguna forma aparentas que lo has hecho. Si quieres triunfar jugando al whist, o juegas muy bien o llevas cartas marcadas. Puedes desear un libro sobre el salto de altura, puedes desear un libro sobre la cómo jugar al whist, puedes desear un libro sobre la manera de hacer trampas jugando al whist. Lo que no puedes desear es un libro sobre el éxito. Y menos como los que encuentras por centenares esparcidos por el mercado editorial. Puede que desees saltar o jugar a las cartas, pero lo que no puedes desear es leer frases inconexas que te dicen que saltar es saltar o que los juegos los ganan los ganadores.
Si, por poner un ejemplo, esta gente escribiese algo sobre el éxito en el salto de altura, sería algo así: El saltador debe tener un objetivo definido en frente de sí. Debe desear saltar más alto que los demás competidores. No debe permitir que patéticos sentimientos de piedad, propios de pacifistas o partidarios de los Boers, le frenen a la hora de dar lo mejor de sí mismo. Debe recordar que una competición de salto es competitiva y como Darwin ha declarado para su gloria LOS DEBILES AL PAREDÓN.
Esto es lo que pondría en un libro de estos. Podría resultar sin dudarlo, muy útil. Sobre todo si se lee, en voz baja y tensa, a un hombre joven que estuviese a punto de participar en una competición de salto.
O supongamos que estos filósofos del éxito, en uno de sus paseos, se encontrasen con nuestro segundo ejemplo. Eso es lo que dirían: jugando a las cartas, es necesario evitar el error, en el que incurren con frecuencia humanitarios sentimentales y partidarios del libre comercio, de permitir ganar al contrario. Hacen falta agallas y entrar para ganar. Los tiempos del idealismo y la superstición han pasado. Vivimos en una época de ciencia y sentido común, y se ha demostrado científicamente que en un juego para dos personas, GANA UNO DE LOS DOS.
Por supuesto, todo esto es muy emocionante. Pero jugando a las cartas, preferiría tener un librito que explicase las reglas del juego. Más allá de las reglas del juego, es cuestión de talento o de falta de escrúpulos. Ya me ocuparé yo de proporcionar uno u otra. Aunque no diré cual.
Cogiendo un ejemplar de una revista de amplia circulación, me encuentro con un ejemplo raro y divertido. Es un artículo titulado “El instinto que enriquece a la gente”, en su primera pagina hay un retrato enorme de Lord Rothschild. Hay mucho métodos concretos, honrados y fraudulentos, de amasar una fortuna. El único instinto que conozco que haga esto, es el instinto que la teología cristiana llama, con tanta ordinariez, “ el pecado de avaricia” Lo que, por supuesto, queda al margen de la cuestión que nos ocupa. Citaré un párrafo, una muestra exquisita del típico consejo sobre la manera de triunfar. Es tan práctico que apenas deja lugar a la duda sobre cual debe ser el siguiente paso.
"El apellido Vanderbilt es sinónimo de riqueza amasada por empresas modernas. Cornelio, el fundador del clan, fue el primer gran magnate americano del comercio. Empezó en la vida como el hijo de un granjero pobre, terminó siendo veinte veces millonario.
Suyo era el instinto de ganar dinero. Atrapó al vuelo las oportunidades que le proporcionaron las maquinas de vapor, el comercio trasatlántico y el nacimiento del sistema de ferrocarriles en Estados Unidos, dotados de recursos materiales que estaban por explotar. Por todo ello, amasó una fortuna inmensa.
Por supuesto, esta claro que no se pueden seguir exactamente los pasos de este monarca de los ferrocarriles. Las oportunidades concretas que se le aparecieron no surgen ante nosotros. Las circunstancias han cambiado. Pero aunque esto sea así, en nuestro entorno podemos aplicar sus métodos generales. Podemos atrapar las oportunidades que se nos ofrecen y así darnos a nosotros mismos una buena posibilidad de alcanzar la riqueza."
En estos comentarios tan raros, vemos claramente lo que subyace en estos artículos y libros. No es simplemente el mundo de los negocios, ni siquiera el puro cinismo. Es misticismo, el horrible misticismo del dinero. El autor de ese párrafo, esta resulta evidente que no tenia la más remota idea de cual fue la manera en que Vanderbilt amasó su fortuna ni de la manera en que nadie lo hace. Termina su argumentación defendiendo una especie de plan que no tiene nada que ver con Vanderbilt. Simplemente, ansiaba postrarse a los pies del misterio de un millonario. Porque cuando de verdad se adora algo, amamos tanto su claridad como su oscuridad. Nos sentimos exultantes ante su invisibilidad. Por ejemplo, un hombre que ama a una mujer encuentra un placer especial incluso en los momentos en que ella se muestra poco razonable. O, por poner otro ejemplo, un poeta místico muy piadoso, alabando a su creador, se enorgullece al decir que misteriosos son sus caminos.
