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domingo, 2 de septiembre de 2012

Caricatura y presunción- G.K.CHESTERTON

Caricatura y presunción- G.K.CHESTERTON


Título original: «Conceit and caricature», en All Things Considered

Traducción de Juan Manuel Salmerón, extraída de su pagina Web: http://juanmanuelsalmeron.com/



Si no tenemos más remedio que presumir, mejor será que sea de talentos o méritos que no tengamos. Porque entonces nuestra vanidad será superficial, un simple error, como el de quien cree tener sangre real o un sistema infalible para ganar en Montecarlo. Como no son méritos reales, no corromperán ni desvirtuarán nuestros méritos reales. Y aunque presumamos de virtudes que no tenemos, siempre podremos ser humildes con las que sí tenemos. Las cualidades que de verdad nos honran conservarán su inocencia original, porque no podremos verlas ni viciarlas. Que se nos haya metido en la cabeza que somos grandes violinistas no tiene por qué impedir que seamos unos caballeros. Pero si nos creemos mucho que somos unos caballeros, seguro que pronto dejamos de serlo. Hay, sin embargo, un tercer género de satisfacción que no es ni orgullo por virtudes que tenemos ni orgullo por virtudes que no tenemos, del que últimamente he conocido un par de ejemplos. Y es la satisfacción que se siente por poseer o no poseer ciertas cualidades sin preguntarnos si eso constituye una virtud. Podemos felicitarnos por no ser malos en un determinado sentido, cuando la verdad es que no lo somos en ese sentido porque no somos lo bastante buenos. Dirá algún gazmoño cleriguillo: «Tengo razones para congratularme de ser una persona civilizada y no tan sanguinaria como el Mad Mullah».° Y alguien tendría que decirle: «Un hombre realmente bueno sería menos sanguinario que el Mullah. Pero si es usted menos sanguinario que él, no es porque sea mejor hombre, sino porque es mucho menos que un hombre. No es sanguinario porque perdone a su enemigo, sino porque huiría de él». Por lo mismo, dirá algún puritano de árida piedad: «Tengo razones para jactarme de no adorar ídolos como los infieles griegos antiguos». Y alguien tendría también que decirle: «Quizá la mejor religión no adore ídolos, pues ve más allá de ellos. Pero si usted no adora ídolos, es solo por ser moral y mentalmente incapaz de esculpirlos. Quizá la religión esté por encima de la idolatría. Pero usted está por debajo de la idolatría. No es usted lo bastante santo ni aun para adorar un trozo de piedra». El señor F.C. Gould, el brillante y feliz caricaturista, ha hablado hace poco sobre la naturaleza y estado actuales del arte de la caricatura inglés. Hay pocos motivos para el orgullo; seguramente el mayor es el mismo F.C. Gould. Pero el señor F.C. Gould, impedido por modestia de aducir esta excelente causa de optimismo, recurrió a decir algo que ha dicho mucha más gente, pero que tal vez nadie con la autoridad de un eminente dibujante ha dicho últimamente. Declaró que creía «que podíamos felicitarnos de que el estilo de caricatura que hoy gustaba era muy diferente del de las sátiras de antes». «Si volvemos la vista atrás», dice, según cita el periódico, «y observamos las sátiras políticas de la época de Rowlandson y Gilray,° nos parecerán groseras y brutales. En algunos países, incluso en América, la caricatura política era del tipo de la porra. Y la verdad es que hemos superado la época de la porra. Si eran brutales atacando a una persona, incluso por razones políticas, despertaban simpatía por esa persona. Lo que tenían que hacer era masajear el punto que querían destacar lo más suavemente posible.» (Risas y aplausos.) Los que lean estas palabras, y todos los que las oyeron, pensarán sin duda que están llenas de verdad, así como de genialidad. Pero con esa verdad y esa genialidad corre pajeras el falso optimismo basado en la falacia de la que he hablado antes. Antes de felicitarnos por que nuestra nación o sociedad carezca de ciertas faltas, debemos preguntarnos por qué carece de ellas. ¿Es porque tenemos las virtudes opuestas, o porque tenemos las faltas opuestas? Bien está ser inocente de todo exceso; pero asegurémonos de que no somos inocentes de exceso simplemente porque somos culpables de defecto. ¿De verdad es nuestra sátira política tan moderada porque es magnánima, misericordiosa, santa? ¿Porque está penetrada de caridad mística, de ternura psicológica? Si evitamos herir los sentimientos del ministro, ¿es porque a través de sus aparentes crímenes y desmanes calamos las oscuras virtudes que su misma alma ignora? ¿Debemos ser suaves con el líder de la oposición porque con nuestro grandísimo corazón comprendemos y apreciamos su ánimo esforzado? En suma, ¿hemos dejado de ser brutales porque somos generosos y magnánimos? ¿Somos de verdadmejores que la brutalidad? ¿Hemos pasado la época de la porra? Temo que hay, cuando menos, otro aspecto del asunto. ¿No es más que probable que la lenidad de nuestra sátira política, comparada con la de nuestros mayores, se deba simplemente a la profunda falta de realidad de nuestra actual política? Rowlandson y Gilray no luchaban simplemente porque eran groseros y pendencieros por naturaleza, sino porque tenían algo por lo que luchar; es muy fácil ser refinados en cosas que no importan; pero los hombres pataleaban y a veces caían en ese portentoso combate en el que se tambaleaban, aturdidas por igual ante el peligro, la independencia de Inglaterra, la independencia de Irlanda, la independencia de Francia. Si queremos una prueba de que la falta de refinamiento no deriva solamente de la brutalidad, la prueba es fácil. La prueba es que en aquella lucha fueron las personalidades más refinadas las que se mostraron más brutales. Nadie fue más violento e intolerante que los que por naturaleza eran educados y sensibles. Nelson, por ejemplo, tenía el temperamento y las buenas maneras de una mujer: supongo que nadie en su sano juicio lo calificaría de «brutal». Pero cuando le tocaban la cuestión nacional, prorrumpía en juramentos y lo único que podía decir era: «Muerte, muerte, muerte a los malditos franceses». Igual de fácil sería poner ejemplos en el otro bando. Camille Desmoulins era una persona por el estilo, no solo elegante y afable de carácter, sino casi nerviosamente tímido y compasivo. Pero estaba dispuesto, decía, «a pasar por encima de un montón de cadáveres para abrazar la libertad». En Irlanda hubo incluso más casos. Robert Emmet fue solo un ejemplo famoso de toda una familia a la vez delicada y brutal. Creo que el señor F.C. Gould se equivoca por completo al hablar de esta ferocidad política como si fuera un vestigio de épocas más duras, como un hacha de sílex o un hombre peludo. La crueldad es quizá el peor de los pecados. La crueldad intelectual es sin duda la peor de las crueldades. Pero no hay nada bárbaro o ignorante en ella. Los grandes artistas del Renacimiento que mezclaron pigmentos exquisitamente, mezclaron venenos no menos exquisitamente; los grandes príncipes del Renacimiento que diseñaron instrumentos musicales diseñaron también instrumentos de tortura. La brutalidad, la maldad, el deseo de herir al prójimo, son cosas malas que se engendran en ambientes de intensa realidad, en los que grandes naciones o grandes causas están en guerra. Quizá nos es lícito alegrarnos de no ser brutales, malos o crueles, pero también es peligroso enorgullecernos. Quizá es que no somos lo bastante grandes para serlo. Quizá algunas grandes virtudes deben engendrarse, al igual que en hombres como Nelson o Emmet, antes de que podamos tener esos vicios, ni aun como tentaciones. Por mi parte, creo que si nuestros caricaturistas no odian a sus enemigos, no es porque sean demasiado grandes para odiarlos, sino porque no lo son sus enemigos. No creo que hayan pasado los tiempos de la porra. Creo que no hemos llegado a ellos. Debemos ser mejores, más valientes y más puros antes de llegar. Sintámonos, pues, todo lo orgullosos que queramos de las virtudes que no tenemos, pero no nos ufanemos demasiado de las virtudes que no podemos evitar tener. Puede que un hombre que viva en una isla desierta tenga derecho a felicitarse por poder meditar tranquilo. Pero no debe felicitarse por estar en una isla desierta y al mismo tiempo por el dominio de sí que demuestra al no irse de fiesta todas las noches. Por lo mismo, la Inglaterra de hoy puede tener derecho a felicitarse por lo tranquila, cordial y monótona que es nuestra política, pero no por eso y a la vez por el dominio de sí que demuestra no tirándose a sí misma y a los ciudadanos los trastos a la cabeza. Entre dos consejeros reales, el lenguaje educado es una muestra de cortesía, no realmente de magnanimidad. Unida a esta cuestión va otra de la que muy a menudo presumen los británicos ilusos, a saber, la de que nuestros políticos se llevan muy bien en privado, pese a ocupar en el parlamento escaños opuestos. Tampoco en este caso hay que hacerse ilusiones. Nuestros políticos no son monstruos de mística generosidad y lógica demente, capaces de odiar a una persona de tres a doce y de amarla de doce a tres. Si las relaciones sociales de nuestros políticos son más pacíficas que las de los políticos franceses, americanos o de la Inglaterra de hace un siglo, no es sino porque nuestros políticos son más pacíficos, y probablemente también porque son más falsos. Si nuestros políticos congenian más en privado, es por la sencilla razón de que congenian más en público. Y la razón de que congenien tanto en privado como en público es que pertenecen a la misma clase social, y por tanto la vida de sociedad coincide con la privada. Conservadores y liberales se llevan bien no porque sean más expansivos, sino porque son más exclusivos.

viernes, 16 de septiembre de 2011

El mártir moderno-G.K.CHESTERTON

El mártir moderno-G.K.CHESTERTON


Título original: «The modern martyr»,en All Things Considered

Traducción de Juan Manuel Salmerón, extraída de su pagina Web: http://juanmanuelsalmeron.com/



