jueves, 3 de septiembre de 2009

Una defensa de las novelitas de a penique-G.K.CHESTERTON

Una defensa de las novelitas de a penique-G.K.CHESTERTON

Uno de los ejemplos más raros de la manera en que se desprecia la vida corriente está en la literatura popular, la gran mayoría de la cual nos conformamos con considerar vulgar. Las novelitas para adolescentes pueden carecer de merito literario. Lo que equivale a decir que la novela moderna es pobre en un sentido químico, económico o astronómico. Pero no son intrínsecamente vulgares. En la practica, son el centro de un millón de imaginaciones ardientes.
En siglos pasados, las personas cultivadas ignoraban en bloque la literatura del vulgo. La ignoraban y, por lo tanto, hablando con propiedad, no la despreciaban. Pasar algo por alto sintiendo indiferencia no infla de orgullo a la persona. Uno no se pasea por la calle, retorciéndose arrogante los mostachos, pensando en su superioridad sobre cierta clase de peces avísales. Los antiguos sabios dejaron todo el averno de la literatura popular en una oscuridad semejante.
Hoy en día, sin embargo, aplicamos el principio opuesto. Despreciamos las obras vulgares sin ignorarlas. Corremos cierto peligro de volvernos mezquinos en nuestro estudio de la mezquindad. Actúa de fondo un axioma temible, semejante a la magia de Circe, que dice que si el alma se acerca demasiado al suelo para estudiar algo puede no volver a levantarse jamás. Creo que no hay categoría de la literatura popular sobre la que existan mayor número de errores y exageraciones, el colmo de ridículos, que el estrato mas bajo de la literatura popular para muchachos.
Es un tipo de composición que puede suponerse que siempre ha existido y siempre existirá. Carece de cualquier pretensión de ser buena literatura. Al igual que las conversaciones de sus lectores tampoco pretenden ser oratoria elevada ni los pisos y pensiones que habitan arquitectura sublime. Pero las personas tienen que conversar, estar bajo techo y escuchar cuentos. La necesidad básica de un mundo ideal en que personajes de ficción representan libremente su papel, es infinitamente más antigua y más profunda que las reglas del buen arte. Y es mucho más importante. Durante la infancia, cada uno de nosotros construye un reparto semejante con actores invisibles, pero nunca se le ocurrió a nuestras niñeras corregir su composición mediante una cuidadosa comparación con Balzac. En el oriente, el cuentacuentos profesional viaja de pueblo en pueblo con su pequeña alfombra y de verdad me gustaría que alguien tuviese el valor moral de extender esa alfombra en la plaza Ludgate. Pero no es probable que todos los cuentos del portador de la alfombra sean pequeñas joyas originales. La literatura y la ficción son cosas por completo diferentes. La literatura es un lujo pero la ficción es una necesidad vital. Es dudoso que una obra de arte pueda ser demasiado bréve porque su mérito reside en alcanzar una cima de intensidad. Un cuento nunca puede ser demasiado largo, porque su conclusión es simplemente algo lamentable como las ultimas monedas o la ultima cerilla. Y así, al igual que el aumento de la conciencia artística guía las obras más ambiciosas hacia la brevedad, la extensión fruto de la laboriosidad, aun marca al autentico fabricante de basura romántica. No hay fin a las baladas de Robín Hood, no hay fin a los libros sobre el infalible Dick o los nueve vengadores. Ambos héroes, conscientemente, han sido creados inmortales.
