Patriotismo y deporte-G.K.CHESTERTON
Título original: «Patriotism and sport», en All Things Considered
Traducción de Juan Manuel Salmerón, extraída de su pagina Web: http://juanmanuelsalmeron.com/
Veo que en algunos periódicos, sobre todo en aquellos que se dicen patrióticos, ha cundido el pánico al ver que hemos sido dos veces derrotados en sendas pruebas deportivas, por un francés en golf y por unos belgas en remo. Supongo que la circunstancia importará mucho a quienes creen en la legendaria superioridad de los ingleses en achaque de deportes. Supongo que hay gente que cree confusamente que un francés no puede vencernos, pese a que muchas veces nos han vencido franceses y una vez una francesa. En las viejas viñetas de Punch se puede ver una sátira recurrente: los caricaturistas ingleses dan por supuesto que un francés no sabe correr zorros ni disfrutar de la caza a estilo inglés. No parecen darse cuenta de que los que inventaron el estilo de caza inglés era franceses. Los primeros reyes y nobles que corrieron zorros hablaban francés. Y gran parte de los ingleses que siguen cazando así tienen nombres franceses. Supongo que a todo aquel que ignore tan evidentes hechos le interesará saberlos. Supongo que a los que alguna vez han creído que los ingleses tenemos algún derecho sagrado y exclusivo a ser los mejores deportistas, estas derrotas les habrán parecido tremendas y dolorosas. Se sentirán como si, al mismo tiempo que el verdadero sol sale por el este, vieran otro sol saliendo por el noroeste. En beneficio de estas personas, beneficio moral e intelectual, debe señalarse que en este caso han derrotado a los anglosajones precisamente aquellos competidores a los que siempre consideraron inferiores: competidores latinos, y dentro de estos, los menos esforzados y temibles; no solo franceses, sino belgas. Esto, digo, debe señalarse a toda persona inteligente que crea en la arrogante teoría de la superioridad anglosajona. Solo que ninguna persona inteligente creerá en la arrogante teoría de la superioridad anglosajona. Ningún inglés auténtico creyó nunca en ella. Y al inglés auténtico no entristecerán estas derrotas.
El auténtico patriota inglés sabe que la fuerza de Inglaterra nunca ha dependido de eso; que la gloria de Inglaterra nunca ha tenido que ver con eso, excepto para gran parte de los ricos y para unos cuantos pobres que emulan a los ociosos ricos. Estas gentes darán gran importancia a nuestros fracasos, desde luego, como darán mucha importancia a nuestros éxitos. El típico patriota radical que ha admirado a sus compatriotas por ser conquistadores los despreciará por dejarse conquistar. Pero el inglés que de verdad ama a Inglaterra sabe que las derrotas deportivas no demuestran que Inglaterra es débil, como sabe que los éxitos deportivos no demuestran que Inglaterra es fuerte. Porque el deporte, como todo lo demás, especialmente lo moderno, es terriblemente individualista. Los ingleses que ganan premios deportivos son la excepción entre los ingleses, por la sencilla razón de que lo son también entre los hombres. Los deportistas ingleses representan a Inglaterra tanto como los fenómenos de circo del señor Barnum representan a América. Hay tan pocos como ellos en el mundo que poco importa de qué país sean.
Si alguien quiere una prueba de lo que estoy diciendo, es fácil de aportar. Si los grandes deportistas ingleses no son ingleses excepcionales, no suelen ser ni ingleses. Es más, muchos de ellos pertenecen a razas cuyos individuos no parecen en general especialmente aptos para el deporte. Por ejemplo, se supone que los ingleses dominan a los indios en virtud de su superior audacia, su superior actividad y su superior salud de mente y cuerpo. Y se supone que los indios son nuestros súbditos porque les gusta menos la acción, la sociedad y el aire libre; en una palabra, porque les gusta menos el críquet. Pero resulta que el mejor jugador inglés de críquet es hindú. Pongamos otro ejemplo: podemos convenir en que los judíos son en general un pueblo pacífico, intelectual, indiferente a la guerra, como los hindúes, o incluso enemigo de ella, como los chinos; y, sin embargo, uno o dos de los mejores boxeadores ingleses han sido judíos.
Este es uno de los casos más notables de ese mal que resulta de nuestro modo peculiar de adorar el deporte. Consiste en fijarse demasiado en el éxito individual. Empezamos queriendo, como es justo y natural, que gane Inglaterra. Queremos, en segundo lugar, que ganen algunos ingleses. Queremos, en tercer lugar (en medio de la ansiedad y emoción de una determinada prueba) que gane algún inglés en concreto. Y acabamos, por último, descubriendo que ni siquiera es inglés.
