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sábado, 24 de abril de 2010

Robert Louis Stevenson-G.K.CHESTERTON

Robert Louis Stevenson-G.K.CHESTERTON

Título original: «Robert Louis Stevenson», en Twelve Types


Traducción de Juan Manuel Salmerón, extraída de su pagina Web: http://juanmanuelsalmeron.com/



Una reciente circunstancia ha acabado de convencernos de que Stevenson era, como sospechábamos, un gran hombre. Ya sabíamos, por los últimos libros reseñados, por el desdén que le demuestran Ephemera Critica y el señor George Moore,° que Stevenson cumplía el primer requisito esencial del hombre grande: el de no ser entendido por sus detractores. Pero el libro que acaba de publicar la editorial Chatto & Windus con la misma encuadernación que las obras de Stevenson, Robert Louis Stevenson, del señor H. Bellyse Baildon, nos entera además de que cumple también el otro requisito esencial: el de no ser entendido por sus admiradores. El señor Baildon tiene muchas cosas interesantes que decirnos acerca de Stevenson, al que conoció en la universidad. Y su crítica no carece en absoluto de valor. La que dedica a su teatro, sobre todo a Beau Austin,° es muy sesuda y acertada. Pero resulta sumamente curioso, y más que demostrativo de esa inasible característica que, como decimos, es propia de los grandes hombres, que este estudioso y admirador de Stevenson pueda enumerar y clasificar todas las obras del maestro, así como repartir elogios y censuras con determinación y aun severidad, sin pensar un momento en los principios éticos y artísticos que en nuestra opinión Stevenson se esforzó ímprobamente por expresar.
El señor Baildon, por ejemplo, habla en todo momento del «pesimismo» de Stevenson; curiosa acusación contra el hombre que, más que ningún artista moderno, ha hecho que nos avergoncemos de sentir vergüenza de la vida. Lamenta, por ejemplo, que en El señor de Ballantrae y en El doctor Jekyll y míster Hyde, el mal triunfe sobre el bien. Pero si hubo algo en lo que Stevenson insistió siempre y con pasión, fue en que debemos querer el bien por su propio valor y belleza, sin preocuparnos de victorias ni de derrotas. «Emprendamos lo que emprendamos», dijo, «nada nos dice que lo logremos.» Que el curso de los astros se oponen a la virtud, que la humanidad es por naturaleza una empresa desesperada, fue el mensaje que toda su obra transmite al hombre valeroso. La historia de Henry Durie es harto funesta, mas ¿puede nadie pararse ante la tumba de este borrachín monomaníaco sin sentir respeto por él? Es extraño que los hombres encontremos sublime inspiración en las ruinas de una vieja iglesia y no en las de un hombre.
El señor Baildon piensa las cosas más peregrinas sobre los relatos de Stevenson en que hay muertes y saqueos; cree que demuestran que Stevenson tenía, por usar su misma expresión, una especie de «manía homicida». Stevenson, dice, «llega poco más o menos a la paradoja de que casi lo mejor que puede hacer uno es matar». Por lo mismo podría decirse que Conan Doyle se complace en cometer inexplicables crímenes, Clark Russell es un notorio pirata y Wilkie Collins cree que casi lo mejor que puede hacer uno es robar diamantes y falsificar partidas de matrimonio. Pero no es el señor Baildon el único que cae en este error: poca gente ha entendido en su justo sentido esta fascinación de Stevenson por la violencia y la sangre. Stevenson fue fundamentalmente el bravo colegial que dibuja esqueletos y horcas en su gramática latina. No se recreaba en la muerte, sino en la vida, en toda acción fuerte y enérgica de la vida, aunque fuera la de matar.
Supongamos que un hombre lanza un cuchillo contra otro y lo deja clavado a la pared. Está claro que hay dos modos de ver esta acción. Uno es el punto de vista del hombre clavado, el punto de vista trágico y moral, que Stevenson demuestra comprender en historias como El señor de Ballantrae yEl Weir de Hermiston. El otro punto de vista es el que ve en ese acto una explosión de vitalidad física, como el de romper una roca de un martillazo o franquear una entrada cerrada con barrotes. Este es el punto de vista de la fantasía y la aventura, y el alma de La isla del tesoro y de The Wrecker. No es, insisto, que Stevenson amara menos a los hombres; es que amaba más las pistolas y las porras. En el ávido universalismo de su alma, sentía un verdadero amor por los seres inanimados, un amor como no se conocía desde san Francisco, que llamaba hermano al sol y a la fuente hermana. Sentimos que amaba de verdad la muleta que Silver lanza al aire en el ocaso, el cofre que Billy Bones deja en la posada del Admiral Benbow, el cuchillo que Wicks clava en la mesa traspasándose la mano. Siempre hay en su obra una especie de tajante angulosidad que nos recuerda que le gustaba cortar madera con un hacha.