Ahora bien, el autor de este párrafo, es evidente que no quiere saber nada de Dios y a juzgar por lo poco practico de su carácter, es dudoso que alguna vez conociese, de verdad, el amor de una mujer. Pero trata al objeto de su adoración, Vanderbilt, con idéntico misticismo. Se regodea en que su dios, Vanderbilt, le oculta algo. Tiene el alma embelesada de astucia, un éxtasis propio de un sacerdote, con la pretensión de que va a revelar a las multitudes el terrible secreto que él mismo ignora.
Hablando del sentido que enriquece, el mismo autor escribe:
"En la antigüedad, su existencia era claramente reconocida. Los griegos la sacralizaron en la historia de Midas, que convertía en oro cuanto tocaba. Su vida era un paseo por entre la riqueza. Convertía en metal precioso todo lo que se le ponía por delante. Una leyenda estúpida, dijeron los sabios victorianos. Una verdad, decimos hoy en día. Todos conocemos hombres semejantes. Siempre estamos leyendo sobre hombres capaces de convertir todo en oro, incluso les vemos en persona. El éxito les sigue como un perro faldero. El sendero de su vida siempre les conduce a las alturas. Son incapaces de fracasar.."
Pero, desgraciadamente, Midas podía fracasar. Fracasó. El sendero de su vida no le condujo siempre hacia las alturas. Se murió de hambre por que cada vez que tocaba una galleta o un bocadillo de jamón se convertían en oro. Eso era lo fundamental de la historia por más que el autor lo censure. Lo que me parece de muy buena educación al escribir al pie de un retrato de Lord Rothschild. Las viejas fábulas de la humanidad son, en verdad, insondablemente sabias, no debemos permitir que las censuren para favorecer a Lord Rothschild. No debemos tolerar que nos pongan a Midas como modelo de éxito. Fue un fracaso de un tipo raro por lo doloroso. Además tenia orejas de burro. Como otras personas prominentes y ricas, intentó ocultarlo. Si no recuerdo mal, busco a este respecto la confianza de su barbero. Y fue su barbero, quien en lugar de comportarse como un triunfador de la escuela del éxito a toda costa y chantajear a Midas, fue y susurró este magnifico cotilleo a los juntos, que disfrutaron del mismo enormemente. También se dice que los juncos se lo susurraron a los cuatro vientos mientras estos les mecían. Contemplo admirado el retrato de Lord Rothschild, leo admirado sobre las andanzas del Sr.Vanderbilt. Sé que no puedo convertir en oro cuanto toco. Pero es que nunca lo he intentado porque prefiero otras cosas, como la hierba o el buen vino. Sé que estas personas ciertamente han triunfado en algo, es seguro que han derrotado a alguien, sé que son monarcas de una manera en que ningún hombre lo fue previamente, que crean mercados y dominan los continentes. Sin embargo, me parece a mí que nos están ocultando alguna pequeña anécdota de su intimidad domestica, y, a veces, he creído escuchar en el viento las carcajadas de los juncos.
Esperemos al menos que viviremos para ver estos absurdos libros cubiertos del escarnio que merecen y siendo olvidados. No enseñan a la gente a triunfar pero sí a ser arrogantes sin razón. Enseñan una poesía maligna de lo mundano. Los puritanos siempre están atacando los libros que excitan la sexualidad. ¿Qué haremos con libros que excitan las pasiones más mezquinas del orgullo y la codicia?
Hace cien años, contábamos con el ideal del aprendiz trabajador. Se decía a los muchachos que si trabajaban mucho y ahorraban llegarían a ser senadores. Era mentira pero era viril. Contenía al menos algo de verdad moral. En nuestra sociedad, la templaza no ayuda a un hombre pobre a enriquecerse pero eleva su autoestima. Un trabajo bien hecho no le hará rico, pero le convertirá en un buen trabajador. El aprendiz trabajador ascendía por medio de virtudes que eran estrechas y angostas. Pero eran virtudes. ¿Pero qué se puede hacer con este nuevo evangelio del aprendiz trabajador que asciende, no por medio de sus virtudes, si no dejándose llevar descaradamente por sus vicios?