En esta cuestión sí creo que podría decirse algo en favor de Lord Roberts y de sus más bien vagas ideas, que van de la fundación de clubes de tiro con rifle hasta la implantación del servicio militar obligatorio. Sean cuales sean las ventajas o desventajas de estas ideas, son al menos ideas para procurar cierta igualdad y una especie de nivel medio en la capacidad deportiva de la gente, y podrían constituir un correctivo a nuestra tendencia de considerarnos deportistas excepcionales. Como que hay millones de ingleses que creen a pie juntillas que somos una raza muscular porque C.B. Fry es inglés. Y no pocos de ellos creen también confusamente que el deporte debe pertenecer a Inglaterra porque Ranjitsinhji es indio.°
Pero la verdadera fuerza histórica de Inglaterra, física y moral, nunca tuvo que ver con el deporte, que más bien la ha entorpecido. Alguien dijo que la batalla de Waterloo se ganó en los campos de juego de Eton. Fue un comentario especialmente desafortunado, pues la contribución inglesa a la victoria dependió, mucho más de lo que es habitual en las victorias, de la resistencia de las tropas en una situación casi desesperada. La batalla de Waterloo la ganó la tenacidad de los soldados rasos, vale decir, de hombres que nunca estuvieron en Eton. Pero si es absurdo decir que la batalla de Waterloo se ganó en los campos de juego de Eton, sí podríamos decir con toda justicia que se ganó en prados y parques donde niños torpes jugaba torpes partidas de críquet. En una palabra, la ganó gente común y corriente, que son los fuertes, y las glorias del deporte dicen muy poco de la capacidad media de una nación. Waterloo no la ganaron los buenos jugadores de críquet, sino los malos, una masa de hombres que tenían mínimos instintos y hábitos deportivos.
Es una buena señal que en una nación esas cosas se hagan mal. Prueba que todo el mundo las hace. Y es una mala señal que se hagan muy bien, porque eso significa que solo las hacen unos cuantos especialistas y excéntricos, y el resto de la nación se limita a mirar. Supongamos que andar significase siempre en Inglaterra andar cuarenta y cinco millas al día sin cansarse. Podríamos estar bien seguros de que solo unos cuantos andarían, y que todos los demás súbditos británicos serían llevados en silla de ruedas. En cambio, si andar significase andar despacio, trabajosamente y con fatiga, sabríamos que el conjunto de la nación andaría. Sabríamos que Inglaterra iría literalmente a patita.
El problema, pues, es que el actual incremento del nivel deportivo ha perjudicado seguramente al deporte nacional. El deporte, en lugar de ser un saludable torneo en el que todo el mundo puede participar y probar fortuna, se ha convertido en una palestra exclusiva en la que justan unos pocos caballeros con los que ningún hombre común y corriente puede medir sus fuerzas. Si Waterloo se ganó en los campos de críquet de Eton, fue seguramente porque el críquet de Eton era entonces mucho más chapucero que ahora. Mientras que el juego era un juego, todo el mundo quería participar. Cuando se convirtió en un arte, todos quisieron mirarlo. Cuando era frívolo, pudo ganar Waterloo; cuando fue serio y eficiente, perdió Magersfontein.°
En tiempos de Waterloo el deporte era una práctica lúdica y generalizada del inglés medio. Esto no puede recrearlo el críquet, ni el servicio militar, ni ningún otro medio artificial. Era algo del alma, era fruto de la risa, de la religión, del espíritu del lugar. Pero era como el duelo moderno en una cosa: en que podía ocurrirle a cualquiera. Si yo fuera un periodista francés, podría muy bien suceder que Monsieur Clemenceau me desafiara a pistola. En cambio, no creo probable que el señor C.B. Fry me desafíe al bate de críquet.