Pero esta poesía profundamente arraigada de la vista y del tacto no puede verla el nuevo biógrafo de Stevenson. Le imputa como crímenes cosas que Stevenson quiso que fueran objetos. De esa grandiosa orgía de horror que es «El ángel destructor», en El dinamitero, dice que es «muy fantástica y nos resulta difícilmente creíble». Es más o menos como tildar de «poco convincentes» los viajes del barón Munchausen. Toda la historia de El dinamitero es una especie de pesadilla humorística, e incluso la de «El ángel destructor» no parece sino una extravagante mentira impulsiva. Es un sueño dentro de un sueño, y reprocharle que es inverosímil es como reprocharle al cielo ser azul. Esta rica y romántica ironía de las historias londinenses de Stevenson es la que el señor Baildon, bien por haber leído deprisa, bien por tener otros gustos, no puede comprender. Dice, por ejemplo, que el príncipe Florizel de Bohemia, ese prodigioso monumento de humor, «pese a la evidente admiración que su creador le profesa, a mí me resulta una presencia bastante irritante». Lo que casi nos lleva a creer (mal que nos pese) que el señor Baildon piensa que hay que tomarse en serio al príncipe Florizel, como si fuera una persona real. Declaramos que el príncipe Florizel casi es nuestro personaje de ficción predilecto, pero nos apresuramos a añadir que si nos lo encontrásemos en la vida real, lo mataríamos.
Lo cierto es que las virtudes espirituales e intelectuales de Stevenson se han visto parcialmente frustradas por una virtud adicional: su gran destreza artística. Si, como Walt Whitman, hubiera garabateado su mensaje en una pared, este nos habría escandalizado como una blasfemia. Pero escribió sus atolondradas paradojas con mano tan correcta y fluida que todos creímos que los sentimientos también eran correctos. Su polifacetismo lo perjudicaba, no porque no hiciera bastante bien cada faceta, como erróneamente se ha dicho, sino por hacerlas todas demasiado bien. Sus disfraces de niño, cockney, pirata o puritano eran tan logrados que casi nadie vio al mismo hombre bajo todos ellos. No es justo que llamemos «admirable Crichton» a un hombre porque sepa tocar el violín, dar consejos jurídicos y limpiar botas, y en cambio lo consideremos un violinista, un jurista y un limpiabotas normales y corrientes porque en cada una de estas tres actividades sea muy bueno.° Esto es lo que nos ocurre con Stevenson. Si El doctor Jekyll,El señor de Ballantrae, The Child’s Garden of Verses yAcross the Plains hubieran sido un poquito menos perfectos de lo que son, todos habríamos visto que formaban parte del mismo mensaje; pero obrando el maravilloso milagro de estar en cinco sitios a la vez, Stevenson nos convenció a todos de que era cinco personas. Sin embargo, su mensaje es tan sencillo como el de Mahoma, tan moral como el de Dante, tan confidencial como el de Whitman y tan práctico como el de James Watt.°
El denominador común de la variada obra de Stevenson es la idea de que la fantasía, o la visión de las posibilidades de las cosas, es mucho más importante que los simples hechos: que aquella es el alma de nuestra vida, y estos son el cuerpo, y que lo que vale es el alma. El germen de todas sus historias es la creencia de que todo paisaje o escenario tiene un alma, y que esa alma es una historia. Viendo un desmedrado huerto con un muro derruido, podemos conocer el simple hecho de que nadie salvo una vieja cocinera ha pasado por él. Pero todo existe en el alma humana: ese huerto crece en nuestra mente y se convierte en el santuario y teatro de la rara existencia de una chica, un poeta andrajoso o un granjero loco. Para Stevenson, las ideas son hechos: las aventuras que imaginamos son las aventuras que vivimos. Pensar en una vaca con alas es esencialmente haber visto una vaca con alas. Y esta es la razón de la gran variedad de su obra: él tiene que contar una historia tan rica como un rojo crepúsculo, otra tan gris como un antiguo monolito: porque la historia es el alma, o más bien el significado, de la visión real. Es sumamente impropio juzgar al Contador de Historias (como lo llamaban los samoanos) por cada uno de los relatos que escribió, como podemos juzgar al señor George Moore por Esther Waters.°Esos relatos no son sino las dos o tres aventuras de su alma que llegó a contar. Y murió con miles más en su corazón.