miércoles, 26 de agosto de 2009

Carta a una niña-G.K.CHESTERTON

Carta a una niña-G.K.CHESTERTON

Prologo de Meadows of play de Margaret Arndt (1909), publicado también en Maestro de Ceremonias de G.K.Chesterton

Mí querida ahijada:
Tu madre escribió estos pequeños poemas infantiles para sus dos pequeñas hijas, y es por eso que merecen ser difundidos entre todos los niños y niñas del mundo.
Es cosa sabida que nunca se comprende bien lo que es esta tierra grande, mientras no se posee algún pedacito de ella, tampoco se sabe bien nada referente a las demás cosas del mundo, ya se trate de gatos y hasta de ángeles sin haber tenido una de ellas. Pero tú, como eres una niña buena, probablemente tengas un gato y, con toda seguridad, tienes un ángel. Hace poco tiempo que yo compre un perro, y desde entonces miro a todos los perros que veo en las calles o en las salas, a los que nunca hubiera pensado en mirar en otros tiempos, y los miro ahora porque son perros simpáticos, y además, porque no son tan lindos como el mío, naturalmente. También fue por eso, en parte, que tu madre escribió esas canciones; porque ama a todos los niños del mundo, y también porque os ama a vosotras más que a todos ellos.
Estoy seguro de que sabes que tu madre se fue de mi país al tuyo antes que tú nacieras. Partió de Inglaterra, donde las ropas de los soldados y los buzones son rojos, y se fue a Alemania, donde los soldados y los buzones son azules. Habrá tal vez otras diferencias, pero esas del color son las primeras que se ofrecen a la vista. Hay en el mundo mucha gente, mi querida ahijada, que tratara de enseñarte que esas diferencias son lo que hay de mas importante, y que hay grandes naciones conocidas principalmente por el color de sus buzones o por la manera con que sus soldados se abotonan las chaquetas. Hay gente que tratan de hacer que esas naciones peleen por causas todavía más insignificantes que ésas.
Algunos ingleses te dirán que los alemanes van a hacer volar con pólvora a Inglaterra, y habrá alemanes que te dirán que los ingleses harán otro tanto con Alemania, empleando gases, dinamita o alguna otra cosa desagradable. No les creas; son personas que quieren hacer daño valiéndose de cosas tan insignificantes como son los colores azules o rojos de los buzones. Yo deseo que siempre recuerdes lo que es verdaderamente importante en tu gran país, y también que pienses un poco en lo que es grande en el mundo. En cuanto a Inglaterra, júzgala siempre pensando en tu madre; de ese modo nunca nos juzgaras mal. Pero en cuanto a Alemania, me gustaría saber que durante toda tu vida te acordaras de tu niñez, suceda lo que suceda en Alemania, en Inglaterra, en todos los países cristianos.
Alemania es un buen país para los niños, Barbará. Ningún país ha comprendido tan bien como Alemania que todos los niños viven en la tierra de los elfos, y también que todos, hombres y mujeres, cuando éramos pequeños, hemos vivido allí durante un poco del tiempo. ¿Te acuerdas de aquellos hombrecitos con bonetes rojos que tú y yo dibujábamos para hacer con ellos mutuos regalos? Tu madre los ha encontrado, sin duda, en los bosques de Alemania; además, ella sabe muchas cosas respecto de las hadas que hay en Inglaterra. También aquí, en mi país, sabemos que todo lo que es muy bueno para los niños viene de Alemania. Por ejemplo, casi todos nuestros juguetes vienen de allá. Y cuando queremos nombrar al alegre anciano que, sin duda alguna, baja por la chimenea la víspera de Navidad (sea su nombre cual fuere, bien sabemos que viene), lo llamamos Santa Claus, como hacéis vosotros. El nuestro se llama Padre christmas; yo lo represente una vez en una fiesta infantil. Pero es demasiado grueso, para bajar por la chimenea.
Y ahora, Barbará, no teniendo nada más que decir, hablemos de las canciones, aunque es mucho mejor cantarlas que hablar de ellas. Muchos de esos pequeños poemas deben ser puestos en música. Como tú has nacido en Alemania, es posible que llegues a ser una música notable y les adaptes algún acompañamiento muy sutil. Pero si no ocurriera eso, no importa. Hay una que me gusta mucho y que comienza así:
Niñito del cumpleaños, tienes un año
¿Querías tener un trono de oro?
Esta canción me parece muy inesperada y muy linda. Pero no vayas a creer que tu madre tiene un trono dentro de la casa; ella es poetisa y los poetas muy raras veces tienen cosas semejantes. Pero es muy cierto que cuando los niños tienen un año de edad, como hemos tenido tú y yo, son tan simpáticos que se les daría todo lo mejor. La gran cuestión, Barbará, es esa: ¿Podremos seguir siendo tan simpáticos como éramos en esa época? Yo lo dudo, pero al menos podemos intentarlo. Sería muy divertido que lo consiguiéramos, y así, cuando tú te murieras, a los 97 años de edad, y yo a los 127, encontraríamos todavía en alguna parte un trono de oro. Yo no lo sé, Barbará, pero estoy seguro de que tu madre bien los sabe.
Tu desvalido padrino, Gilbert Chesterton.