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viernes, 16 de septiembre de 2011
Patriotismo y deporte-G.K.CHESTERTON
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lunes, 24 de mayo de 2010
Franceses e ingleses-G.K.CHESTERTON
Franceses e ingleses-G.K.CHESTERTON
Título original: «French and English», en All Things Considered
Traducción de Juan Manuel Salmerón, extraída de su pagina Web: http://juanmanuelsalmeron.com/
Es obvio que hay una gran diferencia entre ser internacional y ser cosmopolita. Todas las buenas personas son internacionales. Casi todas las malas personas son cosmopolitas. Si queremos ser internacionales, primero debemos ser nacionales. Que quienes a sí mismos se llaman «amigos de la paz» tengan tan poco peso en las naciones a las que pertenecen se debe en gran medida a que no han reflexionado lo bastante en esta distinción. La paz internacional significa la paz entre las naciones, no la paz después de la destrucción de las naciones, como la paz budista es la paz después de la destrucción de la personalidad. La edad de oro del buen europeo es como el cielo del cristiano, un lugar en el que nos amaremos unos a otros, no como el cielo de los hindúes, un lugar en el que ellos serán unos y otros. Esto podemos verlo de una manera curiosa en el caso del carácter nacional. Creo que estaremos de acuerdo en que cuanto más aprecie y admire un hombre el alma de un pueblo, menos querrá imitarla; será consciente de que hay en ella algo demasiado profundo e indómito para ser imitado. El inglés al que simplemente le guste Francia intentará ser francés; el inglés que de verdad admire Francia se empeñará en seguir siendo inglés. Esto puede observarse muy bien en nuestra relación con los franceses, porque una de las mayores peculiaridades de estos es que todos sus vicios están en la superficie y sus extraordinarias virtudes escondidas. Casi puede decirse que sus vicios son la flor de sus virtudes.
Su obscenidad, por ejemplo, es una manifestación de su afán por sacarlo todo a la luz. La avaricia de sus campesinos demuestra la independencia de sus campesinos. Lo que los ingleses llaman su rudeza en las calles es una cara de su igualdad social. La grave mirada de sus mujeres es la expresión de la responsabilidad de sus mujeres, y cierta inconsciente brutalidad y precipitación con la que se mueven y actúan los hombres, señal de su inagotable y extraordinario valor militar. De todos los países, pues, Francia es el que menos puede admirar un necio superficial. Que el necio odie Francia: si la amara, pronto sería un granuja. La admirará sin duda no solo por cosas poco encomiables, sino sobre todo por cosas que no tiene. Admirará su gracia e indolencia, cuando es el más industrioso de los pueblos. Admirará su romanticismo y fantasía, cuando son las más respetables y adocenadas de las gentes. Este error cometerá el inglés que admire Francia precipitadamente, pero el error que cometa con Francia será leve comparado con el que cometa consigo mismo. Un inglés que dice que le gustan las novelas realistas francesas, que se siente bien en un teatro francés moderno, que no lo impresionan las brutales caricaturas francesas, comete un error muy peligroso para su propia sinceridad. Admira algo que no entiende. Recoge donde no sembró, toma de donde no puso, intenta comer el fruto sin haber trabajado el árbol, quiere recolectar la exquisita cosecha del cinismo francés sin haber labrado el duro pero rico suelo de la virtud francesa.
Todo esto solo lo entenderá un inglés si volvemos las tornas. Imaginemos a un francés que viene de la democrática Francia a vivir en Inglaterra, donde la sombra de las grandes casas cae por doquier y hasta la libertad fue, en su origen, aristocrática. Si el francés viera nuestra aristocracia y le gustara, si viera nuestra arrogancia clasista y le gustara, si él mismo las imitara, todos sabemos lo que sentiríamos. Sentiríamos que ese francés es un bicho repugnante. Imitaría a la aristocracia inglesa, imitaría el vicio inglés. Pero no entendería el vicio que copia: no entendería sobre todo que el vicio es en parte una virtud. No entendería aquellos rasgos del carácter inglés que compensan su aristocratismo y lo hacen humano: su gran amabilidad, su hospitalidad, su inconsciente poesía, su conservadurismo sentimental, que tanto admira a la alta burguesía. El realista francés ve que los ingleses aman a su rey. Pero no comprende que a la vez que es abyecto por adorar a un rey, es casi noble por adorar a un rey sin poder. La impotencia de los soberanos de la casa de Hanover ha elevado al leal súbdito inglés poco menos que a la dignidad de hidalgo jacobita. El francés ve que