jueves, 22 de abril de 2010

Tolstoy- G.K.CHESTERTON

Tolstoy- G.K.CHESTERTON

Traducción de Juan Manuel Salmerón, extraída de su pagina Web: http://juanmanuelsalmeron.com/

Quien desee comprender lo profundo de la influencia del gran hombre que encabeza este articulo y la autentica naturaleza de dicha influencia, no debe dirigirse a sus novelas, por más que sean espléndidas, ni a sus puntos de vista éticos, aun estando tan bien concebidos y claramente explicados. Debe fijarse en la noticia, que acaba de llegarnos de Canadá, sobre un grupo de anarquistas cristianos rusos que han dejado en libertad a sus animales domésticos por considerar inmoral poseerlos o controlarlos. Hay algo en un incidente así que es totalmente independiente la idea puesta en practica .De que sea correcta o equivocada, cuerda o demencial,. Nos hace ver que el mundo sigue siendo joven. Aún quedan formas de pensar tan locamente cuerdas como las que se debatieron bajo el cielo azul de Atenas Aun hay muestras de una fe tan fuerte y practica como la de los musulmanes que conquistaron toda África y Europa al grito de una única palabra. A nuestros políticos y filósofos contemporáneos, en su languidez, les parecerá algo sacado de un sueño que en nuestra época mecánica, homogénea, sujeta con cadenas de hierro, un grupo de europeos, vestidos con chalecos y botas, se dedique a soltar al percherón del trolebús, al cerdo de la cochiquera y al perro de su caseta; solamente por una teoría o un escrúpulo moral. Es como una pagina arrancada de un cuento de hadas, los miembros de la secta Doukhabor acompañando solemnes a su gallina hasta la puerta del corral y deseándola benévolos la mejor de las fortunas al inicio de sus viajes. Todo esto le debe parecer absurdo y confuso al típico líder de nuestra sociedad en esta década, a hombres como el Sr.Balfour o el Sr.Wyndham. Pero hay algo que añadir. Si el Sr.Balfour se convirtiese a una religión que le indicase la obligación moral de entrar en la Cámara de los Comunes haciendo el pino, y entrase haciendo el pino y si el Sr.Wyndham aceptase una creencia que le impusiese teñirse el pelo de azul, y se lo tiñese; ambos serian casi indescriptiblemente mejores y más felices de lo que lo son ahora. Pues solo hay una felicidad que sea posible o imaginable bajo el sol y es el entusiasmo. Esa palabra, rara y espléndida, que ha sufrido tantas vicisitudes. En el siglo XVIII se equiparaba a la locura, en la Grecia clásica a la presencia de un dios.