Como escribir un cuento policíaco- G.K.CHESTERTON

Como escribir un cuento policíaco- G.K.CHESTERTON


Que quede claro que escribo este articulo siendo totalmente consciente de que he fracasado en escribir un cuento policíaco. Pero he fracasado muchas veces. Mi autoridad es por lo tanto de naturaleza practica y científica, como la de un gran hombre de estado o estudioso de lo social que se ocupe del paro o el problema de la vivienda. No tengo la pretensión de haber cumplido el ideal que aquí propongo al joven estudiante; soy, si os place, ante todo el terrible ejemplo que debe evitar. Sin embargo creo que existen ideales para la narrativa policíaca, como existen para cualquier actividad digna de ser llevada a cabo; Y me pregunto porque no se exponen con más frecuencia en la literatura didáctica popular que nos enseña a hacer tantas otras cosas menos dignas de efectuarse. Como por ejemplo, la manera de triunfar en la vida. La verdad es que me asombra que el titulo de este articulo nos vigile ya desde lo alto de cada quiosco. Se publican panfletos de todo tipo para enseñar a la gente las cosas que no pueden ser aprendidas como tener personalidad, tener muchos amigos, poesia y encanto personal. Incluso aquellas facetas del periodismo y la literatura de las que resulta más evidente que no pueden ser aprendidas, son enseñadas con asiduidad. Pero he aquí una muestra clara de sencilla artesanía literaria, más constructiva que creativa, que podría ser enseñada hasta cierto punto e incluso aprendida en algunos casos muy afortunados. Más pronto o más tarde, creo que esta demanda será satisfecha, en este sistema comercial en que la oferta responde inmediatamente a la demanda y en el que todo el mundo esta frustrado al no poder conseguir nada de lo que desea. Más pronto o más tarde, creo que habrá no solo libros de texto explicando los métodos de la investigación criminal sino también libros de texto para formar criminales. Apenas será un pequeño cambio de la ética financiera vigente y, cuando la vigorosa y astuta mentalidad comercial se deshaga de los últimos vestigios de los dogmas inventados por los sacerdotes, el periodismo y la publicidad demostraran la misma indiferencia hacia los tabúes actuales que hoy en día demostramos hacia los tabúes de la edad media. El robo se justificará al igual que la usura y nos andaremos con los mismos tapujos al hablar de cortar cuellos que hoy tenemos para monopolizar mercados. Los quioscos se adornaran con títulos como “La falsificación en quince lecciones” o “¿Por qué aguantar las miserias del matrimonio?” ,con una divulgación del envenenamiento que será tan científica como la divulgación del divorcio o los anticonceptivos.
Pero, como a menudo se nos recuerda, no debemos impacientarnos por la llegada de una humanidad feliz y, mientras tanto, parece que es tan fácil conseguir buenos consejos sobre la manera de cometer un crimen como sobre la manera de investigarlos o sobre la manera de describir la manera en que podrían investigarse. Me imagino que la razón es que el crimen, su investigación, su descripción y la descripción de la descripción requieren, todas ellas, algo de inteligencia. Mientras que triunfar en la vida y escribir un libro sobre ello no requieren de tan agotadora experiencia.
En cualquier caso, he notado que al pensar en la teoría de los cuentos de misterio me pongo lo que algunos llamarían teórico. Es decir que empiezo por el principio, sin ninguna chispa, gracia, salsa ni ninguna de las cosas necesarias del arte de captar la atención, incapaz de despertar o inquietar de ninguna manera la mente del lector.
Lo primero y principal es que el objetivo del cuento de misterio, como el de cualquier otro cuento o cualquier otro misterio, no es la oscuridad sino la luz. El cuento se escribe para el momento en el que el lector comprende por fin el acontecimiento misterioso, no simplemente por los múltiples preliminares en que no. El error solo es la oscura silueta de una nube que descubre el brillo de ese instante en que se entiende la trama. Y la mayoría de los malos cuentos policíacos son malos porque fracasan en esto. Los escritores tienen la extraña idea de que su trabajo consiste en confundir a sus lectores y que, mientras los mantengan confusos, no importa si les decepcionan. Pero no hace falta solo esconder un secreto, también hace falta un secreto digno de ocultar. El clímax no debe ser anticlimatico. No puede consistir en invitar al lector a un baile para abandonarle en una zanja. Más que reventar una burbuja debe ser el primer albor de un amanecer en el que el alba se ve acentuada por las tinieblas. Cualquier forma artística, por trivial que sea, se apoya en algunas verdades valiosas. Y por más que nos ocupemos de nada más importante que una multitud de Watsons dando vueltas con desorbitados ojos de búho, considero aceptable insistir en que es la gente que ha estado sentada en la oscuridad la que llega a ver una gran luz; y que la oscuridad solo es valiosa en tanto acentúa dicha gran luz en la mente.
Siempre he considerado una coincidencia simpática que el mejor cuento de Sherlock Holmes tiene un titulo que, a pesar de haber sido concebido y empleado en un sentido completamente diferente, podría haber sido compuesto para expresar este esencial clarear: el título es Silver Blaze, resplandor plateado.
El segundo gran principio es que el alma de los cuentos de detectives no es la complejidad sino la sencillez. El secreto puede ser complicado pero debe ser simple. Esto también señala las historias de más calidad. El escritor esta ahí para explicar el misterio pero no debería tener que explicar la propia explicación. Ésta debe hablar por sí misma. Debería ser algo que pueda decirse con voz silbante (por el malo, por supuesto) en unas pocas palabras susurradas o gritado por la heroína antes de desmayarse por la impresión de descubrir que dos y dos son cuatro. Ahora bien, algunos detectives literarios complican más la solución que el misterio y hacen el crimen más complejo aun que su solución.