el criado inglés es respetuoso, pero no comprende que también es irrespetuoso; no sabe que hay una tradición inglesa del criado jocoso y leal que es tan característico como su amo: Caleb Balderstone, Sam Weller;° ve que los ingleses admiran a un noble, pero no tiene en cuenta que lo admiran más cuando no se comporta como un noble. A los ingleses les gustan los nobles inconscientes y amables: el siervo puede ser humilde, pero el amo no debe ser soberbio. El noble representa la vida como a ellos les gustaría disfrutarla, y uno de los goces que más sinceramente desean que represente es el de la generosidad, el de repartir dinero a manos llenas o, por usar el noble término medieval, el de la largueza... el placer de la largueza. Por eso nos dice un cochero que no somos unos caballeros cuando le damos solo lo justo. No solamente herimos su bolsillo, sino también su alma. Herimos su ideal. Defraudamos su idea del perfecto aristócrata. Sé que esto es muy sutil y escurridizo, y que en el amor que los ingleses profesan a los señores es muy difícil distinguir lo que es una especie de vicaria nobleza del mero servilismo. A los franceses le costará mucho distinguirlo. Creerán que es simple servilismo y si lo adoptan serán unos siervos. Por lo mismo deben de creer los ingleses (al principio) que la franqueza francesa es simple grosería. Y si la adoptan serán unos groseros. Son rasgos del carácter nacional difíciles de comprender. Se requieren largos años de paz y abundancia, el lento crecimiento de los grandes parques, el curado de las vigas de roble, el oscuro envejecimiento del vino tinto en sótanos y bodegas, todo el ocio y toda la vida de Inglaterra durante varios siglos, para que al final se produzca el generoso y genial fruto del aristocratismo inglés. Y se requieren revueltas y barricadas, cantos callejeros y hombres andrajosos que mueran por una idea, para que se produzca y se justifique la terrible flor de la indecencia francesa.
Hace poco estuve en París y fui con un amigo inglés a un teatro en el que representaban, en rápida sucesión, una serie de brillantísimas obras teatro francesas de unos veinte minutos de duración. Todas eran de grandísimo efecto, pero una lo era a tal extremo que cuando salimos del teatro mi amigo y yo nos peleamos y casi tuvo que intervenir la policía. La idea de la obrita era mostrar cómo reaccionan los hombres en un naufragio o en un desastre naval, cómo se desesperan, gritan, luchan unos contra otros sin objeto y solo movidos por el odio. A esto se añadía una escena llena de esa horrible ironía que empezó con Voltaire, en la que un gran político pronunciaba un discurso en el que hablaba de los fallecidos como de héroes muertos en un abrazo fraternal. Cuando mi amigo y yo salimos del teatro, dijo él, como habría dicho un francés, pues llevaba mucho tiempo viviendo en París: «¡Qué admirable drama! ¿No te parece estupendo?». «No», le contesté yo, tomando en la medida que pude la tradicional actitud de John Bull en las viñetas de Punch.° «No es estupendo. Quizá es absurdo, y si lo es, no me importa. Pero si no es absurdo, si tiene un sentido, el sentido es este: que bajo su apariencia caballeresca los hombres no son más que unos animales, unos animales acorralados. No conozco mucho a la humanidad, menos aún a la humanidad que habla francés, pero sí sé cuándo una cosa está hecha para elevar el ánimo y cuándo para deprimirlo. Sé queCyrano de Bergerac (comedia en la que los actores hablan incluso más rápido) fue hecho para infundir ánimos. Y sé que eso está hecho para abatirlos.» «Esa visión del arte sentimental y moral», empezó a decir mi amigo, y yo lo atajé de manera fulminante: «Déjame que te diga lo que Jaurès le dijo a Liebknecht en el congreso socialista: “Tú no has muerto en las barricadas”. Tú eres un inglés, como yo, y debes ser tan amable como yo. Esta gente tiene cierto derecho a ser terrible en arte porque ha sido terrible en política. Pueden sufrir torturas falsas en el escenario porque en las calles han sufrido torturas reales. Han padecido por la democracia, han padecido por el catolicismo. Para ellos puede ser natural padecer por la literatura. ¡Pero, por Dios, para mí no lo es en absoluto! Y lo peor de todo es que yo, que soy un inglés y me gusta la tranquilidad y el orden, deba sentirme tranquilo viendo estas cosas. Los franceses no buscan aquí tranquilidad, sino tumulto. Este pueblo inquieto quiere estar siempre en un estado de constante tensión revolucionaria. Los franceses, que aman las revoluciones, pueden hallar estimulante el ver a la humanidad humillada. ¡Pero no quiera Dios que dos ingleses amantes del placer se deleiten nunca en ello!»