Este gran acto de coherencia llevada a extremos heroicos que ha sucedido en Canadá, es el mejor ejemplo de la obra de Tolstoy. Tengo por algo cierto que la secta Doukhabor es de un origen totalmente independiente del gran moralista ruso. Sin embargo, apenas cabe duda de que su actual notoriedad y su desarrollo, han sido influenciados por el admirable resumen y defensa que ha efectuado el novelista de sus perspectivas éticas. Tolstoy, además de ser un gran novelista, es uno de los pocos hombres vivos que tienen un punto de vista sólido, autentico y serio sobre la vida. Es una iglesia católica compuesta de un solo miembro que es, a la vez, un Papa algo arrogante y un lego algo sumiso. Es uno de los dos o tres hombres que hay en Europa, con un punto de vista tan propio, que inevitablemente pueden dar su opinión sobre cualquier cosa: la ley de autonomía de las colonias, un poema hindú o una pizca de tabaco. Hay tres hombres vivos semejantes: Tolstoy, el Sr.Bernard Shaw y mi amigo el Sr.Hillarie Belloc. Son diametralmente opuestos pero tienen eso en común, que considerando el abono de sus ideas y el suelo de sus convicciones, las opiniones sobre cualquier tema terrenal nacen como flores en un prado. Hay ciertos puntos de vista que deben adoptar. No se forman una opinión más bien sus opiniones les dan forma a ellos. Tomemos la lista que escribí al azar antes: la ley de autonomía de las colonias, un poema hindú o una pizca de tabaco. Tolstoy diría: “Creo que nuestro estilo de vida debe ser lo más simple posible. Por lo tanto, esa chistera es una monstruosidad negra.” Él diría: “Creo que nuestro estilo de vida debe ser lo más simple posible. Por lo tanto, la ley de autonomía de las colonias se queda a medio camino de forma mezquina. De nada sirve dividir un imperio en naciones si no divide las naciones en personas individuales “. Él diría: “Creo que nuestro estilo de vida debe ser lo más simple posible. Por lo tanto, este poema hindú me interesa. Con todo su aparente barroquismo, los puntos de vista de la ética oriental son más sencillos que los de occidente y por lo tanto me son más próximos”. Él diría: “Creo que nuestro estilo de vida debe ser lo más simple posible. Por lo tanto esta pizca de tabaco es algo maligno. Lleváosla.”. Todo en este mundo, desde la Biblia hasta un par de botas, puede ser eliminado, y lo es, aplicando este principio fundamental de las ideas de Tolstoy: la simplificación de la vida. Cuando tratamos una doctrina semejante con encontramos ante un incidente infinitamente más importante dentro de la historia europea que la ascensión de Napoleón Bonaparte.

La aparición de Tolstoy, con su ética tan sencilla y tan terrible, es importante de muchas maneras. Entre otras cosas, es un comentario muy interesante a la opinión que viene siendo adoptada desde hace medio siglo por los oponentes de lo religioso. El pensador laico y el escéptico han atacado el cristianismo ante todo por fomentar el fanatismo, porque el fervor religioso hace que la gente queme a sus vecinos y dance desnuda por las calles. Parece raro. La religión podría desaparecer y quedarían sistemas éticos y filosóficos capaces de producir suficiente fanatismo como para llenar el mundo. El fanatismo no tiene nada que ver con la religión. Hay teorías científicas serias que, llevadas hasta la última consecuencia, producirían idénticas hogueras en los mercados e idéntica desnudez. Hay partidarios de la moda que se pasearían como Adán y Eva si pudiesen hacerlo de forma elegante. Hay modernos estudiosos científicos de la moral que quemarían vivos a sus oponentes. Y lo harían tan contentos si pudiesen quemarlos empleando algún producto químico nuevo. Si alguien duda de esto, de que el fanatismo es ajeno a la religión pero propio de la naturaleza humana, solo tiene que fijarse en el caso de Tolstoy la secta Doukhabor. Una secta que empezó sin teología alguna, solo con la sencilla idea de que debemos amar al prójimo y nunca jamás emplear la fuerza física contra él, y terminaron considerando algo malvado llevar una maleta de cuero o ir montado en un carro. Un gran escritor contemporáneo borra por completo la teología, niega de un plumazo la validez de las escrituras y de las iglesias, desarrolla un sistema ético en que el amor será el instrumento para la reforma y termina diciendo que no tenemos derecho de golpear a un hombre que esta torturando a un niño en nuestras narices. Continua desarrollando una teoría de la mente y las emociones que podría ser aceptada por el ateo más rígido y termina proclamando que las relaciones sexuales, de donde procede la humanidad, son, no ya inmorales, sino antinaturales. Esto es el fanatismo como siempre ha sido y siempre lo será. Destruid hasta el último ejemplar de la Biblia, habrá persecuciones y orgías salvajes basadas en “Filosofía Sintética” del Sr.Herbert Spencer. Algunos de los pensadores más abiertos de miras de la edad media creían en apilar las gavillas junto a la estaca, y algunos de los pensadores del siglo XIX más abiertos de miras creen en la dinamita.