En tercer lugar, de lo anterior deducimos que el hecho o el personaje que lo explican todo, deben resultar familiares al lector. El criminal debe estar en primer plano pero no como criminal tiene que tener alguna otra cosa que hacer que, sin embargo, le otorgue el derecho de permanecer en el proscenio. Tomaré como ejemplo el que ya he mencionado, Silver Blaze. Sherlock Holmes es tan conocido como Shakespeare. Por lo tanto, no hay nada de malo en desvelar, a estas alturas, el secreto de uno de estos famosos cuentos. A Sherlock Holmes le dan la noticia de que un valioso caballo de carreras ha sido robado y el entrenador que lo vigilaba asesinado por el ladrón. Se sospecha, justificadamente, de varias personas y todo el mundo se concentra en el grave problema policial de descubrir la identidad del asesino del entrenador. La pura verdad es que el caballo le asesinó.
Pues bien, considero el cuento modelico por la extrema sencillez de la verdad. La verdad termina resultado algo muy evidente. El caballo da titulo al cuento, trata del caballo en todo momento, el caballo esta siempre en primer plano, pero siempre haciendo otra cosa. Como objeto de gran valor, para los lectores, va siempre en cabeza. Verlo como el criminal es lo que nos sorprende. Es un cuento en el que el caballo hace el papel de joya hasta que olvidamos que una joya puede ser un arma.
Si tuviese que crear reglas para este tipo de composiciones, esta es la primera que sugeriría: en términos generales, el motor de la acción debe ser una figura familiar actuando de una manera poco frecuente. Debería ser algo conocido previamente y que este muy a la vista. De otra manera no hay autentica sorpresa sino simple originalidad. Es inútil que algo sea inesperado no siendo digno de espera. Pero debería ser visible por alguna razón y culpable por otra. Un gran parte de la tramoya, o el truco, de escribir cuentos de misterio es encontrar una razón convincente, que al mismo tiempo despiste al lector, que justifique la visibilidad del criminal, más allá de su propio trabajo de cometer el crimen. Muchas obras de misterio fracasan al dejarlo como un cabo suelto en la historia, sin otra cosa que hacer que delinquir. Por suerte suele tener dinero o nuestro sistema legal, tan justo y equitativo, le habría aplicado la ley de vagos y maleantes mucho antes de que le detengan por asesinato. Llegamos al punto en que sospechamos de estos personajes gracias a un proceso inconsciente de eliminación muy rápido. Por lo general, sospechamos de él simplemente porque nadie lo hace. El arte de contar consiste en convencer, durante un momento, al lector no solo de que el personaje no ha llegado al lugar del crimen sin intención de delinquir si no de que el autor no le ha puesto allí con alguna segunda intención. Porque el cuento de detectives no es más que un juego. Y el lector no juega contra el criminal sino contra el autor.
El escritor debe recordar que en este juego el lector no preguntará, como a veces hace en una obra seria o realista: ¿Por qué el agrimensor de gafas verdes trepa al árbol para vigilar el jardín del medico?. Sin sentirlo ni dudarlo, se preguntará: ¿Porque el autor hizo que el agrimensor trepase al árbol o cual es la razón que le hizo presentarnos a un agrimensor?. El lector puede admitir que cualquier ciudad necesita un agrimensor sin reconocer que el cuento pueda necesitarlo. Es necesario justificar su presencia en el cuento ( y en el árbol) no solo sugiriendo que le envía el Ayuntamiento sino explicando porque le envía el autor. Más allá de las faltas que planea cometer en el interior de la historia debe tener alguna otra justificación como personaje de la misma, no como una miserable persona de carne y hueso en la vida real. El lector, mientras juega al escondite con su autentico rival el autor, tiende a decir: Si soy consciente de que un agrimensor puede trepar a un árbol, y sé que existen árboles y agrimensores. ¿Pero qué esta haciendo con ellos? ¿Por qué hace usted que este agrimensor en concreto trepase a este árbol en particular, hombre astuto y malvado?.
Esto nos conduce al cuarto principio que debemos recordar. La gente no lo reconocerá como practico ya que, como en los otros casos, los pilares en que se apoya lo hacen parecer teórico. Descansa en el hecho que, entre las artes, los asesinatos misteriosos pertenecen a la gran y alegre compañía de las cosas llamadas chistes. La historia es un vuelo de la imaginación. Es conscientemente una ficción ficticia. Podemos decir que es una forma artística muy artificial pero prefiero decir que es claramente un juguete, algo a lo que los niños juegan. De donde se deduce que el lector que es un niño, y por lo tanto muy despierto, es consciente no solo del juguete, también de su amigo invisible que fabricó el juguete y tramó el engaño. Los niños inocentes son muy inteligentes y algo desconfiados. E insisto en que una de las principales reglas que debe tener en mente el hacedor de cuentos engañosos es que el asesino enmascarado debe tener un derecho artístico a estar en escena y no un simple derecho realista a vivir en el mundo. No debe venir de visita solo por motivos de negocios, deben ser los negocios de la trama. No se trata de los motivos por los que el personaje viene de visita, se trata de los motivos que tiene el autor para que la visita ocurra. El cuento de misterio ideal es aquel en que es un personaje tal y como el autor habría creado por placer, o por impulsar la historia en otras áreas necesarias y después descubriremos que esta presente no por la razón obvia y suficiente sino por las segunda y secreta. Añadiré que por este motivo, a pesar de las burlas hacia los noviazgos estereotipados, hay mucho que decir a favor de la tradición sentimental de estilo más lector o más victoriano. Habrá quien lo llame un aburrimiento pero puede servir para taparle los ojos al lector.
Por ultimo, el principio de que los cuentos de detectives, como cualquier otra forma literaria empiezan con una idea. Lo que se aplica también a sus facetas más mecánicas y a los detalles. Cuando la historia trata de investigaciones, aunque el detective entre desde fuera el escritor debe empezar desde dentro. Cada buen problema de este tipo empieza con una buena idea, una idea simple. Algún hecho de la vida diaria que el escritor es capaz de recordar y el lector puede olvidar. Pero en cualquier caso la historia debe basarse en una verdad y, por más que se le pueda añadir, opio no puede ser simplemente una alucinación.