Título original: «French and English», en All Things Considered
Traducción de Juan Manuel Salmerón, extraída de su pagina Web: http://juanmanuelsalmeron.com/
Es obvio que hay una gran diferencia entre ser internacional y ser cosmopolita. Todas las buenas personas son internacionales. Casi todas las malas personas son cosmopolitas. Si queremos ser internacionales, primero debemos ser nacionales. Que quienes a sí mismos se llaman «amigos de la paz» tengan tan poco peso en las naciones a las que pertenecen se debe en gran medida a que no han reflexionado lo bastante en esta distinción. La paz internacional significa la paz entre las naciones, no la paz después de la destrucción de las naciones, como la paz budista es la paz después de la destrucción de la personalidad. La edad de oro del buen europeo es como el cielo del cristiano, un lugar en el que nos amaremos unos a otros, no como el cielo de los hindúes, un lugar en el que ellos serán unos y otros. Esto podemos verlo de una manera curiosa en el caso del carácter nacional. Creo que estaremos de acuerdo en que cuanto más aprecie y admire un hombre el alma de un pueblo, menos querrá imitarla; será consciente de que hay en ella algo demasiado profundo e indómito para ser imitado. El inglés al que simplemente le guste Francia intentará ser francés; el inglés que de verdad admire Francia se empeñará en seguir siendo inglés. Esto puede observarse muy bien en nuestra relación con los franceses, porque una de las mayores peculiaridades de estos es que todos sus vicios están en la superficie y sus extraordinarias virtudes escondidas. Casi puede decirse que sus vicios son la flor de sus virtudes.
Su obscenidad, por ejemplo, es una manifestación de su afán por sacarlo todo a la luz. La avaricia de sus campesinos demuestra la independencia de sus campesinos. Lo que los ingleses llaman su rudeza en las calles es una cara de su igualdad social. La grave mirada de sus mujeres es la expresión de la responsabilidad de sus mujeres, y cierta inconsciente brutalidad y precipitación con la que se mueven y actúan los hombres, señal de su inagotable y extraordinario valor militar. De todos los países, pues, Francia es el que menos puede admirar un necio superficial. Que el necio odie Francia: si la amara, pronto sería un granuja. La admirará sin duda no solo por cosas poco encomiables, sino sobre todo por cosas que no tiene. Admirará su gracia e indolencia, cuando es el más industrioso de los pueblos. Admirará su romanticismo y fantasía, cuando son las más respetables y adocenadas de las gentes. Este error cometerá el inglés que admire Francia precipitadamente, pero el error que cometa con Francia será leve comparado con el que cometa consigo mismo. Un inglés que dice que le gustan las novelas realistas francesas, que se siente bien en un teatro francés moderno, que no lo impresionan las brutales caricaturas francesas, comete un error muy peligroso para su propia sinceridad. Admira algo que no entiende. Recoge donde no sembró, toma de donde no puso, intenta comer el fruto sin haber trabajado el árbol, quiere recolectar la exquisita cosecha del cinismo francés sin haber labrado el duro pero rico suelo de la virtud francesa.
Todo esto solo lo entenderá un inglés si volvemos las tornas. Imaginemos a un francés que viene de la democrática Francia a vivir en Inglaterra, donde la sombra de las grandes casas cae por doquier y hasta la libertad fue, en su origen, aristocrática. Si el francés viera nuestra aristocracia y le gustara, si viera nuestra arrogancia clasista y le gustara, si él mismo las imitara, todos sabemos lo que sentiríamos. Sentiríamos que ese francés es un bicho repugnante. Imitaría a la aristocracia inglesa, imitaría el vicio inglés. Pero no entendería el vicio que copia: no entendería sobre todo que el vicio es en parte una virtud. No entendería aquellos rasgos del carácter inglés que compensan su aristocratismo y lo hacen humano: su gran amabilidad, su hospitalidad, su inconsciente poesía, su conservadurismo sentimental, que tanto admira a la alta burguesía. El realista francés ve que los ingleses aman a su rey. Pero no comprende que a la vez que es abyecto por adorar a un rey, es casi noble por adorar a un rey sin poder. La impotencia de los soberanos de la casa de Hanover ha elevado al leal súbdito inglés poco menos que a la dignidad de hidalgo jacobita. El francés ve que el criado inglés es respetuoso, pero no comprende que también es irrespetuoso; no sabe que hay una tradición inglesa del criado jocoso y leal que es tan característico