El incidente de las sufragistas que se encadenaron a la verja de Downing Street constituye una buena alegoría irónica de lo que es el martirio moderno, el cual suele consistir en encadenarnos para quejarnos de que no somos libres. Unos dicen que estos numeritos retardan la causa del sufragio femenino, otros que son lo único que la hace avanzar. Hablando en puridad, no creo que tengan el menor efecto ni en un sentido ni en el otro.
La idea moderna de llamar la atención con simples demostraciones de impopularidad, como hacer que nos echen de un mitin o una asamblea o nos metan en la cárcel, es un gran error. Se funda en una falacia que tiene que ver con el verdadero sentido popular del martirio. La gente mira a la historia y ve que muchas veces las persecuciones no solo han dado publicidad a una creencia perseguida sino que hasta la han hecho progresar, dando de su validez el horrible y público testimonio de hombres moribundos. Esta paradoja supo expresarla pictóricamente el arte cristiano, representando a los santos que blanden como armas los instrumentos con los que fueron martirizados. Y como su martirio es arma para el mártir, hoy día pensamos que cualquiera que cause alguna que otra molestia en público se volverá al instante clamorosamente popular. Este tipo de martirio mal entendido no es exclusivo de las sufragistas; lo practican muchos movimientos que respeto y algunos que apruebo. Existió, por ejemplo, en el de los Resistentes Pasivos, parte de cuyos bienes fueron puestos en venta. La idea es que si uno muestra sus ideas (o incluso sus ambiciones políticas) siendo una molestia para sí mismo y para el prójimo, adquirirá la fuerza de los grandes santos que murieron en el rogo. Cualquiera al que empujen cinco minutos en un vestíbulo o pase cinco días en la cárcel habrá realizado lo que se entiende por martirio y se habrá ganado la aureola en el arte cristiano del futuro. La señora Pankhurst será representada con un policía en cada mano, los instrumentos de su martirio. El resistente pasivo será representado cargando con la tetera que le arrebataron unos subastadores tiránicos.°
Pero hay una falacia en esta analogía del martirio, pues el especial carisma que confiere el ser perseguido solo se da en caso de persecución extrema. Lo único que demuestra el entusiasta moderno que pasa alguna incomodidad por sus creencias o ideas es que las tiene, de lo cual nadie dudaba. Nadie duda de que al apóstol del inconformismo le importa más el inconformismo que su tetera. Nadie duda de que la señora Pankhurst desea más poder votar que pasar una tarde tranquila sentada en un sillón. Todas nuestras opiniones merecen que nos peleemos un poco por ellas: recuerdo que durante la guerra de los bóers, un día, a la salida de Queen’s Hall, reñí con un oficinista partidario del imperio, y le reventé y me reventó la nariz; pero dudo de que este incidente pueda causar el mismo efecto psicológico que el que causaba el anfiteatro romano o la hoguera. Porque lo que de verdad impresiona no es el hecho de que un hombre sacrifique su tiempo y su comodidad por defender lo que piensa. El martirio de los cristianos no impresionaba a los paganos simplemente porque demostraba lo convencidos que estaban de sus creencias. El caso del martirio extremo es mucho más sutil. Es que da la impresión de que al mártir lo respalda algo especialmente fuerte, de que está poseído por algún poder. Mas esto solo ocurre cuando su integridad física es destruida, cuando todas las fibras de su cuerpo se retuercen de dolor. Si vemos a un hombre tronchándose de risa mientras lo despellejan vivo, con buen acuerdo podremos deducir que en algún rincón de su mente está pensando en algún buen chiste. Análogamente, los espectadores que veían reír y cantar (como reían y cantaban) a unos hombres a los que estaban escaldando o despedazando, creían en la existencia de algo que no era simple honestidad intelectual: creían en la existencia de un placer nuevo e ininteligible que, era de presumir, venía de algún sitio. Podía ser la fuerza de la locura, o un falso espíritu infernal, pero era algo efectivo y extraordinario, tan efectivo como el brandy y tan extraordinario como la prestidigitación. El pagano se decía: «Si el cristianismo hace feliz a un hombre al que un león come las piernas, ¿no podría hacerme feliz a mí, que me paseo tranquilamente con mis dos piernas intactas?». Los laicistas se empeñan en explicar que el martirio no prueba la verdad de una fe, como si hubiera alguien tan necio que lo pensara. Lo que el martirio probaba o, mejor dicho, daba a entender poderosamente, era que en la psicología humana había entrado algo más fuerte que el más fuerte de los dolores. Cuando lo único que veía una joven a la que azotaban hasta matarla era una corona que descendía del cielo hacia ella, lo primero que se pensaba no era que sus creencias fuesen verdaderas, sino que de algún sitio sacaba su fuerza. Esta es la impresión psicológica que no inspiran ni de lejos los actuales casos de incomodidad o molestia públicamente exhibidas. La alegría de la señora Pankhurst no requiere explicaciones místicas. Si estuvieran quemándola viva como a una bruja y, en puro éxtasis, alzase la vista al cielo y viese descender una urna, entonces diría que el incidente, si no concluyente, sí sería tremendamente impresionante. No demostraría su derecho a votar, ni el derecho a votar de nadie, pero sería prueba de que en el voto había algo sacramental, algo de lo que el alma podía sacar una fuerza y un placer efectivos e intensos, capaces de oponerse al dolor efectivo y abrumador.
Aconsejo, pues, a los agitadores modernos que abandonen este método: el método de hacer grandísimos esfuerzos para ganarse pequeñísimos castigos. Así no pasarán a la historia, se lo aseguro; el castigo es demasiado leve, los esfuerzos son demasiado obvios. Sus sacrificios no tienen la efectividad de los crueles martirios antiguos, porque no dejan a la víctima absolutamente sola con su causa, de manera que esta sea lo único que la sostiene. Al mismo tiempo tienen ese elemento de pantomima y absurdo que fue lo más cruel en la muerte y escarnio de los verdaderos profetas. San Pedro fue crucificado boca abajo por una broma inhumana; pero su humana seriedad sobrevivió a la inhumana befa, porque en cualquier postura habría muerto por su fe. Los mártires modernos como la señora Pankhurst se exponen a caer en el absurdo sin sufrir lo bastante para eclipsar la absurdidad. Son como san Pedros que se pusieran cabeza abajo diez segundos y esperaran luego que los canonizasen.°
También podemos plantear la cuestión así: los martirios modernos fracasan incluso como demostración, porque ni siquiera demuestran que los mártires sean completamente serios. Yo pienso que los mártires modernos sí son por lo general serios, incluso demasiado serios, pero que su martirio no lo demuestra, y el público no siempre los cree. No cabe duda de que el doctor Clifford está muy sinceramente indignado por lo que él considera clericalismo, pero no lo demuestra haciendo que le subasten la tetera; porque uno puede querer que le subasten la tetera como una actriz que le roben los diamantes: por propaganda personal. Es verdad que la señora Pankhurst se toma muy en serio la cuestión del voto femenino; pero no lo demuestra haciendo que la echen de los mítines y reuniones. A una persona pueden expulsarla de un mitin por lo mismo que expulsan a los jóvenes de un music-hall: porque se divierten. Pero nadie se ha arrojado a los leones por llamar la atención. Ninguna mujer se ha dejado asar en una parrilla por diversión. A Santa Perpetua y a santa Fe pongo por testigos.° Claro es que estos entusiastas no tienen la culpa de no ser sometidos a los contundentes castigos de antaño; seguro que pasarían por ellos tan triunfalmente como santa Águeda.° Simplemente estoy dándoles un consejo político, dadas las circunstancias. Y les digo que sus sacrificios no impresionan a nadie porque no son ni pueden ser más decisivos que los sacrificios que la gente hace por divertirse cuando ha bebido. Los borrachos interrumpen mítines y pagan las consecuencias. En cuanto a que subasten teteras, supongo que es algo que daría grandísimo placer a todo borracho que se precie. La propaganda no basta; no dice nada. Si a mí tuvieran que martirizarme por una opinión (lo cual es más difícil que decirlo), sería sin duda por una o dos de mis opiniones más sagradas. Quizá me dejaría matar por Inglaterra, pero ciertamente no por el imperio británico. Es posible que diese mi vida por la libertad política, pero ciertamente no por el librecambio. Pero el alboroto que arman las sufragistas yo estaría dispuesto a armarlo tanto por mi opinión más superficial como por mi opinión más profunda. Nunca sería nada peor que una molestia, ni nada mejor que una juerga. Por eso el ciudadano británico, sobre todo de las clases trabajadoras, mira estas manifestaciones con indiferencia; porque, aunque respondan a los más fanáticos motivos, también pueden responder a los más frívolos.

Patriotismo y deporte-G.K.CHESTERTON

Patriotismo y deporte-G.K.CHESTERTON


Título original: «Patriotism and sport», en All Things Considered

Traducción de Juan Manuel Salmerón, extraída de su pagina Web: http://juanmanuelsalmeron.com/


Veo que en algunos periódicos, sobre todo en aquellos que se dicen patrióticos, ha cundido el pánico al ver que hemos sido dos veces derrotados en sendas pruebas deportivas, por un francés en golf y por unos belgas en remo. Supongo que la circunstancia importará mucho a quienes creen en la legendaria superioridad de los ingleses en achaque de deportes. Supongo que hay gente que cree confusamente que un francés no puede vencernos, pese a que muchas veces nos han vencido franceses y una vez una francesa. En las viejas viñetas de Punch se puede ver una sátira recurrente: los caricaturistas ingleses dan por supuesto que un francés no sabe correr zorros ni disfrutar de la caza a estilo inglés. No parecen darse cuenta de que los que inventaron el estilo de caza inglés era franceses. Los primeros reyes y nobles que corrieron zorros hablaban francés. Y gran parte de los ingleses que siguen cazando así tienen nombres franceses. Supongo que a todo aquel que ignore tan evidentes hechos le interesará saberlos. Supongo que a los que alguna vez han creído que los ingleses tenemos algún derecho sagrado y exclusivo a ser los mejores deportistas, estas derrotas les habrán parecido tremendas y dolorosas. Se sentirán como si, al mismo tiempo que el verdadero sol sale por el este, vieran otro sol saliendo por el noroeste. En beneficio de estas personas, beneficio moral e intelectual, debe señalarse que en este caso han derrotado a los anglosajones precisamente aquellos competidores a los que siempre consideraron inferiores: competidores latinos, y dentro de estos, los menos esforzados y temibles; no solo franceses, sino belgas. Esto, digo, debe señalarse a toda persona inteligente que crea en la arrogante teoría de la superioridad anglosajona. Solo que ninguna persona inteligente creerá en la arrogante teoría de la superioridad anglosajona. Ningún inglés auténtico creyó nunca en ella. Y al inglés auténtico no entristecerán estas derrotas.
El auténtico patriota inglés sabe que la fuerza de Inglaterra nunca ha dependido de eso; que la gloria de Inglaterra nunca ha tenido que ver con eso, excepto para gran parte de los ricos y para unos cuantos pobres que emulan a los ociosos ricos. Estas gentes darán gran importancia a nuestros fracasos, desde luego, como darán mucha importancia a nuestros éxitos. El típico patriota radical que ha admirado a sus compatriotas por ser conquistadores los despreciará por dejarse conquistar. Pero el inglés que de verdad ama a Inglaterra sabe que las derrotas deportivas no demuestran que Inglaterra es débil, como sabe que los éxitos deportivos no demuestran que Inglaterra es fuerte. Porque el deporte, como todo lo demás, especialmente lo moderno, es terriblemente individualista. Los ingleses que ganan premios deportivos son la excepción entre los ingleses, por la sencilla razón de que lo son también entre los hombres. Los deportistas ingleses representan a Inglaterra tanto como los fenómenos de circo del señor Barnum representan a América. Hay tan pocos como ellos en el mundo que poco importa de qué país sean.
Si alguien quiere una prueba de lo que estoy diciendo, es fácil de aportar. Si los grandes deportistas ingleses no son ingleses excepcionales, no suelen ser ni ingleses. Es más, muchos de ellos pertenecen a razas cuyos individuos no parecen en general especialmente aptos para el deporte. Por ejemplo, se supone que los ingleses dominan a los indios en virtud de su superior audacia, su superior actividad y su superior salud de mente y cuerpo. Y se supone que los indios son nuestros súbditos porque les gusta menos la acción, la sociedad y el aire libre; en una palabra, porque les gusta menos el críquet. Pero resulta que el mejor jugador inglés de críquet es hindú. Pongamos otro ejemplo: podemos convenir en que los judíos son en general un pueblo pacífico, intelectual, indiferente a la guerra, como los hindúes, o incluso enemigo de ella, como los chinos; y, sin embargo, uno o dos de los mejores boxeadores ingleses han sido judíos.
Este es uno de los casos más notables de ese mal que resulta de nuestro modo peculiar de adorar el deporte. Consiste en fijarse demasiado en el éxito individual. Empezamos queriendo, como es justo y natural, que gane Inglaterra. Queremos, en segundo lugar, que ganen algunos ingleses. Queremos, en tercer lugar (en medio de la ansiedad y emoción de una determinada prueba) que gane algún inglés en concreto. Y acabamos, por último, descubriendo que ni siquiera es inglés.
En esta cuestión sí creo que podría decirse algo en favor de Lord Roberts y de sus más bien vagas ideas, que van de la fundación de clubes de tiro con rifle hasta la implantación del servicio militar obligatorio. Sean cuales sean las ventajas o desventajas de estas ideas, son al menos ideas para procurar cierta igualdad y una especie de nivel medio en la capacidad deportiva de la gente, y podrían constituir un correctivo a nuestra tendencia de considerarnos deportistas excepcionales. Como que hay millones de ingleses que creen a pie juntillas que somos una raza muscular porque C.B. Fry es inglés. Y no pocos de ellos creen también confusamente que el deporte debe pertenecer a Inglaterra porque Ranjitsinhji es indio.°
Pero la verdadera fuerza histórica de Inglaterra, física y moral, nunca tuvo que ver con el deporte, que más bien la ha entorpecido. Alguien dijo que la batalla de Waterloo se ganó en los campos de juego de Eton. Fue un comentario especialmente desafortunado, pues la contribución inglesa a la victoria dependió, mucho más de lo que es habitual en las victorias, de la resistencia de las tropas en una situación casi desesperada. La batalla de Waterloo la ganó la tenacidad de los soldados rasos, vale decir, de hombres que nunca estuvieron en Eton. Pero si es absurdo decir que la batalla de Waterloo se ganó en los campos de juego de Eton, sí podríamos decir con toda justicia que se ganó en prados y parques donde niños torpes jugaba torpes partidas de críquet. En una palabra, la ganó gente común y corriente, que son los fuertes, y las glorias del deporte dicen muy poco de la capacidad media de una nación. Waterloo no la ganaron los buenos jugadores de críquet, sino los malos, una masa de hombres que tenían mínimos instintos y hábitos deportivos.
Es una buena señal que en una nación esas cosas se hagan mal. Prueba que todo el mundo las hace. Y es una mala señal que se hagan muy bien, porque eso significa que solo las hacen unos cuantos especialistas y excéntricos, y el resto de la nación se limita a mirar. Supongamos que andar significase siempre en Inglaterra andar cuarenta y cinco millas al día sin cansarse. Podríamos estar bien seguros de que solo unos cuantos andarían, y que todos los demás súbditos británicos serían llevados en silla de ruedas. En cambio, si andar significase andar despacio, trabajosamente y con fatiga, sabríamos que el conjunto de la nación andaría. Sabríamos que Inglaterra iría literalmente a patita.
El problema, pues, es que el actual incremento del nivel deportivo ha perjudicado seguramente al deporte nacional. El deporte, en lugar de ser un saludable torneo en el que todo el mundo puede participar y probar fortuna, se ha convertido en una palestra exclusiva en la que justan unos pocos caballeros con los que ningún hombre común y corriente puede medir sus fuerzas. Si Waterloo se ganó en los campos de críquet de Eton, fue seguramente porque el críquet de Eton era entonces mucho más chapucero que ahora. Mientras que el juego era un juego, todo el mundo quería participar. Cuando se convirtió en un arte, todos quisieron mirarlo. Cuando era frívolo, pudo ganar Waterloo; cuando fue serio y eficiente, perdió Magersfontein.°
En tiempos de Waterloo el deporte era una práctica lúdica y generalizada del inglés medio. Esto no puede recrearlo el críquet, ni el servicio militar, ni ningún otro medio artificial. Era algo del alma, era fruto de la risa, de la religión, del espíritu del lugar. Pero era como el duelo moderno en una cosa: en que podía ocurrirle a cualquiera. Si yo fuera un periodista francés, podría muy bien suceder que Monsieur Clemenceau me desafiara a pistola. En cambio, no creo probable que el señor C.B. Fry me desafíe al bate de críquet.