martes, 25 de agosto de 2009

La cólera de las rosas-G.K.CHESTERTON

La cólera de las rosas-G.K.Chesterton

Publicado en Alarmas y digresiones y en La cólera de las rosas.

La posición de las rosas entre las flores es igual a la de los perros entre los animales. No se trata tanto de que ambos están domesticados cuanto de que tenemos el profundo sentimiento de que siempre lo han sido. Existen rosas silvestres y perros salvajes. No conozco a los perros salvajes; las rosas silvestres son muy bonitas. Pero nadie piensa jamás en ellos si el nombre es mencionado de repente en una charla o en un poema. Por otra parte, existen tigres domesticados y cebras domesticadas, pero si alguien dijese «Tengo una cebra en mi bolsillo» o «Hay un tigre en el salón de música», el adjetivo «domesticado» le debería ser añadido muy rápidamente. Si se habla de bestias, lo primero que se piensa es en animales salvajes; si de flores, se piensa primero en flores silvestres.
Pero existen dos grandes excepciones, vencidas completamente por la rueda de la civilización humana, embrolladas inalterablemente sus antiguas emociones e imágenes, tanto que el producto artificial nos parece más natural que el natural. Los perros no son una parte de la historia natural, sino una parte de la historia humana, y la verdadera rosa crece en un jardín. Todos miramos al elefante como algo temible, pero amansado; y muchos, especialmente en nuestros grandes centros culturales, miran a cada toro como a un toro bravo. De la misma manera, pensamos que casi todos los árboles y plantas del jardín son feroces creaciones del bosque o de los pantanos, finalmente domesticados para soportar el cautiverio.
Pero en cuanto se trata de rosas o perros, ese primitivo instinto se trastrueca. Cuando se trata de ellos, pensamos en lo artificial como en el arquetipo; nacidos de la tierra como errática excepción. Pensamos vagamente en el perro salvaje como si hubiese huido de la casa, como un gato descarriado. Y no podemos dejar de imaginarnos que la maravillosa rosa silvestre de nuestro seto se ha escapado saltando el seto. Tal vez han huido juntos la rosa y el perro; una singular, en conjunto, e imprudente fuga. Tal vez el perro traidor se ha salido arrastrando de la perrera y la rosa rebelde del cantero, y encontraron juntos la salida, uno con sus dientes, el otro con sus espinas. Posiblemente ese sea el motivo por el cual mi perro se torna salvaje cuando ve rosas y da patadas por doquier. Posiblemente éste es el motivo por el cual se les dice a las rosas silvestres «rosas perrunas» (1). Y puede que no sea así.
Pero hay un grado de profunda y bárbara verdad en esa singular leyenda antigua que acabo de inventar. Es decir, que en estos dos casos el producto civilizado es conocido como el más feroz, hasta como el más salvaje. Aparentemente nadie se asusta de un perro salvaje: está clasificado entre los chacales y las bestias serviles. El terrible «cave canem» es una creación del hombre. Cuando leemos «Cuidado con el perro», significa cuidémonos de un perro domesticado, por cuanto el perro terrible es el domesticado. Es terrible en la misma proporción en que es manso; son su lealtad y sus virtudes las que son terribles para el forastero, hasta para el forastero que está dentro de sus dominios, se alarma de esa inútil y furiosa docilidad; huye del gran monstruo manso.
Y bien, tengo casi el mismo sentimiento cuando miro las rosas lozanas, rojas y tupidas y muy resueltas alrededor del jardín; me parecen valientes y hasta tumultuosas. Me apresuro a decir que tengo aún menos conocimientos de mi propio jardín que de los jardines de los otros. No sé nada respecto a las rosas, ni siquiera sus nombres. Conozco únicamente el nombre de Rosa; y Rosa es, en cualquier sentido de la palabra, un nombre cristiano. Es cristiano en el sentido absoluto y primordial del cristianismo que nos viene de la era pagana. Podemos ver y hasta oler la rosa en poemas griegos, latinos, provenzales, góticos, renacentistas y puritanos. Y exceptuando que la palabra Rosa como el vino y otras palabras nobles es la misma en todos los idiomas de los hombres blancos, literalmente no sé nada más. Sé que hay una flor que se llama la Gloria de Dijon, y supongo que se trata de la Catedral. De cualquier manera el haber producido una rosa y una Catedral significa no solamente el haber producido dos cosas gloriosas y muy humanas, sino también (como lo sostengo) dos cosas guerreras y desafiadoras. También conozco una rosa que se denomina Mariscal Neil (nótese, una vez más, el sonido militar).
Y los otros días, mientras estaba paseando por mi jardín, le hablé a mi jardinero (una empresa para la que se precisa mucho valor) y le pregunté el nombre de una extraña rosa obscura que se había apoderado singularmente de mi imaginación. Parecía como si me recordara un elemento turbio de la historia y del alma. Su rojo no era solamente negruzco, sino ahumado; había algo congestivo y furioso en su colorido. Era simultáneamente teatral y malhumorada. El jardinero me dijo que se la denominaba Víctor Hugo.