La realidad es que a Tolstoy con toda su genialidad, con su fe de coloso, con su gran valor y amplios conocimientos de la vida, le falta una sola cosa: no es un místico. Tiene por lo tanto, tendencia a perder la razón. La gente habla de las extravagancias y los frenesís provocados por el misticismo. No es más que una gota de agua en el mar. Desde el comienzo de los tiempos, el misticismo nos ha mantenido cuerdos. Lo que hace enloquecer es la lógica.


Es significativo que con todo lo que se ha dicho sobre la fragilidad mental de los poetas, solo un poeta inglés se ha vuelto loco. Y perdió la razón a consecuencia de un sistema lógico de teología. Se trata de Cowper y su poesía freno el avance de la enfermedad durante muchos años. La poesía, lo que le falta a Tolstoy, siempre ha sido algo curativo. Lo único que ha frenado a la raza humana de los desvaríos del convento, la galera pirata, el cabaret y la cámara de gas, ha sido el misticismo y la idea de que la lógica puede resultar engañosa y algo no ser siempre lo que parece.

domingo, 30 de agosto de 2009

En defensa del desatino- G.K.CHESTERTON

En defensa del desatino- G.K.CHESTERTON


Hay dos iguales y eternas maneras de mirar este crepuscular mundo nuestro: podemos verlo como el crepúsculo de la tarde o como el crepúsculo de la mañana; podemos pensar en cualquier cosa, hasta en una bellota caída, como descendiente o como antecesor. Hay veces en que estamos casi abrumados, no tanto con la carga de la maldad como con la de la bondad de la humanidad, cuando sentimos que no somos más que los herederos de un esplendor humillante. Pero hay otras ocasiones en que todo parece primitivo, cuando las antiguas estrellas no son más que chispas salidas de una fogata de muchacho, cuando toda la tierra parece tan joven y experimental que hasta el pelo blanco del anciano, en la exquisita frase bíblica, es como almendros en flor, como el albo espino dado en mayo. Que es bueno para un hombre comprender que él es "el heredero de todo el pasado", suele decirse; punto menos popular, pero de pareja importancia, es que a veces le resulta bueno comprender que no es solamente antecesor, sino también antecesor de prístina antigüedad; resultaba bueno para él preguntarse si no es acaso héroe, y experimentar ennoblecedoras dudas sobre si no es acaso mito solar.
Los asuntos que más cabalmente evocan este sentido de la perdurable infancia del mundo son los realmente nuevos, bruscos y originales de cada edad; y si nos preguntasen cuál fue la mejor prueba de esta intrépida juventud en el siglo XIX, diríamos, con el mayor respeto por sus portentosas ciencia y filosofía, que ella habría de encontrarse en los versos de Mr. Edward Lear en la literatura del desatino. El dong de nariz luminosa, por menos, es original, como fueron originales el primer buque y el primer arado.
Es verdad en cierto sentido que algunos de los más grandes escritores que el mundo ha visto -Aristófanes, Rabelais y Sterne- han escrito desatinos; pero, a menos que nos equivoquemos, es en sentido muy diferente.
El desatino de esos hombres era satírico, es decir, simbólico; una especie de exuberante cabrioleo alrededor de una verdad descubierta. Existe la mayor diferencia del mundo entre el instinto de la sátira, que, viendo en los mostachos del káiser algo típico de él, se los dibuja cada vez más grandes, y el instinto del desatino, el cual, por ninguna razón absolutamente, imagina cómo le quedarían esos mostachos al actual arzobispo de Canterbury si se los dejara en un acceso de abstracción. Nos inclinamos a pensar que ninguna edad que no fuera la nuestra podría haber comprendido que el Quangle-Wangle no significaba absolutamente nada, y que las Tierras de los Bollitos no estaban en ninguna parte. Nos imaginamos que si la narración del juicio de la Sota en Alicia en el país de las maravillas se hubiera publicado en el siglo XVII, habríase igualado al Juicio del fiel de Bunyan, como parodia de las persecuciones del Estado en esa época. Nos imaginamos que si El dong de la nariz luminosa hubiera aparecido en el mismo periodo, todos la habrían supuesto una insípida sátira sobre Oliverio Cromwell.