jueves, 6 de mayo de 2010

Correr tras el sombrero-G.K.CHESTERTON

Correr tras el sombrero-G.K.CHESTERTON

Título original: «On running after one’s hat»,
en All Things Considered


Traducción de Juan Manuel Salmerón, extraída de su pagina Web: http://juanmanuelsalmeron.com/



Siento casi una envidia rabiosa al oír que Londres se ha inundado en mi ausencia, estando yo en el campo. Tengo entendido que Battersea, mi barrio, ha sido especialmente favorecido por las aguas. Si Battersea ya era, huelga decirlo, la más bonita de las localidades, ahora que goza del adicional esplendor de los grandes mantos de agua, mi romántica ciudad debe de resultar un paisaje (una marina) incomparable. Battersea debe de ser una visión de Venecia. La barca que transporta la carne del matadero debe de haber surcado aquellas calles de ondeante plata con la rara suavidad de una góndola. El verdulero que lleva coles a la esquina de Latchmere Road debe de haberse inclinado sobre el remo con la gracia sobrenatural de un gondolero. No hay nada tan poético como una isla; y cuando un barrio se inunda se convierte en un archipiélago.
Algunos reputan esta romántica contemplación de inundaciones o incendios algo falta de realismo. Pero en realidad esta contemplación romántica de tales fenómenos es tan pragmática como cualquier otra. El optimista que ve en ellos una ocasión de disfrutar es tan lógico y mucho más sensato que el «indignado contribuyente» que ve una ocasión de quejarse. El verdadero dolor, el de ser quemado en la hoguera o el de muelas, por ejemplo, es algo real; podemos soportarlo pero difícilmente disfrutarlo. Aunque, después de todo, las muelas no suelen dolernos y, en cuanto a ser quemados en la hoguera, es cosa que nos ocurre muy de tarde en tarde. La mayoría de las circunstancias que hacen a los hombres maldecir y a las mujeres llorar son circunstancias sentimentales o imaginarias, cosas puramente mentales. Por ejemplo, a menudo oímos a personas adultas quejarse de tener que esperar un tren yendo y viniendo por la estación. ¿Se ha quejado alguna vez un niño de tener que esperar un tren yendo y viniendo por una estación? No; porque para él una estación es como una caverna llena de maravillas y un palacio lleno de poéticos placeres. Porque para él la luz roja y la luz verde de la señal son como un nuevo sol y una nueva luna. Porque para él el travesaño que cae de pronto es como el bastón del rey que da la señal para que comience un estrepitoso torneo de trenes. Yo mismo tengo hábitos infantiles en estas cosas. También valen para quienes simplemente están quietos y esperan el tren de las dos quince. Sus meditaciones pueden ser muy ricas y fructíferas. Muchas de mis más inspiradas horas las he pasado en Clapham Junction, que ahora estará, supongo, bajo agua. Muchas veces he estado allí de un ánimo tan místico y absorto que el agua podría haberme llegado a la cintura sin darme plena cuenta de ello. Pero en el caso de todas estas molestias, como he dicho, todo depende de nuestro estado emocional. Podemos tranquilamente aplicar el mismo criterio a casi todos los comúnmente considerados típicos fastidios de la vida diaria.
Por ejemplo, se tiene la impresión de que correr tras el sombrero es algo feo. ¿Por qué había de ser feo para una mente piadosa y cabal? No simplemente por tener que correr, que cansa. Corremos más veloces en juegos y deportes. Corremos más impetuosamente tras una insignificante pelota de cuero que tras un lindo sombrero de seda. Pensamos que correr tras el sombrero es humillante; y cuando decimos que es humillante, queremos decir que es cómico. Ciertamente lo es; pero el hombre es una criatura harto cómica, y muchas de las cosas que hace son cómicas, comer, verbigracia. Y lo más cómico de todo es precisamente aquello que más merece la pena hacer, como el amor. Correr tras un sombrero no es ni la mitad de ridículo que correr tras una esposa.
Pues bien: si supiéramos tomárnoslo bien, podríamos correr tras el sombrero con el más viril de los ardores y el más sublime de los júbilos. Podríamos considerarnos joviales cazadores persiguiendo un animal salvaje, pues ningún animal puede ser más salvaje. De hecho, me inclino a creer que la caza del sombrero en días de viento será el deporte de las clases altas en el futuro. Habrá encuentros de damas y caballeros en cotas altas en mañanas de fuerte viento y se les dirá que el personal de marras ha soltado un sombrero en tal o cual matorral, o como técnicamente se llame. Obsérvese que esta práctica aunará en sumo grado lo deportivo con lo humanitario. Los cazadores sabrán que no están infligiendo dolor. Mejor dicho, sabrán que están proporcionando placer, un placer intenso, casi salvaje, a las personas que los estén viendo. Hace poco vi en Hyde Park a un anciano señor correr tras su sombrero y le dije que un pecho tan bondadoso como el suyo debía sentirse henchido de paz y gratitud al pensar cuánto placer sincero estaban dando en aquel momento a la multitud sus gestos y movimientos corporales.
El mismo principio puede aplicarse a todos los demás cuidados típicos de la vida diaria. Solemos creer que sacar una mosca de la leche o un trocito de corcho del vaso de vino es motivo bastante para irritarnos. Pensemos por un momento en la paciencia de esos pescadores que se sientan al borde de oscuros estanques, y veremos como nos invade el alma un sentimiento de paz y gratitud. También he conocido a gente de mentalidad muy moderna que, llevada de la angustia, usaba términos teológicos a los que no conceden significado doctrinal alguno, simplemente porque un cajón se había atrancado y no podían abrirlo. Un amigo mío sufría especialmente por esto. Todos los días se le atrancaba el cajón, y en consecuencia todos los días soltaba por aquella boca. Yo le hice notar que esa sensación de agravio era subjetiva y relativa; que descansaba enteramente sobre la premisa de que el cajón podía y debía abrirse fácilmente. «Pero», añadí, «si te imaginas luchando contra algún enemigo poderoso y opresivo, la cosa te resultará emocionante en lugar de exasperante. Figúrate que estás en el mar tirando de un bote salvavidas. Figúrate que estás sacando a un compañero de la grieta de un glaciar alpino. Figúrate que has vuelto a tu niñez y estás halando de la cuerda en una competición entre franceses e ingleses.» Al poco de decirle esto me despedí; pero no dudo de que mis palabras dieron el mejor fruto. No dudo de que todos los días de su vida mi amigo se agarra al tirador de ese cajón con el rostro y los ojos inflamados en ardor guerrero, y se da voces de ánimo y se figura oyendo en torno el clamor y los aplausos de un público.
No pienso, pues, que sea completamente absurdo o increíble suponer que también las inundaciones de Londres pueden ser vistas y disfrutadas de una manera poética. Parece que no han causado nada más que molestias; y las molestias, como he dicho, son solo un aspecto, el aspecto menos imaginativo y más accidental de unas circunstancias realmente románticas. Una aventura no es más que una molestia bien considerada. Una molestia no es más que una aventura mal considerada. Si acaso, las aguas que rodean las casas y comercios de Londres no han hecho sino aumentar el hechizo y la maravilla que ya tenían. Pues, así como el sacerdote católico romano del chiste dijo: «El vino va bien con todo menos con agua», así nosotros podemos decir: «El agua va bien con todo menos con vino».

jueves, 22 de abril de 2010

Tolstoy- G.K.CHESTERTON

Tolstoy- G.K.CHESTERTON

Traducción de Juan Manuel Salmerón, extraída de su pagina Web: http://juanmanuelsalmeron.com/

Quien desee comprender lo profundo de la influencia del gran hombre que encabeza este articulo y la autentica naturaleza de dicha influencia, no debe dirigirse a sus novelas, por más que sean espléndidas, ni a sus puntos de vista éticos, aun estando tan bien concebidos y claramente explicados. Debe fijarse en la noticia, que acaba de llegarnos de Canadá, sobre un grupo de anarquistas cristianos rusos que han dejado en libertad a sus animales domésticos por considerar inmoral poseerlos o controlarlos. Hay algo en un incidente así que es totalmente independiente la idea puesta en practica .De que sea correcta o equivocada, cuerda o demencial,. Nos hace ver que el mundo sigue siendo joven. Aún quedan formas de pensar tan locamente cuerdas como las que se debatieron bajo el cielo azul de Atenas Aun hay muestras de una fe tan fuerte y practica como la de los musulmanes que conquistaron toda África y Europa al grito de una única palabra. A nuestros políticos y filósofos contemporáneos, en su languidez, les parecerá algo sacado de un sueño que en nuestra época mecánica, homogénea, sujeta con cadenas de hierro, un grupo de europeos, vestidos con chalecos y botas, se dedique a soltar al percherón del trolebús, al cerdo de la cochiquera y al perro de su caseta; solamente por una teoría o un escrúpulo moral. Es como una pagina arrancada de un cuento de hadas, los miembros de la secta Doukhabor acompañando solemnes a su gallina hasta la puerta del corral y deseándola benévolos la mejor de las fortunas al inicio de sus viajes. Todo esto le debe parecer absurdo y confuso al típico líder de nuestra sociedad en esta década, a hombres como el Sr.Balfour o el Sr.Wyndham. Pero hay algo que añadir. Si el Sr.Balfour se convirtiese a una religión que le indicase la obligación moral de entrar en la Cámara de los Comunes haciendo el pino, y entrase haciendo el pino y si el Sr.Wyndham aceptase una creencia que le impusiese teñirse el pelo de azul, y se lo tiñese; ambos serian casi indescriptiblemente mejores y más felices de lo que lo son ahora. Pues solo hay una felicidad que sea posible o imaginable bajo el sol y es el entusiasmo. Esa palabra, rara y espléndida, que ha sufrido tantas vicisitudes. En el siglo XVIII se equiparaba a la locura, en la Grecia clásica a la presencia de un dios.