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Éste es el motivo por el que presiento que las rosas poseen ellas un poder secreto, hasta sus nombres significan algo en relación con ellas mismas, por lo que difieren de todos los hijos de los hombres. Pero la rosa en sí es real y peligrosa; en todo el tiempo que permanezca en la rica casa de la civilización jamás depondrá sus armas La rosa tiene siempre el aspecto de un caballero italiano medieval, con una capa carmesí y una espada, por cuanto la espina es la espada de la rosa.
En este asunto existe una verdadera moraleja: que debemos recordar que la civilización tal como se está desarrollando no sólo deberá acordarse de tornarse más luchadora, sino que deberá crecer más pronta para luchar. Lo más precioso y reposante es el orden que debemos guardar; por lo tanto, nuestro extremo sentido de vigilancia y violencia potencial deberá ser viviente. Y cuando me paseo en el verano por el jardín, puedo comprender cómo esos altos y locos caballeros de la Edad Media, antes de que sus espadas se entrechocaran, tomaban una rosa por insignia, como emblema de sus dominios y rivalidades. Por cuanto, para mi, cada jardín está lleno de guerras de las rosas.

















NOTA

(1) Perro, en inglés, se dice «dog», de allí un juego de palabras que es intraducible en nuestro idioma, ya que el autor juega con la igualdad de «dog», perro, y «dag-rose», perro-rosa.

Las tres clases de hombre-G.K.CHESTERTON

Las tres clases de hombre-G.K.CHESTERTON

Publicado en Alarmas y digreciones y también en La cólera de las rosas.