Es del todo deliberado que citemos principalmente los Versos desatinados de Mr. Lear. A nuestro parecer Mr Lear es cronológica y esencialmente el padre del desatino; lo consideramos superior a Lewis Carroll. En un sentido, por cierto, Lewis Carroll lleva gran ventaja. Nosotros sabemos qué era Lewis Carroll en la vida cotidiana: un caballero singularmente serio y convencional, universalmente respetado, pero con mucho de pedante y algo de filisteo. Así, su extraña doble vida en la tierra y en la región de los sueños acentúa la idea que está en el fondo del desatino: la idea de evasión, de evasión hacia un mundo donde las cosas no se hallan horriblemente fijadas en una eterna justeza, donde los perales dan manzanas y cualquier hombre raro con que uno se cruce puede tener tres piernas. Lewis Carroll, viviendo una vida en la cual habría tronado moralmente contra cualquiera que caminara sobre la parcela de hierba que no le correspondía, y otra vida en la cual habría llamado con alegría verde al sol y azul a la luna, era, por su misma índole dividida, con un pie en cada uno de los dos mundos, un tipo perfecto de la posición del desatino moderno. Su país de las maravillas es una región poblada por matemáticos locos. Sentimos que todo es evasión hacia un mundo de mascarada; sentimos que si pudiéramos penetrar sus disfraces, habríamos de descubrir que Humpty Dumpty y la Liebre de Marzo eran profesores y doctores en teología disfrutando de un feriado mental. Este sentido de la evasión resulta sin duda menos enfático en Edward Lear, a causa de lo completo de su ciudadanía en el mundo de la sinrazón. No conocemos su prosaica biografía como conocemos la de Lewis Carroll. Lo aceptamos como figura puramente fabulosa, según la descripción que hace de sí:
Su cuerpo es perfectamente esférico
y lleva un sombrero de tres cuernos.
Mientras que el país de las maravillas de Lewis Carroll es puramente intelectual, Lear introduce otro elemento del todo diferente: el elemento de lo poético y hasta emocional. Carroll trabaja con la razón pura, pero éste no es contraste tan fuerte; porque después de todo la humanidad, en general, siempre ha considerado la razón como un poco de chanza. Lear introduce sus palabras faltas de sentido y sus criaturas amorfas no con la pompa de la razón, sino con el romántico preludio de ricos matices y obsesionantes ritmos.
Lejanas y escasas, lejanas y escasas,
son las tierras donde moran los jumblies,
es un tipo de poesía por entero diferente al exhibido en Jabberwocky. Carroll, con sentido de pulcritud matemática, hace de todo su poema un mosaico de palabras nuevas y misteriosas. Pero Edward Lear, con sutil y plácida desfachatez, está siempre introduciendo migajas de su dialecto de duendes en medio de relatos simples y racionales, hasta que quedamos poco menos que pasmados al comprobar que sabemos su significado. Hay un genial campanilleo de sentido común en versos como éstos:
Porque su tía Johiska decía:
"Todos saben que es mejor un Pobble cuando le faltan
los dedos de los pies..
lo cual está más allá del alcance de Carroll. El poeta parece tan natural en el asunto, que casi nos mueve a pretender que comprendemos lo que quiere decir, que conocemos las peculiares dificultades de un Pobble, que viajamos hace tanto tiempo como él por la "llanura grombooliana".