Este gran acto de coherencia llevada a extremos heroicos que ha sucedido en Canadá, es el mejor ejemplo de la obra de Tolstoy. Tengo por algo cierto que la secta Doukhabor es de un origen totalmente independiente del gran moralista ruso. Sin embargo, apenas cabe duda de que su actual notoriedad y su desarrollo, han sido influenciados por el admirable resumen y defensa que ha efectuado el novelista de sus perspectivas éticas. Tolstoy, además de ser un gran novelista, es uno de los pocos hombres vivos que tienen un punto de vista sólido, autentico y serio sobre la vida. Es una iglesia católica compuesta de un solo miembro que es, a la vez, un Papa algo arrogante y un lego algo sumiso. Es uno de los dos o tres hombres que hay en Europa, con un punto de vista tan propio, que inevitablemente pueden dar su opinión sobre cualquier cosa: la ley de autonomía de las colonias, un poema hindú o una pizca de tabaco. Hay tres hombres vivos semejantes: Tolstoy, el Sr.Bernard Shaw y mi amigo el Sr.Hillarie Belloc. Son diametralmente opuestos pero tienen eso en común, que considerando el abono de sus ideas y el suelo de sus convicciones, las opiniones sobre cualquier tema terrenal nacen como flores en un prado. Hay ciertos puntos de vista que deben adoptar. No se forman una opinión más bien sus opiniones les dan forma a ellos. Tomemos la lista que escribí al azar antes: la ley de autonomía de las colonias, un poema hindú o una pizca de tabaco. Tolstoy diría: “Creo que nuestro estilo de vida debe ser lo más simple posible. Por lo tanto, esa chistera es una monstruosidad negra.” Él diría: “Creo que nuestro estilo de vida debe ser lo más simple posible. Por lo tanto, la ley de autonomía de las colonias se queda a medio camino de forma mezquina. De nada sirve dividir un imperio en naciones si no divide las naciones en personas individuales “. Él diría: “Creo que nuestro estilo de vida debe ser lo más simple posible. Por lo tanto, este poema hindú me interesa. Con todo su aparente barroquismo, los puntos de vista de la ética oriental son más sencillos que los de occidente y por lo tanto me son más próximos”. Él diría: “Creo que nuestro estilo de vida debe ser lo más simple posible. Por lo tanto esta pizca de tabaco es algo maligno. Lleváosla.”. Todo en este mundo, desde la Biblia hasta un par de botas, puede ser eliminado, y lo es, aplicando este principio fundamental de las ideas de Tolstoy: la simplificación de la vida. Cuando tratamos una doctrina semejante con encontramos ante un incidente infinitamente más importante dentro de la historia europea que la ascensión de Napoleón Bonaparte.

La aparición de Tolstoy, con su ética tan sencilla y tan terrible, es importante de muchas maneras. Entre otras cosas, es un comentario muy interesante a la opinión que viene siendo adoptada desde hace medio siglo por los oponentes de lo religioso. El pensador laico y el escéptico han atacado el cristianismo ante todo por fomentar el fanatismo, porque el fervor religioso hace que la gente queme a sus vecinos y dance desnuda por las calles. Parece raro. La religión podría desaparecer y quedarían sistemas éticos y filosóficos capaces de producir suficiente fanatismo como para llenar el mundo. El fanatismo no tiene nada que ver con la religión. Hay teorías científicas serias que, llevadas hasta la última consecuencia, producirían idénticas hogueras en los mercados e idéntica desnudez. Hay partidarios de la moda que se pasearían como Adán y Eva si pudiesen hacerlo de forma elegante. Hay modernos estudiosos científicos de la moral que quemarían vivos a sus oponentes. Y lo harían tan contentos si pudiesen quemarlos empleando algún producto químico nuevo. Si alguien duda de esto, de que el fanatismo es ajeno a la religión pero propio de la naturaleza humana, solo tiene que fijarse en el caso de Tolstoy la secta Doukhabor. Una secta que empezó sin teología alguna, solo con la sencilla idea de que debemos amar al prójimo y nunca jamás emplear la fuerza física contra él, y terminaron considerando algo malvado llevar una maleta de cuero o ir montado en un carro. Un gran escritor contemporáneo borra por completo la teología, niega de un plumazo la validez de las escrituras y de las iglesias, desarrolla un sistema ético en que el amor será el instrumento para la reforma y termina diciendo que no tenemos derecho de golpear a un hombre que esta torturando a un niño en nuestras narices. Continua desarrollando una teoría de la mente y las emociones que podría ser aceptada por el ateo más rígido y termina proclamando que las relaciones sexuales, de donde procede la humanidad, son, no ya inmorales, sino antinaturales. Esto es el fanatismo como siempre ha sido y siempre lo será. Destruid hasta el último ejemplar de la Biblia, habrá persecuciones y orgías salvajes basadas en “Filosofía Sintética” del Sr.Herbert Spencer. Algunos de los pensadores más abiertos de miras de la edad media creían en apilar las gavillas junto a la estaca, y algunos de los pensadores del siglo XIX más abiertos de miras creen en la dinamita.

La realidad es que a Tolstoy con toda su genialidad, con su fe de coloso, con su gran valor y amplios conocimientos de la vida, le falta una sola cosa: no es un místico. Tiene por lo tanto, tendencia a perder la razón. La gente habla de las extravagancias y los frenesís provocados por el misticismo. No es más que una gota de agua en el mar. Desde el comienzo de los tiempos, el misticismo nos ha mantenido cuerdos. Lo que hace enloquecer es la lógica.


Es significativo que con todo lo que se ha dicho sobre la fragilidad mental de los poetas, solo un poeta inglés se ha vuelto loco. Y perdió la razón a consecuencia de un sistema lógico de teología. Se trata de Cowper y su poesía freno el avance de la enfermedad durante muchos años. La poesía, lo que le falta a Tolstoy, siempre ha sido algo curativo. Lo único que ha frenado a la raza humana de los desvaríos del convento, la galera pirata, el cabaret y la cámara de gas, ha sido el misticismo y la idea de que la lógica puede resultar engañosa y algo no ser siempre lo que parece.

martes, 9 de febrero de 2010

Ensayo sobre dos ciudades-G.K.CHESTERTON

Ensayo sobre dos ciudades-G.K.CHESTERTON

Título original: «An essay on two cities», en All Things Considered

Traducción de Juan Manuel Salmerón, extraída de su pagina Web: http://juanmanuelsalmeron.com/


Hace poco caí de Inglaterra en la ciudad de París. Si un hombre cayera de la luna en París, conocería que es la capital de una gran nación. En cambio, si cayera (digamos desde otra parte de la luna) en la ciudad de Londres, no conocería fácilmente que es la capital de una gran nación, y en ningún caso que la nación es tan grande como es. Y sería así aun en el supuesto de que el hombre de la luna no entendiera nuestro alfabeto, como presumiblemente no lo entendería, a menos que la educación elemental en aquel planeta haya alcanzado niveles insospechados. Pero es verdad que lo que distingue a París de Londres puede verse en gran medida en los nombres. Los verdaderos demócratas dicen que Inglaterra es un país aristocrático. Los verdaderos aristócratas dicen (por alguna misteriosa razón) que es un país democrático. Si alguien tiene alguna duda acerca de esta cuestión, solamente ha de fijarse en el nombre de las calles. Casi todas las calles adyacentes al Strand,* por ejemplo, llevan el primer, segundo, tercer, cuarto, quinto y sexto nombre de alguna familia noble, o de parientes y amigos suyos, o de sus lugares de residencia: Arundel Street, Norfolk Street, Villiers Street, Bedford Street, Southampton Street y muchas más. Los nombres son muy variados, a fin de que una misma familia figure con el mayor número de apellidos posible; tenemos así Arundel Street y Norfolk Street, Buckingham Street y Villiers Street. Decir que esto no es aristocrático es pura desvergüenza intelectual. Yo soy un ciudadano normal y corriente, me llamo Gilbert Keith Chesterton. Y confieso que si en el Strand me encontrara tres calles seguidas llamadas Gilbert Street, Keith Street y Chesterton Street, me consideraría una persona socialmente más importante de lo que sería bueno para la sociedad. Si los franceses mandasen en Londres (Dios no lo quiera), tan disparatado les parecería que esas calles se llamaran como el duque de Buckingham, como que se llamaran como yo. Esas calles están junto a una de las principales vías de Londres. Si adoptásemos el sistema francés, una de ellas se llamaría Shakspere Street, otra Cromwell Street, otra Wordsworth Street, y habría estatuas de estas personas al final de sus correspondientes vías, y si alguna calle quedase por nombrar, se la llamaría con la fecha en la que se aprobó la reforma tributaria o se implantó el sistema de tarifas postales.
Imaginemos que un hombre quisiera encontrar personas en Londres guiándose por el nombre de los lugares. Sería el protagonista de una graciosa comedia que ilustraría nuestra falta de lógica. Conociendo que Buckingham Street fue bautizada así en honor de la familia Buckingham, iría, como es natural, a Buckingham Palace en busca del duque de Buckingham. Para su sorpresa, encontraría a una persona muy distinta.** Su sencilla lógica lunar lo llevaría a suponer que si quisiera ver al duque de Marlborough (lo que parece poco probable), lo hallaría en Marlborough House. A quien encontraría sería al príncipe de Gales. Y cuando por fin se enterase de que los duques de Marlborough viven en Blenheim Palace, residencia así llamada por la victoria del duque en la batalla de Blenheim, allá se iría sin duda. Pero si, siguiendo este principio, buscara al duque de Wellington, de nuevo se equivocaría pidiendo al cochero que lo llevase a Waterloo. Me sorprende que nadie haya escrito una novela narrando las disparatadas aventuras de semejante alienígena, en busca de los grandes aristócratas ingleses sin más guía que los topónimos; en busca del duque de Bedford en la ciudad de ese nombre, y en Norfolk al duque de Norfolk. Podría viajar a Wellington, Nueva Zelanda, buscando el lugar de origen de los Wellington. Y en la última escena podría aparecer aprendiendo galés para poder hablar con el príncipe de Gales.
Pero aun si nuestro imaginario viajero desconociese el alfabeto terrestre, creo que seguiría siendo capaz de ver diferencias entre Londres y París, y sobre todo la gran diferencia. No podría leer las palabras «Quai Voltaire», pero sí vería la socarrona estatua y las calles firmes y rectas; sin saber quién fue Voltaire, sabría que la ciudad era volteriana. No sabría que la londinense calle Fleet se llamó así por la prisión de Fleet, pero sí vería que el mismo espíritu nacional que hizo la prisión cerrada y angosta, ha hecho la calle cerrada y angosta. O, si quieren ustedes, la calle acogedora y acogedora la prisión. Yo creo que me sentiría más cómodo en la prisión de Fleet, cómodo en el sentido inglés de la palabra, que al pie de la estatua de Voltaire. Creo que el hombre de la luna conocería Francia sin conocer a los franceses, como creo que conocería Inglaterra sin haber oído la palabra Inglaterra. Porque, como último recurso, todos los hombres hablamos por señas, por signos. Hablar por signos es hablar por estatuas, por ciudades. Columnas, palacios, catedrales, templos, pirámides, constituyen un enorme alfabeto mudo: como si un gigante nos hablara por señas de piedra. Las cosas más importantes se han dicho siempre con signos, aunque fueran, como la Cruz de Saint Paul, signos en el cielo. Si los hombres no entienden los signos, jamás entenderán las palabras.
Por eso me sentiría inclinado a pensar que el objeto principal de la educación debe ser el de devolver la simplicidad. Y si se me apura, diré que el principal objeto de la educación no es aprender cosas, sino desaprenderlas; desaprender lo que hay de pesado y malo en el mundo y volver a ese estado de exaltación y alegría que instintivamente sentimos al escribir para niños. Si a mí me nombraran examinador de examinadores (lo que no parece muy probable), no solo preguntaría a enseñantes y maestros cuánto conocimiento han impartido; les preguntaría cuánta espléndida y desdeñosa ignorancia han erigido, cual regia torre fortificada. E insistiría en que lo importante es enseñar a la gente la simplicidad que les permita ver las cosas de pronto y tal como son. Poco me importa que puedan leer los nombres de las tiendas. Me importa mucho más que puedan leer las tiendas. Poco me preocupa que no puedan decir dónde se halla Londres en el mapa, si saben dónde se halla Brixton camino de su casa. Ni siquiera me interesa que sepan sumar dos y dos en el sentido matemático; me contento con que sepan sumar dos y dos en el sentido metafórico. Aunque toda esta larga digresión puede resumirse en la metáfora que antes he empleado. Me importa muy poco que no conozcan el alfabeto, mientras conozcan el alfabeto mudo.
Por desgracia, tengo observado que, en muchos aspectos de nuestra educación popular, esto no se hace así en absoluto. Enseñamos a nuestros chicos londinenses a ver Londres con ojos simples y desprevenidos. Y Londres es mucho más difícil de ver bien que ningún otro sitio. Londres es un acertijo. París es una explicación. La educación del niño parisino es algo que se corresponde con las claras avenidas y las geométricas plazas de París. El niño parisino que aprende lo que es la razón francesa y el orden romano, puede salir y verlos plasmados en la forma de muchos espléndidos lugares públicos, en las esquinas de muchas calles. Pero el niño inglés que sale a la calle habiendo aprendido algo acerca de un vago progreso y un vago idealismo, no puede verlos en ningún sitio. No puede ver nada en ningún sitio, excepto anuncios de Sapolio*** y el Daily Mail. Debemos o cambiar Londres para adaptarla a los ideales de nuestra educación, o cambiar nuestra educación par adaptarla a la gran belleza de Londres.