Hablando brutalmente hay tres clases de gente en este mundo. La primera clase de gente es el Pueblo; posiblemente integra la clase más amplia y de más valor. Debemos a esa clase las sillas en las que nos sentamos, las ropas que vestimos, las casas que habitamos; y verdaderamente (cuando llegamos a pensar en ello) probablemente nosotros mismos pertenecemos a esa clase. La segunda clase se podría denominar por conveniencia la de los Poetas; por lo general, son un mal para sus familias, pero una bendición para la humanidad. La tercera clase es la de los Profesores e Intelectuales, algunas veces descritos como la gente pensadora; y éstos son un tizón y un objeto de desolación para sus familias y para la humanidad. Se comprende que la clasificación exagera algunas veces, como todas las clasificaciones. Algunas buenas personas son, por lo general, poetas, y algunos malos poetas son, por lo general, profesores. Pero la división sigue la línea de una verdadera hendidura psicológica. Yo no la ofrezco a la ligera. Ha sido el fruto de más de diez y ocho minutos de examen y seria reflexión.
La clase que se denomina Pueblo (a la que ustedes y yo con tanto orgullo nos sentimos ligados) tiene ciertas casuales y, sin embargo, profundas presunciones, designadas «lugares comunes», como la que se refiere a que los niños son encantadores, o que el crepúsculo es triste y sentimental, o que un hombre luchando contra tres es un hermoso espectáculo. Ahora bien, estos sentimientos no son imperfectos, ni siquiera son simples. El encanto de los niños es muy sutil; hasta es complejo, al punto de ser casi contradictorio. En su forma sencilla y entremezclada, es una consideración hilarante y una consideración de desamparo. El crepúsculo engendra un sentimiento que hasta en la canción de salón más vulgar o en la más baja pareja de amantes, puede llegar a ser un sentimiento sutil. Está extrañamente balanceado entre la pena y el placer; también se lo podría designar como un placer que proporciona pena. La arremetida de caballerosidad por la que todos admiramos al hombre que lucha contra la desigualdad no es muy fácil de definir por separado; significa muchas cosas: compasión, sorpresa dramática, deseo de justicia, deleite de experimentar y lo indeterminado. Las ideas del populacho son, en realidad, ideas muy sutiles; pero el populacho no las expresa en forma sutil. De hecho, no las expresa de ninguna manera, excepto en aquellas ocasiones (ahora solamente demasiado raras) en que se entregan a insurrecciones o matanzas.
Ahora bien, esto justifica, en otro sentido, el hecho insensato de la existencia de los poetas. Poetas son aquellos que comparten esos sentimientos populares, y pueden expresarles de tal manera que parecen ser las cosas extrañas y delicadas que en realidad son. Los poetas hacen que sobresalga el humilde refinamiento del populacho. Donde el hombre común oculta la emoción más original, diciendo: «Excelente abuelo», Víctor Hugo habría escrito: «L’art detre grand-pére»; cuando el agente de cambios diría bruscamente: «La tarde se está cerrando», mister Yeats escribiría: «En medio del crepúsculo»; donde el peón podría únicamente refunfuñar algo respecto a lo de arrancar y de que es «una preciosa caza», Homero nos mostrará al héroe harapiento desafiando a los príncipes en sus propios festines. Los poetas elevan los sentimientos populares en un grado más ardiente y espléndido; pero debemos recordar siempre que son guardianes de los sentimientos populares. Ningún hombre pudo jamás escribir una buena poesía para demostrar que la infancia era chocante, o que el crepúsculo era alegre y burlesco, o que un hombre era despreciable porque había cruzado su espada con otros tres. Los individuos, que sostienen esto son los profesores o los majaderos.
Son poetas aquellos que se elevan sobre el pueblo entendiéndolo. En realidad muchos poetas lo han escrito en prosa: por ejemplo, Rabeláis y Dickens. Los majaderos se elevan sobre el pueblo rehusando comprenderlo diciendo que sus turbias y extrañas preferencias son los prejuicios y las supersticiones. Los majaderos hacen que el pueblo se sienta estúpido; los poetas hacen que el pueblo se sienta más sabio de lo que jamás ha podido imaginar. Hay muchos elementos del destino en esa situación. El más dispar de todos es la suerte de los dos factores en la política práctica. Muy a menudo los poetas que abrazan y admiran al pueblo son apedreados y crucificados. A los majaderos que desprecian al pueblo se les regala muy a menudo tierras y se les corona. Por ejemplo en los Comunes hay un respetable número de majaderos y comparativamente muy pocos poetas. Y de ninguna manera encontramos allí al Pueblo.
Por poetas, como ya hemos dicho, no me refiero de manera alguna a los individuos que escriben poesías o cualquier otra cosa. Me refiero a los que teniendo cultura e imaginación, las usan para comprender y compartir los sentimientos de sus semejantes; en contraposición a aquellos que las utilizan para lo que ellos denominan alcanzar un lugar más preponderante. Crudamente, los poetas difieren del populacho por su sensibilidad; los profesores difieren del populacho por su insensibilidad. No tienen fineza y sensibilidad suficientes, para simpatizar con el populacho. Las únicas nociones que tienen consisten en contradecir groseramente; tomar por el atajo, de acuerdo con su plan propio y presuntuoso; para decirse a sí mismos, sobre cualquier cosa que digan los ignorantes, que probablemente están equivocados. Olvidan que muy a menudo la ignorancia tiene la exquisita intuición de la inocencia.
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Pondré un ejemplo que va a subrayar la línea del debate. Abran el primer periodico cómico que encuentren y dejen que sus ojos se posen amorosos sobre el primer chiste que se refiere a la suegra. Ahora bien, el chiste, por ser un chiste para el populacho, será un chiste simple; la anciana señora será alta y robusta, y el gallina del marido será pequeño y cobarde. Pero por todo esto, una suegra no es una idea simple. Es una idea muy sutil. El problema no consiste en que ella sea grande y arrogante; frecuentemente es pequeña y extraordinariamente hermosa. El problema de la suegra consiste en que es como el crepúsculo: mitad una cosa y mitad otra.
Ahora bien, la verdad del crepúsculo, esa fina y hasta tierna perturbación, nos puede ser transmitida tal como es únicamente por un poeta solamente que en este caso el poeta deberá ser un novelista muy sincero y penetrante, como George Meredith, o el señor H. G. Wells, cuya «Ana Verónica», justamente estoy ahora leyendo con deleite. Creo lo que dicen los buenos poetas y novelistas por cuanto siguen el maravilloso ovillo que les da «Recortes cómicos». Pero supongan que aparezca el profesor, y supongan que diga (como seguramente lo hará), «La suegra es meramente una conciudadana. Las consideraciones del sexo no deben entremezclarse con la camaradería. Las consideraciones de la edad no deben influir en el intelecto. La suegra es meramente Otra Mentalidad. Debemos emanciparnos y librarnos de la jerarquía y de los grados de la tribu». Ahora bien, cuando el profesor haya dicho esto (como lo hace siempre), yo le diré: «Señor, es usted más burdo que los «Recortes cómicos». Usted es más vulgar y más desatinado comparado con el artista más elefantino de café cantante. Es usted más ciego y más espeso que el populacho. Estos vulgares tunantes han logrado, finalmente, conseguir un matiz social y una verdadera distinción mental, aunque sólo pueden expresarla torpemente. Pero usted es tan torpe que no tiene ni de qué asirse. Si usted realmente no puede ver que la madre del novio y la novia tienen algunas razones que las obligan a desconfiar, entonces no es usted ni bien educado ni humano; no tiene usted simpatía hacia los profundos y dudosos afectos del género humano. Mejor es exponer las dificultades como lo hacen los seres vulgares que ser insolentemente inconsciente de todas las dificultades.»
La misma cuestión puede ser bastante bien considerada en el viejo proverbio que dice: «Dos son una compañía y tres ninguna». Este proverbio es la verdad expuesta de una manera popular; es decir, es la verdad expuesta equivocadamente. Ciertamente no es verdad que tres no sean compañía. Tres son una espléndida compañía; tres es el número ideal para la camaradería pura: como acontece en los tres mosqueteros. Pero si usted rechaza todo el proverbio y se dice que dos o tres es la misma clase de compañía; si no puede ver que tres es un abismo mayor entre dos y tres que entre tres y tres millones, entonces siento tener que decirle que pertenece a la tercera clase de seres humanos; que no tendrá compañía, tanto si se trata de dos como de tres, y que deberá permanecer solo y aullar en el desierto hasta la muerte.