como su amo: Caleb Balderstone, Sam Weller;° ve que los ingleses admiran a un noble, pero no tiene en cuenta que lo admiran más cuando no se comporta como un noble. A los ingleses les gustan los nobles inconscientes y amables: el siervo puede ser humilde, pero el amo no debe ser soberbio. El noble representa la vida como a ellos les gustaría disfrutarla, y uno de los goces que más sinceramente desean que represente es el de la generosidad, el de repartir dinero a manos llenas o, por usar el noble término medieval, el de la largueza... el placer de la largueza. Por eso nos dice un cochero que no somos unos caballeros cuando le damos solo lo justo. No solamente herimos su bolsillo, sino también su alma. Herimos su ideal. Defraudamos su idea del perfecto aristócrata. Sé que esto es muy sutil y escurridizo, y que en el amor que los ingleses profesan a los señores es muy difícil distinguir lo que es una especie de vicaria nobleza del mero servilismo. A los franceses le costará mucho distinguirlo. Creerán que es simple servilismo y si lo adoptan serán unos siervos. Por lo mismo deben de creer los ingleses (al principio) que la franqueza francesa es simple grosería. Y si la adoptan serán unos groseros. Son rasgos del carácter nacional difíciles de comprender. Se requieren largos años de paz y abundancia, el lento crecimiento de los grandes parques, el curado de las vigas de roble, el oscuro envejecimiento del vino tinto en sótanos y bodegas, todo el ocio y toda la vida de Inglaterra durante varios siglos, para que al final se produzca el generoso y genial fruto del aristocratismo inglés. Y se requieren revueltas y barricadas, cantos callejeros y hombres andrajosos que mueran por una idea, para que se produzca y se justifique la terrible flor de la indecencia francesa.
Hace poco estuve en París y fui con un amigo inglés a un teatro en el que representaban, en rápida sucesión, una serie de brillantísimas obras teatro francesas de unos veinte minutos de duración. Todas eran de grandísimo efecto, pero una lo era a tal extremo que cuando salimos del teatro mi amigo y yo nos peleamos y casi tuvo que intervenir la policía. La idea de la obrita era mostrar cómo reaccionan los hombres en un naufragio o en un desastre naval, cómo se desesperan, gritan, luchan unos contra otros sin objeto y solo movidos por el odio. A esto se añadía una escena llena de esa horrible ironía que empezó con Voltaire, en la que un gran político pronunciaba un discurso en el que hablaba de los fallecidos como de héroes muertos en un abrazo fraternal. Cuando mi amigo y yo salimos del teatro, dijo él, como habría dicho un francés, pues llevaba mucho tiempo viviendo en París: «¡Qué admirable drama! ¿No te parece estupendo?». «No», le contesté yo, tomando en la medida que pude la tradicional actitud de John Bull en las viñetas de Punch.° «No es estupendo. Quizá es absurdo, y si lo es, no me importa. Pero si no es absurdo, si tiene un sentido, el sentido es este: que bajo su apariencia caballeresca los hombres no son más que unos animales, unos animales acorralados. No conozco mucho a la humanidad, menos aún a la humanidad que habla francés, pero sí sé cuándo una cosa está hecha para elevar el ánimo y cuándo para deprimirlo. Sé queCyrano de Bergerac (comedia en la que los actores hablan incluso más rápido) fue hecho para infundir ánimos. Y sé que eso está hecho para abatirlos.» «Esa visión del arte sentimental y moral», empezó a decir mi amigo, y yo lo atajé de manera fulminante: «Déjame que te diga lo que Jaurès le dijo a Liebknecht en el congreso socialista: “Tú no has muerto en las barricadas”. Tú eres un inglés, como yo, y debes ser tan amable como yo. Esta gente tiene cierto derecho a ser terrible en arte porque ha sido terrible en política. Pueden sufrir torturas falsas en el escenario porque en las calles han sufrido torturas reales. Han padecido por la democracia, han padecido por el catolicismo. Para ellos puede ser natural padecer por la literatura. ¡Pero, por Dios, para mí no lo es en absoluto! Y lo peor de todo es que yo, que soy un inglés y me gusta la tranquilidad y el orden, deba sentirme tranquilo viendo estas cosas. Los franceses no buscan aquí tranquilidad, sino tumulto. Este pueblo inquieto quiere estar siempre en un estado de constante tensión revolucionaria. Los franceses, que aman las revoluciones, pueden hallar estimulante el ver a la humanidad humillada. ¡Pero no quiera Dios que dos ingleses amantes del placer se deleiten nunca en ello!»
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