*Calle céntrica de Londres.
**A la reina Victoria
***Marca de jabón famosa precisamente por su publicidad.

martes, 15 de diciembre de 2009

Apología-G.K.CHESTERTON

Apología-G.K.CHESTERTON

Primer artículo del número de muestras (adelantado) del "G.K. Weekly" (8 noviembre 1924), semanario dirigido por Chesterton.


Me propongo dar a esta publicación muy mal nombre y aferrarme a él. Cuando se me sugirió que empleará en el título las iniciales de mi nombre, la proposición me inspiró un horror que se ha convertido en aversión. Debo al lector una breve exposición de las razones que me inducieron a aceptarla: la principal de las cuales es que a causa de circunstancias peculiares, es difícil encontrar otro título. Es cierto que los títulos periodísticos son por lo común inadecuados. El periódico llamado Daily Herald probablemente muestre poca afición a la heráldica. El periódico titulado The Nation se ha mostrado siempre particularmente hostil a la nacionalidad. Hasta se podría decir que el órgano de las guildas, llamado New Age (nueva era), debiera llamarse más bien Middle Age (edad media). Pero en nuestra situación hay algo que difiere de todos estos periódicos; no es por simple vanidad que decimos es a la vez universal y único en su clase.

Deseo que esta publicación represente ciertas ideas muy normales y muy humanas; pero es un hecho indiscutible que no serían publicadas en ningún periódico más que en este. No son manías; son sólo tradiciones que serían desestimadas, mientras que las manías son bien recibidas por estar a la moda. Tampoco son excentricidades; no son sino las ideas centrales de la civilización que han sido olvidadas en un maremágnum de excentricidades. Pero por haber sido olvidadas, vuelven a ser nuevas, y porque han sido olvidadas en otras partes, las hallará aquí solamente. Son verdades de sentido común en un mundo en que ese sentido ha dejado de ser común.
Tomaré como principal ejemplo el problema actual de la pobreza y de la riqueza. En el problema, mi posición parecería singularmente sencilla. Y es, sencillamente, que me opongo cordialmente al bolchevismo y a los Trust. Creo que es posible restablecer y perpetuar una razonable y justa distribución de la propiedad privada; y en este periódico daré las razones que inducen a creerlo. Por el momento, lo importante es esto: ninguna otra publicación en este país puede ser cordialmente opuesta, tanto al bolcheviquismo, como a los Trust. Un diario como el Daily Mail opina que debemos tolerar algo de los Trust, porque la única alternativa es el bolcheviquismo. Y él Daily Herald opina que debemos tolerar algo del bolcheviquismo, porque la única alternativa son los trust. El Daily Mail no puede tratar de destruir los trust, porque él forma parte de un Trust. El Daily Herald no puede tratar de derrocar el bolcheviquismo, porque su mejor apoyo lo halla entre los bolcheviques. Para ellos no hay más que dos partidos que tomar, y son opuestos. Pero para mí hay otro, el tercero; y ningún otro diario lo defendería, ni siquiera lo mencionaría. Este tercer camino a seguir ha sido llamado "distributismo", expresando que habría las esperanzas de distribuirla equitativamente la propiedad privada. Pero si yo le diera a este periódico el título de "la revista distributiva" (como se ha sugerido), produciría justamente la impresión que desea evitar. Daria la idea de que un distributista es algo así como un socialista; un pretencioso, un pedante, una persona con una nueva teoría de la naturaleza humana. Mi opinión es que esta solución es simplemente humana y que las otras soluciones son deshumanizadas. Esta es mi opinión. Decir que debemos tener socialismo o capitalismo es como decir que debemos optar por que todos los hombres entren a los conventos o que unos pocos tengan harenes. Si yo negara esa alternativa sexual, no sería necesario llamarme a mí mismo monógamo; me contentaría con llamarme hombre. Apelaría a toda nuestra tradición normal y nacional de virilidad. Si fundara un diario que negara esa alternativa, no querría titularlo "La revista monógama". Y si lo hiciera, 9 personas de cada 10 pensarían que yo era algún otro pedante, levemente distintos de los anteriores, y tendría la vaga idea de que un monógamo era tan loco como un mormón. El paralelo es bastante exacto en este caso. Porque el gran Trust no tiene más derecho de absorber en un monopolio todas las fortunas privadas y afirmar que así defienden la institución de la propiedad, que el que tiene el gran turco de raptar a todas las mujeres y encerrarnos en un harem, afirmando que así defienden la santidad del matrimonio.
Cualquier otro paralelo sería igualmente bueno, en cuanto se tratase del insensato dilema y de la sensata alternativa; y tal vez cuanto más fantástico juega en paralelo, tanto más exactamente se lo podría aplicar al caso. Si todos los diarios hubieran llevado al público la idea de que debemos elegir entre ser vegetarianos o caníbales, podríamos necesitar algún diario indicara ya que esa alternativa era un disparate. Pero no mostraremos muy brillante criterio periodístico si lo tituláramos "El antiantropófago carnívoro". Sería una correcta descripción de nuestra costumbre normal de comer carne de carnero, pero no de comer hombres. Es una bárbara mezcla de griego y del latín, pero con todo, parece ser una palabra realmente científica. Lógicamente si no lingüísticamente, es un término de exactitud perfecta. Pero aunque casi todos somos carnívoros antiantropófago, nunca lo mencionamos, especialmente si queremos convencer a nuestros vecinos de que somos sencillamente personas sensatas; y lo somos, en efecto. La dificultad consiste en que cualquier título que define nuestra doctrina, la hace parecer doctrinal. Y es que la verdadera idea de la propiedad privada ha sido descuidada por la que tan largo tiempo en Inglaterra, que no hay fraseología popular fácil que se refiere a ella. Ha tenido que inventar sus propios términos y son necesariamente confusos y complicados; y es tan antigua esa idea que ha llegado a se nueva. Al mismo tiempo, necesito un título que indique que el periódico es de controversia y que ésta es la tendencia general que defiende. Necesito algo que sea reconocido como bandera aunque esta sea fantástica y ridícula, que algún punto represente un desafío, aunque éste sea recibido con cierta benévola ironía. No quiero un nombre incoloro, y lo más parecido a un símbolo que se me ocurre es sencillamente mi propia bandera.
Por ejemplo, la primera prueba de que algo es familiar, es cuando resulta divertido. Hay bromas respecto a los que se benefician con las guerras y también respecto a los socialistas. Pero no las hay con respecto al Distributista. Cualquiera puede dibujar una caricatura convencional de un socialista poniéndole una corbata roja. Pero nadie puede hacer una caricatura de un hombre que cree en la pequeña propiedad privada bien distribuida, porque no está familiarizado con la teoría ni con el tipo. Ningún visionario puede aventurarse a imaginar cómo sería el cabello de un distributista. Ningún poeta, mojando su pincel en los colores del terremoto y del eclipse, puede colorear la corbata del distributista. No hay imagen familiar que podamos evocar para recordar amigos y enemigos lo que queremos decir. Pero, aunque no haya bromas referentes a la pequeña propiedad, las hay referentes a mí. Comienzan con la antigua y admirable historia de que mi anticuada caballerosidad indujo a ceder mi asientos a tres damas, y siguen con una anécdota más reciente y realista de que mis vecinos se quejaron al administrador de una ruidosa fábrica local con el motivo de que "el señor Chesterton no podía escribir bien", y recibieron está tranquila respuesta: "sí, ya sabemos eso". Nadie cuya notoriedad se base en tales cuentos puede sentirse muy orgulloso de ella. No digo que mi reputación periodística sea particularmente elevada, pero debo reconocer que es probable que sea más difundida que mis opiniones sobre distribución económica. Este ideal sociológico tan natural, ha sido descuidado en Inglaterra tan ciega y totalmente, que creó con sinceridad que mi ideal normal es menos conocido que mi nombre. Es por eso que me veo inducido a emplear el nombre como la única introducción familiar a ese ideal.
Tengo la esperanza de ver invertida esa relación trabajaré en este periódico con el anhelo de que la familiaridad con el nombre disminuya, y aumente el conocimiento de la causa. Tal vez entonces una generación más feliz, que viva en un estado social más sano, se sienta intrigada por las iniciales impresas en el encabezamiento de esta página. Los sabios profesores meditaran sobre el significado de este G. K. jeroglífico; los que conserven la bárbara teoría del siglo XX las interpretarán así: "Good Killing" (Buena Matanza), mientras los que idealizan más piadosamente ese pasado, la traducirán como "Greather Knowlogde" (Mayor Conocimiento). Los estudiosos de la literatura contemporánea supondrán que forman una especie de monograma de "God and Kippling" (Dios y Kippling) o posiblemente Kipps, mientras los historiadores dinásticos probarán que no era sino una transposición de "George King" (Rey Jorge). Pero no me preocupará mucho lo que digan, siempre que sea en un país libre, donde los hombres puedan volver a poseer algo.
No hay destinos más noble que ser olvidado como enemigos de una herejía olvidada, ni mayor éxito que llegar a ser superfluo; bien esta aquel que puede ver su paradoja implantada de nuevo como un lugar común, o su fantasía desechada como una pluma cuando las naciones renuevan su juventud, a la manera de las águilas; y cuando no sea absurdo decir que la granja deba pertenecer al granjero, y ni que parezca una idea brillante sugerir que el hombre debe vivir en su casa, así como es dueño de su sombrero. Entonces, las trompetas del triunfo nos dirán quizá ya no somos necesarios.

martes, 1 de diciembre de 2009

¿Por qué creo en el Cristianismo?-G.K.CHESTERTON

¿Por qué creo en el Cristianismo?-G.K.CHESTERTON.