Pero en lugar de basar nuestro debate en reconocer, lo que es de sentido común, que los jóvenes de las clases trabajadoras siempre han tenido, y siempre tendrán, algún tipo de literatura romántica, infinita y desgarbada, para después hacer algún tipo de arreglo para que la misma sea sana; empezamos, por lo general, atacando este tipo de lecturas en su conjunto de una manera exagerada, sorprendidos e indignados porque los recaderos no leen “El egoísta" ni “El arquitecto”. Es costumbre, sobre todo entre jueces, echar la culpa de la mitad de los crímenes que se cometen en la metrópoli a las novelitas baratas. Si un niño de la calle se escapa con una manzana, el magistrado hace notar astutamente que el niño sabía que las manzanas quitan el hambre gracias a sus lecturas. Los propios chavales, cuando les pillan, acusan frecuentemente a las novelitas haciendo gala de gran resentimiento. Es lo mínimo que debemos esperar de gente joven poseedora de un nada despreciable sentido del humor. Si yo hubiera falsificado un testamento, y pudiese despertar compasión echando la culpa del incidente a las novelas del Sr.George Moore, disfrutaría en grado sumo en el empeño.
En cualquier caso, parece ser una idea firmemente asentada en la mente de la mayoría que los chicos de barrio, al contrario que el resto de su comunidad, encuentran los principios rectores de su conducta en los libros.
Sin embargo esta claro que esta objeción, la objeción de los magistrados, nada tiene que ver con la calidad literaria. El Sr.Hall Caine pasea libremente por las calles y no se le puede detener por un anticlímax. La objeción descansa en la teoría de que la mayoría de estas novelitas para adolescentes tiene un tono criminal y envilecido, su mezquino atractivo reside en su codicia y su crueldad. Esta es la teoría de los magistrados y es basura.
Hasta el punto en que he podido comprobarla, en los tenderetes más sucios de los barrios más pobres, esta es la realidad: todo el desconcertante conjunto de la literatura juvenil trata de aventuras, enmarañadas, inconexas e infinitas. No expresa pasión de ningún tipo al no contener personalidad humana alguna. Recorre eternamente los mismos carriles, situados en ciertos tiempos y lugares. El caballero medieval, el duelista dieciochesco y el vaquero aparecen una y otra vez con la misma rígida simplicidad que las figuras humanas estilizadas en el dibujo de una alfombra oriental. Tan posible me resulta imaginar que a un ser humano se le despierten apetitos desenfrenados contemplando una alfombra turca de ese tipo como por la lectura de una narrativa tan austera y deshumanizada como esta.
Algunas de estas historias tratan con simpatía las aventuras de ladrones, forajidos y piratas. Presentan a ladrones y piratas como Dick Turpin o Claude Duval, bajo una luz favorecedora y romántica. Es decir que hacen exactamente lo mismo que Ivanhoe de Scott, Rob Roy de Scott, La dama del lago de Scott, El Corsario de Byron, La tumba de Rob Roy de Wodsworth, Macaire de Stevenson, El pirata de hierro del Sr.Max Pemberton y otras mil obras que se reparten por sistema como regalo de Navidad o premio. A nadie se le ocurre que admirar a Locksey en Ivanhoe llevara a un chico a dispararle flechas japonesas a los ciervos de Richmond Park, a nadie se pasa por la imaginación que el imprudente principio del poema de Wodsworth sobre Rob Roy le convertirá de por vida en chantajista. En nuestra propia clase social, somos conscientes de que esta vida salvaje es contemplada con placer por los jóvenes no por su parecido con la suya propia, sino por sus diferencias. Podemos suponer que, sea cual sea la razón, por la que el joven recadero esta leyendo La roja venganza, seguro que no es porque este empapado con la sangre de amigos y parientes.
En este asunto, como en todos los semejantes, nos perdemos al utilizar la expresiòn clases trabajadoras cuando lo que queremos decir es toda la humanidad menos nosotros mismos. Esta literatura romántica sin importancia no es especialmente plebeya: sencillamente es humana. El filántropo jamás olvida la clase social y la profesión. Dirá, presumiendo un poco, que ha invitado a veinticinco obreros a tomar el te. Si dijese que ha invitado a veinticinco contables, es evidente lo ridículo de clasificar de forma tan burda a la gente. Pero eso es lo que hemos hecho con ese bosque de tontos cuentos: lo hemos estudiado como si fuese una nueva y monstruosa enfermedad cuando, de hecho, no es otra cosa que el corazón, tonto y valiente, del ser humano. Los hombres corrientes siempre serán sentimentales porque el sentimental no es otra cosa que un hombre con sentimientos que no se preocupa de inventar una nueva manera de expresarlos. A estas publicaciones, comunes y corrientes, les falta en lo fundamental cualquier maldad. Expresan los tópicos, vigorosos y heroicos, en los que se apoya la civilización. Esta claro que la civilización o se apoya en tópicos o carece de fundamento. Es evidente que no habría seguridad en una sociedad en la que el comentario del presidente del Tribunal Supremo diciendo que matar a la gente esta mal, fuese considerado un epigrama deslumbrante por su originalidad.