Nuestra pretensión de que el desatino es una nueva literatura (casi podríamos decir un nuevo sentido) sería por completo-indefendible si el desatino no fuese nada más que simple capricho estético. Nada sublimemente artístico ha surgido nunca del mero arte, nada más que algo en esencia racional ha surgido nunca de la pura razón. Siempre debe haber un rico terreno moral para cualquier gran producción estética. El principio del arte por el arte es muy buen principio si significa que existe una vital diferencia entre la tierra y el árbol que tiene sus raíces en la tierra; pero es muy mal principio si significa que el árbol puede crecer también con las raíces en el aire. Toda gran literatura ha sido siempre alegórica de una visión del universo entero. La Iliada es grande sólo porque toda la vida es un combate, la Odisea porque la vida es un viaje, el Libro de Job porque toda la vida es un enigma. Existe una actitud en la cual pensamos que toda la existencia podría resumirse en la palabra espectros; otra, algo mejor, en la cual pensamos que se resume en las palabras sueño de una noche de verano. Hasta el melodrama o novela policial más vulgares pueden ser buenos si expresan algo del goce que se siente al pensar en posibilidades siniestras: el saludable anhelo de oscuridad y terror que puede invadirnos cualquier noche al caminar por una calle oscura. Por ello, si el desatino va a ser realmente la literatura del futuro, tiene que ofrecer su versión propia del cosmos; el mundo no debe ser sólo lo trágico, lo romántico, lo religioso, debe ser también lo desatinado. Y aquí nos imaginamos que el desatino, de modo sumamente inesperado, vendrá en ayuda de la visión espiritual de las cosas. La religión ha estado tratando, por espacio de siglos, de hacer que los hombres se regocijen en las maravillas de la creación; pero ha olvidado que una cosa no puede ser por completo maravillosa en tanto que continúe siendo lógica. Mientras consideremos un árbol como cosa obvia, natural y razonablemente creada para alimentar a una jirafa, no podemos maravillarnos cabalmente de él. Cuando lo consideramos como prodigiosa ola de la tierra viviente, que se alarga hacia los cielos sin ninguna razón particular, sólo entonces nos quitamos el sombrero, para asombro del guardián del parque. Todo tiene en realidad otra cara para él, como la luna, hada madrina del desatino. Visto desde otro lado, un pájaro es flor desprendida de la cadena de su tallo; un hombre es cuadrúpedo mendigando sobre sus patas traseras; una casa es sombrero gigantesco para proteger a un hombre del sol; una silla es aparato de cuatro piernas de madera para un tullido que sólo cuenta con dos.
Esta es la faz de las cosas que tiende más realmente al asombro espiritual. Es significativo que en el más grande poema religioso que se ha creado, el Libro de Job, él argumento que convence al infiel no sea (como lo ha representado el fariseísmo meramente racional del siglo XVIII) un cuadro de la ordenada caridad de la creación; sino, por el contrario, un cuadro de su enorme e indescifrable falta de razón. "¿Tú has hecho llover sobre el desierto donde no hay hombres?" Esta simple sensación de maravilla ante las formas de las cosas, y ante su exuberante independencia de nuestras normas intelectuales y de nuestras triviales definiciones, es la base de la espiritualidad, y también del desatino. Desatino y fe (por extraña que pueda parecer la conjunción) son las dos aseveraciones simbólicas de la verdad de que sondear el alma de las cosas con un silogismo es tan imposible como sondear a nuestro Leviatán con un anzuelo. La bien intencionada persona que, por el mero estudio del lado lógico de las cosas, ha decidido que "la fe es desatino", no sabe con qué precisión habla; más tarde puede volver a él bajo la forma de que el desatino es fe.