Traducción: Alfred Cappra (http://escritorescatolicos.blogspot.com)

Reimpreso en The Religious Doubts of Democracy (1904) (La Religión duda de la Democracia Y "The Blatchford Controversies" (in The Collected Works of G.K. Chesterton, Vol. 1) (Las controversias con Blatchford)

No es mi intención faltarle el respeto al Sr. Blatchford al decir que nuestra dificultad yace enormemente en el hecho de que él, igual que masas de inteligentes personas estos días, no entiende qué es teología. Cometer errores en la ciencia es una cosa, equivocar su naturaleza es otra. Y al leer “Dios y mi Vecino” (God and My neighbour), gradualmente vine a mi la convicción de que él cree que teología es el estudio respecto de si los cuentos sobre Dios relatados en la Biblia son históricamente demostrables. Esto es como si él tratara de probar a un hombre que el Socialismo era Economía Política, y comenzara a darse cuenta, a la mitad del camino, que el hombre pensaba que Economía Política significaba el estudio sobre si los políticos son economistas.
Es muy difícil de explicar brevemente la naturaleza de todo el estudio viviente, sería igual de difícil como explicar política o ética. Por más grande y obvia que sea una cosa, y nos mire directamente a la cara, más difícil nos es de explicar. Cualquier persona puede definir zoología (conchology) Nadie puede definir Moral.
Sin Embargo, tenemos la idea de tratar de explicar esta filosofía religiosa, que era, y que será nuevamente, el estudio de las inteligencias más elevadas, y la fundación de las naciones más poderosas, pero que nuestra pequeña civilización a olvidado por un tiempo, al igual como ha olvidado como bailar y como vestirse a si misma. Voy a tratar y explicar, por qué creo que una filosofía religiosa es necesaria, y por qué creo que el Cristianismo es la mejor filosófica religiosa. Pero antes de hacerlo, quiero que tengan en mente dos hechos históricos. No les pido que dibujen mi deducción de ellos ni ninguna deducción de ellos. Les pido que los recuerden como meros hechos a través de ésta discusión
1.- El Cristianismo se levanto y esparció en una cultura y un mundo muy cínico, un mundo muy moderno. Lucrecio fue tan materialista como Haeckel, y un escritor mucho más persuasivo. El mundo romano ha leído “Dios y mi Vecino”, y de una manera un tanto cansada pensó que era bastante verdadero. Vale la pena notar que la religión casi siempre se levanta de estas civilizaciones escépticas. Un libro reciente sobre la literatura Pre-Mahometana de Arabia describe una vida enteramente pulida y lujosa. Era tan Buda, nacida en el vigor de una antigua civilización. Así fue con el Puritanismo en Inglaterra y la Renovación Católica en Francia e Italia, las cuales ambas nacieron en el racionalismo del Renacimiento. Es así hoy día; siempre es así. Vayan a los dos centros de libre pensadores más modernos, Paris y América, y los encontrarán llenos de demonios y ángeles, de viejos misterios y nuevos profetas. El Racionalismo esta luchando por su vida en contra de unas jóvenes y vigorosas supersticiones.
2.- El Cristianismo, el cual es una religión muy mística, ha sido, sin embargo, la religión de la parte más práctica de la humanidad. Tiene lejos muchas más paradojas que las filosofías Orientales, pero también construye lejos mejores carreteras.
Los Musulmanes tienen una pura y lógica concepción de Dios, el Monista Ala. Pero él se mantiene bárbaro en Europa, y el pasto no va a crecer donde el ponga su pie. El Dios Cristiano es Trino, “la complicada trinidad”, que pareciera una contradicción caprichosa en sus términos. Pero en acción él domina la tierra, e incluso el más inteligente Oriental sólo puede combatirlo imitándolo primero. El Este tiene lógica y vive de arroz. La Cristiandad tiene misterios y autos a motor. No importa, como decía, la inferencia, registremos los hechos.
Ahora con estas dos cosas en la mente, déjame tratar y explicar lo que la teología Cristiana es.
El completo Agnosticismo es la actitud obvia del hombre. Todos somos Agnósticos hasta que descubrimos que el Agnosticismo no funcionará. Después, adoptamos alguna filosofía, la del Sr. Blatchford o la mía o la de algún otro, pero por supuesto, el Sr. Blatchford no es más Agnóstico de lo que yo soy. El Agnóstico diría que no sabe si el hombre es responsable por sus pecados. El Sr. Blatchford dice que él sabe que el hombre no lo es.
Aquí tenemos la semilla de todo el tremendo árbol del dogma. ¿Por qué el Sr. Blatchford va más allá del Agnosticismo y afirma que ciertamente no hay libre albedrío? El desea que ningún hombre sea condenado por sus pecados. Por lo tanto, el tiene que dejar a sus discípulos bastante seguros de que Dios no los creó libres, y por ello culpables.
Ninguna duda Cristiana debe correr por la mente del Determinismo. Ningún demonio debe susurrarle, en algún momento de enojo, que a lo mejor el promotor de la compañía fue responsable de fraudulentamente enviarlo al trabajo arduo (workhouse) Ningún repentino escepticismo debe sugerirle, que a lo mejor el rector del colegio fue culpable de azotar a un niño pequeño hasta la muerte. La fe Determinista debe mantenerse firme, o sino, ciertamente, la debilidad de la naturaleza humana llevará a los hombres a estar enojados cuando son calumniados o patearan de vuelta cuando sean pateados. En breve, el libre albedrío pareciera a primera vista pertenecer a lo Desconocido. Y todavía el Sr. Blatchford no puede predicar lo que para él parece caridad común sin afirmar un dogma sobre el tema. Y yo no puedo predicar lo que a mi parecer es honestidad común sin afirmar otro.
Aquí esta la falla del Agnosticismo. Que nuestra visión-diaria de las cosas que (en el sentido común) sabemos, en realidad depende de la visión de las cosas que (en el sentido común) no sabemos. Está de los más bien decirle a un hombre, como lo hacen los Agnósticos, “cultive su jardín” Pero suponga que un hombre ignora todas las cosas que están fuera de su jardín, y entre ellas ignora el sol y la lluvia
Este es el hecho verdadero. No se puede vivir sin dogmas respecto a estas cosas. No se puede actuar, por veinticuatro horas sin decidir si tener o no a las personas por responsables. La teología es un producto mucho más práctico que la química.
Algunos Deterministas imaginan que el Cristianismo invento un dogma como el libre albedrío para divertirse- una mera contradicción. Esto es absurdo. Uno tiene la contradicción donde quiera que esté. Los Deterministas me dicen, con un grado de verdad, que el Determinismo no hace diferencia en el diario vivir. Eso quiere decir – que aunque los Deterministas sepan que las personas no tienen libre albedrío, igual van y las tratan como si lo tuvieran.
La diferencia entonces es muy simple. El Cristiano pone la contradicción dentro de su filosofía. El Determinista la pone en su diario vivir. El Cristiano declara como de Perogrullo el misterio que el Determinista llama sinsentido. El Determinista tiene el mismo sinsentido para desayunar, almorzar, tomar once, y cenar todos los días de su vida.
El Cristiano, repito, pone el misterio dentro de su filosofía. Ese misterio, por su oscuridad, ilumina todas las cosas. Una vez concedido eso, la vida es vida, el pan es pan y el queso es queso; puede reír y pelear. El Determinista hace el tema de la voluntad lógico y lucido; y en la luz de la lucidez todas las cosas son oscurecidas, las palabras no tienen significado, acción ni propósito. Ha hecho su filosofía un silogismo y a él mismo un lunático incoherente.
No es una cuestión entre misticismo y racionalismo. Es una cuestión entre misticismo y locura. Por el misticismo, y el misticismo sólo, se ha mantenido al hombre cuerdo desde el principio del mundo. Todos los caminos rectos de la lógica han guiado a una especie de pandemónium, al Anarquismo o a una obediencia pasiva, a tratar al universo como una sustancia mecánica o sino como un engaño de la mente. Solamente el Místico, el hombre que acepta las contradicciones, es quien puede reír y caminar fácilmente a través del mundo.
¿Estas sorprendido de que la misma civilización que cree en la trinidad descubrió el vapor? Todas las grandes doctrinas Cristianas son de este tipo. Vean las cuidadosamente y con justicia por ustedes mismos. Tengo sólo espacio para dos ejemplos. El primero es la idea Cristiana de Dios. Justo como todos hemos sido Agnósticos así todos hemos sido Panteístas. En la divinidad de la juventud es facil decir, “¿Por qué un hombre no puede ver a Dios en un ave volando y no estar contento?” Pero después viene un tiempo en el que seguimos y decimos, “Si Dios esta en las aves, no nos dejemos ser solamente hermosos como las aves; seamos tan crueles como las aves; dejémonos vivir en la locura, roja de la naturaleza” Y algo que es sano en nosotros se resiste y dice, “Mi amigo, te estas volviendo loco”
Después viene el otro lado y decimos: “Las aves son odiosas, las flores son vergonzosas. No dare una alabanza para en ella basar al universo” Y la parte sana en nosotros dice: “Mi amigo, te estas volviendo loco”
Después viene una cosa fantástica y nos dice: “Estas en lo correcto en disfrutar a las aves, pero equivocado en copiarlas. Hay una cosa buena detrás de todas estas cosas, pero, todas estas cosas están por debajo de ti. El Universo esta en lo correcto; Pero el Mundo es malvado. La cosa que esta detrás de todo no es cruel, como un ave; sino bueno, como un hombre” Y la cosa sana en nosotros dice: “He encontrado el camino correcto”
Ahora, cuando el Cristianismo vino, el mundo antiguo acababa de llegar a este dilema. Escuchaba la Voz del Culto a la Naturaleza gimiendo, “Todas las cosas naturales son buenas. La Guerra es tan sana como las flores. La Lujuria tan limpia como las estrellas.” Y escuchaba también el llanto de los desesperanzados Estoicos e Idealistas “Las flores están en guerra; las estrellas están sucias; nada salvo la conciencia del hombre está bien, y esta está completamente vencida.”
Ambas miradas eran consistentes, filosóficas y exaltadas; su única desventaja era que, la primera lógicamente al homicidio y la segunda al suicidio. Después de una agonía del pensamiento el mundo vio el camino sano entre las dos. Era el Dios Cristiano. El hizo la Naturaleza pero El era Hombre.
Finalmente, queda una palabra por ser dicha respecto a la Caida. Solo puede ser una palabra, y es esta. Sin la doctrina de la Caída toda la idea del progreso no tiene ningún significado. El Sr. Blatchford dice que no hubo una Caida sino un ascenso gradual. Pero la misma palabra “ascenso” implica que sabes para donde estas ascendiendo. A no ser que haya un estándar en que no puedes decir si es que estas ascendiendo o descendiendo. Pero el punto central es que la Caída, como cualquier otro largo camino del Cristianismo esta formado en el lenguaje común ocupado arriba de un autobús. Cualquiera podría decir “Muy pocos hombres son realmente Varoniles” Nadie diría, “Muy pocas ballenas son realmente ballenescas”
Si quieres disuadir a un hombre de beber su décimo whisky tendrías que darle una palmada en la espalda y decirle, “Se un hombre” Nadie que desee disuadir a un cocodrilo de comer a su décimo explorador le daría una palmada en la espalda y diría “Se un cocodrilo” Porque nosotros no tenemos ninguna noción de lo que es un perfecto cocodrilo; ninguna alegoría de una ballena expulsada de su ballenesco Eden. Si una ballena se acercara a nosotros y dijera: “Soy una nueva especie de Ballena; he abandonado la (whalebone)” nosotros no debemos preocuparnos. Pero si un hombre se nos acerca (como muchos se nos acercaran muy pronto) a decir, “Yo soy una nueva especie de hombre. Yo soy el súper-hombre. He abandonado la piedad y la justicia”; nosotros debemos contestar, “Sin dudar tu eres nuevo, pero no estas cerca de ser un hombre perfecto, porque el ya ha estado en la mente de Dios. Nosotros hemos caído con Adán y nosotros ascenderemos con Cristo, pero preferimos caer con Satán, que ascender contigo”

viernes, 9 de octubre de 2009

La abuela del dragón- G.K.CHESTERTON

La abuela del dragón- G.K.CHESTERTON.
Publicado en Enormes Minucias.