Si los autores y editores del infalible Dick, y otras obras igual de distinguidas, de repente decidiesen atacar a la clase culta, hacer listas con el nombre de todas las personas, por importantes que fuesen, vistas en una conferencia de posgrado, confiscar todas nuestras novelas y advertirnos que debíamos enmendar nuestras vidas, nos enfadaríamos muchísimo. Sin embargo, tendrían más derecho a hacerlo que nosotros ya que ellos, con toda su estupidez, son los normales y nosotros los anormales. Es la moderna literatura culta, no la inculta, la que es clara y agresivamente criminal. Libros que recomiendan el pesimismo y el libertinaje, que harían temblar a cualquier recadero, descansan en las mesas de todos nuestros salones. Si él más ruin propietario del tenderete más sucio de Whitechapel se atreviese a mostrar obras que realmente recomendasen la poligamia o el suicidio, los ejemplares seria secuestrados inmediatamente por la policía. Esos son nuestros lujos. Y con una hipocresía tan ridícula que no tiene paralelo en la historia, al mismo tiempo que despreciamos los chicos barriobajeros por inmorales, discutimos junto a ambiguos profesores de universidad alemanes, si la moral tiene algún valor real. En el mismo instante en que maldecimos las novelitas por promover los robos, estudiamos la idea que la propiedad es un robo. En el mismo momento en que las acusamos muy injustamente de lubricidad e indecencia, leemos alegremente a filósofos que se enorgullecen de su lubricidad e indecencia. A la vez que las acusamos de incitar a los jóvenes a destruir la vida, discutimos tranquilamente si la vida es digna de ser salvada.
Pero somos nosotros la excepción enfermiza, nosotros somos los criminales. Ese debe ser nuestro gran consuelo. La mayoría de la humanidad, con su mayoría de libros vanos y palabras vanas, nunca ha dudado ni dudara que el valor es algo espléndido, la fidelidad digna de alabanza, las damas en peligro deben ser rescatadas y los enemigos vencidos perdonados.
Hay una gran cantidad de personas educadas que dudan de estas normas para la vida diaria, también hay mucha gente que cree ser el Príncipe de Gales. Y tengo entendido que ambas categorías de personas son capaces de mantener conversaciones muy interesantes. Pero el hombre o muchacho corriente escribe cada día en ese diario de su alma que llamamos las novelitas de a penique, un evangelio más claro y mejor que las iridiscentes paradojas éticas que las personas a la moda cambian tan a menudo como de corbata. Puede que disparar a un traidor voluble y falso sea un objetivo moral sumamente limitado. Pero es mejor que ser un traidor voluble y falso, lo que me parece un buen resumen de muchos modelos modernos de conducta, del Sr.D´Annunzio en adelante.
Mientras la sustancia, vulgar y débil, de la simple literatura popular permanezca ajena a una cultura mezquina nunca será sustancialmente inmoral. Siempre está de lado de la vida. Los pobres, los esclavos que realmente han gemido bajo el yugo de la vida, a menudo han estado locos, han sido estúpidos y crueles. Pero nunca les ha faltado la esperanza. Eso es un privilegio de clase social, como los cigarros puros. Su pésima literatura será siempre una literatura “ a sangre y fuego”, como en el fuego del cielo y la sangre de los hombres.

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