Encontré el otro día un hombre que no creía en los cuentos de hadas. No me refiero en que no creyese en los incidentes que en ellos se narran: que no creyese que una calabaza confitera pudiera convertirse en una carroza. Desde luego, padecía esa curiosa incredulidad. Y como todas las demás personas que yo he conocido y a quienes los cuentos entretenían aquel era enteramente incapaz de darme una razón inteligente de su escepticismo. Intento aludir a las leyes de la naturaleza, pero pronto desistió. Luego dijo que en las habituales condiciones de la experiencia ordinaria, las calabazas confiteras son inmutables y que todos contamos con su infinitamente prolongada calabacidad. Pero yo le hice notar que semejante actitud no es la que adoptamos especialmente hacia las maravillas imposibles, sino simplemente la actitud que adoptamos hacia todo lo desusado, Si estuviéramos seguros de los milagros no contaríamos con ellos. Las cosas que suceden muy rara vez, quedan fuera de nuestros cálculos, sean o no milagros. Yo no espero que un vaso de agua se convierta en un vaso de vino, pero tampoco espero que un vaso de agua este envenenado con acido prúsico. Yo no procedo en el curso de mis tratos corrientes sobre la base de que el redactor jefe del periódico es un hada; pero tampoco procedo sobre la base que es un espía ruso o el ignorado heredero del sacro imperio romano. Lo que en la vida habitual asumimos no es que el orden natural es inalterable, sino que es mucho mas seguro apostar sobre la probable que sobre lo improbable. Lo cual no afecta a la incredulidad de cada historia que se alegue sobre un espía ruso o una calabaza confitera convertida en carroza. Si yo hubiera visto con mis propios ojos una calabaza confitera convertida en un torpedo panhard, esto no me inclinaría mas a dar por hecho que volvería a ocurrir otra vez la misma cosa. No se me ocurría invertir gruesas sumas de dinero en calabazas confiteras con un propósito financiero con la producción de automóviles. Cenicientas obtuvo del hada un traje de baile; pero no me figuro porque ese suceso dejase despeas de cuidar, como antes su propia ropa.
Pero la opinión de que los cuentos de hadas no pueden en realidad haber sucedido, aunque disparatada, es corriente. El hombre del que hablo era escépticos sobre los cuentos de hadas en un sentido aun más absurdo y perverso. Creía en realidad que los cuentos de hadas no se les deben contar a los niños. Este es uno de esos errores intelectuales que pueden clarasificarse extraordinariamente cerca de los pecados mortales ordinarios. Hay alguna negativas que aunque pueden realizarse, pudiera decirse por motivos de conciencia, acarrean en el mismo acto de ejecutarlas tal abundancia de su propio horror, que un hombre, al perpetrarlas, no solamente ha de enmudecer, sino de corromper ligeramente su corazón. Una de esas negativas fue la de conceder leche a las madres jóvenes cuando sus maridos estaban en el campo opuesto a nosotros. Otra es negarse a que se les cuenten a los niños cuentos de hadas.

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Aquel hombre que había venido a verme a propósito de cierta sociedad tonta de la que soy miembro entusiasta. Era un joven de lozanos colores y corto de vista. Levaba una singular corbata verde y tenía el cuello larguísimo; he observado que los idealistas suelen tener larguísimo el cuello. Quizás es que su eterna aspiración eleva poco a poco sus cabezas más y más cerca de los astros. O quizás tiene algo que ver con el hecho de que mucho de ellos son vegetarianos: quizá evolucionan lentamente hacia el pescuezo de la jirafa para poder así ramonear en las copas de los arboles en los jardines de Kensington. Estas cosas están por encima de mí en todos los sentidos. Sea como quiera, así era el joven que no creía en los cuentos de hadas, y por curiosa coincidencia entro en la habitación cuando yo acababa de dar un vistazo a una pila de libros de literatura amena contemporánea y había empezado a leer los cuentos de Grimm como natural resultado.
Las novelas modernas se alzaban de todos modos ante mí en un rimero; y el lector puede imaginar por si mismo sus títulos. Había una “Instigación suburbana: relato psicológico”, y otra “Psicología instigación: relato psicológico”. Había otra: "Trixy, o un temperamento” y otra. “Odio viril: monocromo” y otra porción de lindezas semejantes. Las leí con real interés, pero, cosa curiosa, acabe por cansarme de ellas y cuando vi los cuentos de Grimm que reposaban accidentalmente sobre la mesa, lance una exclamación de indecorosa alegría. Aquí, aquí por fin podía uno encontrar un poco de sentido común. Abrí el libro y mis ojos cayeron sobre esas esplendidas y satisfactorias palabras: “La Abuela del Dragón”. Por último encontraba algo razonable; por ultimo encontraba algo comprensible; por ultimo encontraba algo verdadero. “¡La Abuela del Dragón!” Mientras estaba paladeando con delicia este primer atisbo de realidad humana corriente, alce de pronto los ojos y vi a aquel monstruo de la corbata verde plantado en la puerta.

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Confío en que escuché con una simple cortesía lo que me dijo acerca de la sociedad; pero cuando incidentalmente aludió a que no creía los cuentos de hadas, explote enteramente fuera de mí.
- ¿Y quien en usted, que no creen los cuentos de hadas? Es mucho más fácil creer en Barba Azul que creer en usted. Una barba azul es una desventura. Pero hay otras corbatas verdes que son un pecado. Es muchísimo más hacedero creer en un millón de cuentos de hadas que creer en un hombre al que no le gustan los cuentos de hadas. Yo besaría a Grimm en lugar de besar la Biblia para jurar por todos sus cuentos como si fueran 39 artículos, antes que decir en serio y con el corazón en la mano que puede existir un hombre como usted; que usted no es una tentación del diablo, o algún embaimiento brotado del vacío. Observé estas sencillas, hogareñas, prácticas palabras: "La abuela del dragón". Esto está bien; esto esta dentro del orden; esto es racional casi hasta la linde del racionalismo. Si hubo un dragón, hubo de tener una abuela. Pero usted, ¡usted no tiene abuela!, si la tuviese le hubiera enseñado a amar los cuentos de hadas. Usted no tiene padre, usted no tiene madre; no puede haber causas naturales que puedan explicar su existencia. Usted no puede existir. Yo creo muchas cosas que no he visto. Pero de cosas tales como usted puede decirse: ¡bienaventurados los que vieron y no creyeron!

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Me parece advertir que no me seguía suficiente sensibilidad, y en vista de ello modere el tono.
-¿No comprende usted -dije- que los cuentos de hadas en su esencia son perfectamente sólidos y rectos, y todas estas interminables novelas sobre la vida moderna son por su naturaleza esencialmente increíbles? Según la fantasía popular, el alma es cuerda, pero el universo es un agitado conjunto de maravillas. El realismo sostiene que el mundo es una cosa obtusa y cuajada de rutina, pero que el alma está enferma y se queja. El problema del cuento de hadas es este: ¿Que hará un hombre sano con un mundo fantástico? El problema de la novela moderna es: ¿Que hará un hombre loco con un mundo tardo e insípido? En los cuentos de hadas, el cosmos enloquece, pero el héroe no enloquece. En las novelas modernas, el héroe está loco antes que comience el libro, y sufre por la firmeza inconmovible y la cruel cordura del cosmos. En el excelente cuento “La abuela del dragón” y en todos los demás cuentos de Grimm, se da por sentado que el joven lanzado a sus peripecias tendrá en sí mismo todas las verdades sustanciales; que será valeroso, lleno de fe, razonable, que respetará a sus padres, cumplirá su palabra, socorrerá o rescatara a algunas gentes, retara a otras, “parcere subjectis et debellare”, etc., y luego una vez colocado en este centro de cordura, el escritor se divierte imaginando qué sucedería si todo el mundo circunstante se volviese loco, si el sol se volviese verde y la luna azul, si los caballos tuvieran seis patas y dos cabezas los gigantes. Pero esa moderna literatura se coloca en la insania como centro. Por consiguiente, pierde hasta el interés de la demencia. Un lunático no es interesante para si mismo, porque es enteramente serio; eso es lo que le hace ser lunático. Un hombre que piensa ser un huevo pasado por agua es ante sí mismo una cosa tan sencilla y corriente como huevo pasado por agua. Un hombre que cree ser una res vacuna, es para sí mismo cosa tan corriente y vulgar como una res vacuna. Sólo la cordura es la que puede ver en la insania incluso una violenta poesía. Por tanto, esos sabios viejos cuentos hacen al héroe corriente y moliente, y extraordinaria a la propia narración. Pero esa otra literatura moderna hace extraordinario al héroe y ordinaria la narración; ordinaria, si, tan extraordinariamente ordinaria…
Vi que me con hablaba con los ojos fijos. Alguno de mis nervios dio en mí un chasquido bajo aquella mirada hipnótica. Me alce sobre los pies y exclamé:
-¡En el hombre de Dios y de la democracia y de "La abuela del dragón" y en nombre de todas las cosas buenas, te conmino a huir y no volver a frecuentar esta casa!
Fuese o no efectivo resultado del exorcismo, lo cierto es que se marchó definitivamente.


Pd: Sepan disculpar los errores de ortografía, les pido que me avisen si encuentran, pasa que últimamente he estado con poco tiempo y no he podido hacer correcciones finales.

jueves, 8 de octubre de 2009

El cochero extraordinario-G.K.CHESTERTON

El cochero extraordinario-G.K.CHESTERTON
Articulo publicado en Enormes Minucias.

El día en que encontré al cochero extraordinario había estado comiendo en un pequeño restaurante en Soho con tres o cuatro de mis mejores amigos. Mis mejores amigos son todos o escépticos irremediables o creyentes absolutos; así que nuestra discusión durante la comida giro sobre las más extremas y terribles ideas. Y la discusión acabó por girar exclusivamente sobre este punto: sobre si un hombre puede tener certidumbre sobre alguna cosa. Yo creo que puede tenerla, porque si (como dije a mi amigo, blandiendo furiosamente una botella vacía) es intelectualmente imposible tener certidumbre, ¿qué certidumbre es esa imposible detener? Si yo no he experimentado nunca lo que es certeza, no puedo ni aún decir que nada hay cierto. De modo semejante, si nunca he visto el color verde, no puedo ni siquiera decir que mi nariz no es verde. Puede ser verde, verdísima, y no enterarme de ello si realmente no sé en qué consisten en verde. Nos lanzábamos, pues, imprecaciones el uno al otro y la habitación se estremecía; porque la metafísica es la única cosa completamente emocionante. Y la diferencia que lo separaba era profundísima, porque era una diferencia en cuanto a la finalidad de todo lo que llamamos amplitud espíritu con inteligencia abierta. Porque mi amigo decía que abría su intelecto, como el sol abre los abanicos de una palmera, abriéndolos por abrirnos, abriéndolos de una vez y para siempre. Pero yo dije que yo habría ni intelecto como abría la boca, precisamente para volver a cerrarla sobre algo sólido. Estaba haciéndolo en aquel instante. Y, como señalé acaloradamente, resultaría extraordinariamente idiota y continuarse con la boca abierta sin motivo y de una vez y para siempre.

Bueno, pues cuando la discusión llegó a su término, o por lo menos cuando la dimos por terminada (porque terminar no terminaría nunca) salí a la calle con uno de mis compañeros, que en la confusión y relativa demencia de unas elecciones generales había, no se sabía cómo, resultado miembro del parlamento, y fui con él en un cab desde la esquina de Leicester square hasta la entrada reservada a los miembros de la Cámara de los comunes, donde el policía me recibió con tolerancia perfectamente desacostumbrada si el policía supuso que mi amigo era mi loquero, o si supuso era yo el loquero de mi amigo, es una discusión entre nosotros y dura todavía..

Es indispensable guardar en esta narración lama extremada exactitud en los detalles. Después de dejar a mi amigo en la Cámara, continuar en el cab unos cuantos cientos de yardas hasta una oficina en victoria street, donde tenía que hacer una visita. Luego salí y ofrecía cochero una cantidad mayor que la correspondiente según tarifa. La miró, pero no con la hosca duda y general disposición de comprobar si estaba bien, que no es cosa inaudita entre cochero normales. Pero aquel no era un cochero normal, quizás no eran ni aún un cochero humano. Miro las monedas con asombro apagado e infantil, auténtico con toda evidencia.

-¿Se da cuenta, señor- dijo -, de que solamente me da un chelin y ocho peniques?
Manifesté, no sin cierta sorpresa, que sí, que lo sabía.

-¿Y no sabe, señor- dijo del modo más amable, razonable, suplicante -, no sabe que esa no es la tarifa desde Euston?
-¿Euston?- Repetí vagamente, porque la palabra me sonaba en aquel momento como me hubiera sonado "China" o "Arabia"-. ¿Que diablos tiene que ver aquí Euston?
-Usted tomó el coche precisamente a la salida de la estación de Euston- el peso del hombre a decir con precisión asombrosa -, y luego usted me dijo...
-pero, ¡por el tártaro tenebroso!, ¿qué está usted diciendo? - Dije con cristiana paciencia -. Sólo tome el coche en la esquina sudeste de Leiscester square.
-¿Leicester square?- Exclamó, perdiéndose en una especie de catarata de desprecio-; ¡si no hemos estado en todo el día cerca de Leiscester square! Usted tomó el coche a la salida de la estación de Euston y me dijo...
-¿está usted loco, o lo estoy yo? -Pregunté con científica calma.

Miguel cochero. Ningún otro, habitualmente falto de honradez, hubiera pensado en inventar una mentira tan sólida, tan colosal y tan original. Y aquel hombre no era un cochero falto de honradez. Si alguna vez un rostro humano fue tranquilo y sencillo y humilde, y tuvo grandes ojos azules protuberante como los de una rana; si alguna vez (para no cansar) un rostro humano fue cuanto un rostro humano debe ser, lo era el rostro de aquel quejoso y respetuoso cochero. Mire arriba y abajo de la calle, parecía estar cayendo sobre ella un crepúsculo anormalmente oscuro. Y durante un instante, la añeja pesadilla del escéptico loco toco con sus dedos mis nervios más sensibles. ¿Qué era la certeza racional? ¿Estaba alguien cierto de alguna cosa? ¡Hay que ver los surcos monótonos en que se eternizan los escépticos que andan preguntando si tenemos una vida futura...! La cuestión realmente emocionante para el auténtico escepticismo es si tenemos una vida pasada. ¿Qué es "hace un minuto", racionalmente considerado, sino una tradición y una pintura? La oscuridad se acentúa. El cochero me dio tranquilamente los más complicados detalles de los ademanes, las palabras, el complejo, pero consistente conjunto de actos que habían sido los míos desde aquella memorable ocasión en que yo alquile el coche a la salida de la estación de Euston. ¿Cómo podría yo saber (dirían mis amigos escépticos) que yo no lo había alquilado a la salida de Euston? Yo me Aferraba con firmeza a mi aseveración: el estaba igualmente firme y aferraba la suya. Era palmariamente tan honrado como yo y miembro, además, de una profesión mucho más respetable. En aquel momento el universo y las estrellas se separaron el grueso de un cabello de su equilibrio y los cimientos de la tierra se conmovieron. Pero por la misma razón que creó en beber vino, por la misma razón que creo en el libre albedrío, por la misma razón que creo en el carácter fijo de la virtud, razón que no puede expresarse sino diciendo que no prefiero estar loco, continúe creyendo que aquel honrado cochero se equivocaba. Y le repetí que en realidad ya había alquilado en la esquina de Leiscester square. El comenzó con la misma evidente y ponderada sinceridad:
-usted alquilo el coche a la salida de la estación de Euston, y dijo usted...
En aquel momento se produjo en sus facciones una especie generosa trasfiguración de vivido asombro, como si le hubieran encendido por dentro como una lámpara.
-Hombre, le pido perdón, señor- dijo -le pido perdón. Le pidió perdón. Usted alquilo coche en Leiscester square. Ahora me acuerdo. Le pido perdón.
Y así si mas, aquel asombroso cochero hizo sonar su látigo con un agudo chasquido y el coche arrancó.
Todos lo transcrito es estrictamente verdad, lo juro ante el estandarte de San Jorge.


Pd: Sepan disculpar los errores de ortografía, les pido que me avisen si encuentran, pasa que últimamente he estado con poco tiempo y no he podido hacer correcciones finales.

jueves, 1 de octubre de 2009

Por qué soy Católico- G.K.CHESTERTON

Por qué soy Católico- G.K.CHESTERTON

Traducción: Alfred Cappra (http://escritorescatolicos.blogspot.com)

Extraido de Doce Apóstoles Modernos y sus Credos (1926). Hay otra versión de este ensayo, en el libro The Thing en el cual Chesterton lo complementó.


La dificultad de explicar “por qué soy un católico”, es porque hay mil razones que se juntan en una sola: El Catolicismo es Verdadero. Podría llenar todo mi espacio con distintas frases en que cada una partiera con las palabras: “Es la única cosa que…” Como por ejemplo (1) Es la única cosa que realmente previene al pecado de ser un secreto. (2) Es la única cosa en la que el superior no puede ser superior; en el sentido displicente. (3) Es la única cosa que libera al hombre de la degradante esclavitud de ser un niño de su edad (4) Es la única cosa que habla como si fuera la Verdad; como si fuera el verdadero mensajero que se rehúsa a alterar el verdadero mensaje. (5) Es el único tipo de Cristianismo que realmente contiene a todo tipo de hombre; incluso al hombre respetable. (6) Es el único gran intento por cambiar al mundo desde adentro; trabajando a través de las voluntades y no de la ley; y así sigue.

O podría trata el asunto personalmente y describir mi propia conversión; pero sucede que tengo un fuerte sentimiento de que este método hace ver el asunto mucho mas pequeño de lo que realmente es.
Numerosos hombres, mucho mejores, han sido sinceramente convertidos a religiones mucho peores. Yo preferiría mucho mas tratar de decir aquí sobre la Iglesia Católica precisamente las cosas que no se pueden decir incluso de sus respetables rivales.

En fin, voy a decir precisamente respecto de la Iglesia Católica que es católica. Me gustaría tratar de sugerir que no es solamente más grande que yo, sino que más grande que cualquier cosa en el mundo; que es, de hecho, más grande que el mundo. Pero como este espacio es corto, y solo puedo tomar una sección, la voy a considerar en su capacidad de ser guardiana de la Verdad.

El otro día un bien-conocido escritor, en otro sentido bien-informado, dijo que la Iglesia Católica es la enemiga de las nuevas ideas. Es probable que no se le ocurriera que su propio comentario no era exactamente de la naturaleza de las nuevas ideas. Es una de las nociones que los católicos tienen que estar continuamente refutando, porque es una muy vieja idea. De hecho, aquellos que se quejan que el catolicismo no puede decir nada nuevo, rara vez piensan que es necesario decir cualquier cosa nueva sobre el catolicismo. En cuanto a los hechos, un verdadero estudio de la historia demostrará que es curiosamente contrario a los hechos. En cuanto a que las ideas son realmente ideas, y en cuanto a que cualquiera de esas ideas puede ser nueva, los católicos continuamente han sufrido por apoyar esas ideas cuando realmente eran nuevas; cuando eran demasiado nuevas para encontrar a cualquier otro que las apoyara. El Católico no solo era el primero en el campo, sino que estaba sólo en el campo; y ahí no había nadie que pudiera entender lo que él allí había encontrado.

De esta manera, por ejemplo, cerca de dos mil años antes de la Declaración de Independencia y la Revolución Francesa, en una era devota al orgullo y alabanza de príncipes, el Cardenal Bellarmino y Suárez el Hispano lograron explicar lucidamente toda la teoría de la democracia real. Pero en la era del Derecho Divino ellos solo dieron la impresión de ser unos sofistas y sanguinarios Jesuitas, arrastrándose con dagas para efectuar el asesinato del rey. Y, de nuevo, el Cauists de los colegios católicos dijo todo lo que realmente se puede decir para las obras problemáticas y las novelas problemáticas de nuestro propio tiempo, dos mil años antes de que fueran escritas. Ellos dijeron que realmente hay problemas de conducta moral; pero ellos tuvieron el infortunio de decirlo dos mil años muy adelantados. En un tiempo de gran (tub.thumping) fanatiquismo y libre y fácil vituperio, casi logran que les llamen mentirosos y (shufflers) por ser psicológicos, antes de que la psicología estuviera de moda. Sería fácil dar otros numerosos ejemplos hasta el tiempo presente, y el caso de que hay ideas que todavía son muy nuevas para ser comprendidas. Hay pasajes de la “Encíclica Laboral” del Papa León XII {también conocida como Rerum Novarum, publicada en 1891} que sólo ahora están empezando a ser usadas como pistas para los movimientos sociales mucho más nuevos que el socialismo. Y cuando el Sr. Belloc escribió acerca del Estado Servil, él avanzó una teoría económica tan original que difícilmente alguien se ha dado cuenta qué es. Una cuantas centurias más adelante, probablemente otras personas las repitan, y la repitan mal. Y después, si los Católicos objetan, sus protestas serán fácilmente explicadas por los bien conocidos hechos de que los Católicos nunca se han interesado por nuevas ideas.

Sin embargo, el hombre que hizo el comentario sobre los Católicos quería decir algo; y es solamente justo para él, el entenderlo mas bien claramente de cómo él lo dijo.
Lo que él quiso decir era que, en el mundo moderno, la Iglesia Católica es, de hecho, la enemiga de muchas modas influenciables; muchas de las cuales todavía proclaman el ser nuevas, aunque muchas de ellas están empezando a ser un poco rancias. En otras palabras, en cuanto a lo que quiso decir, que la Iglesia usualmente ataca lo que el mundo en cualquier momento apoya, estaba perfectamente en lo cierto. La Iglesia usualmente se pone en contra de las modas de este mundo que pasan de moda; Y ella tiene experiencia suficiente para saber como cuan rápido pasaran de moda. Pero para entender exactamente lo que esto envuelve, es necesario más bien tomar un punto de vista más amplio y considerar la finalidad natural de las ideas en cuestión, considerar, por así decirlo, la idea de la idea.

Nueve de cada diez de las ideas que llamamos nuevas son en realidad viejos errores. La Iglesia Católica tiene por una de sus principales obligaciones el prevenir a la gente que cometa esos viejos errores; de cometerlos una y otra vez para siempre, como la gente siempre hace cuando se las deja a ellas solas. La verdad sobre la actitud Católica respecto a la herejía, o como algunos dirían, hacia la libertad, puede ser mejor expresada, a lo mejor, usando la metáfora de un mapa.
La Iglesia Católica lleva una especie de mapa de la mente que se parece mucho a un mapa de un laberinto, pero que de hecho es una guía para el laberinto. Ha sido compilada por el conocimiento, que incluso considerándolo como conocimiento humano, no tiene ningún paralelo humano.

No hay ningún otro caso de una continua institución inteligente que haya estado pensando sobre pensar por dos mil años. Su experiencia naturalmente cubre casi todas las experiencias, y especialmente casi todos los errores. El resultado es un mapa en el que todos los callejones ciegos y malos caminos están claramente marcados, todos los caminos que han demostrado no valer la pena por la mejor de las evidencias; la evidencia de aquellos que los han recorrido.

En este mapa de la mente los errores son marcados como excepciones. La mayor parte de el consiste en patios de recreos y felices lugares de caza, donde la mente puede tener tanta libertad como quiera; sin mencionar cualquier numero de terrenos de batalla intelectuales donde la batalla esta indefinidamente abierta e indecisa. Pero definitivamente toma la responsabilidad de marcar ciertos caminos que llevan a ninguna parte, o que te llevan a la destrucción, a una muralla en blanco, o a un precipicio total.
Por estos medios, previene a los hombres de perder el tiempo o perder la vida por caminos que han sido encontrados fútiles o desastrosos una y otra vez en el pasado, pero que puede, por lo demás, atrapar a viajeros una y otra vez en el futuro. La Iglesia se hace responsable de prevenir a su gente en contra de esto: y respecto a esto depende el verdadero problema del caso.
Ella defiende dogmáticamente a la humanidad de sus peores enemigos, esos anticuados, horribles y devoradores monstruos que son los viejos errores.
Ahora, todos estos falsos problemas tienen una forma de parecer bastante frescos, especialmente para nuestra nueva generación. Su primera declaración siempre suena inofensiva y plausible.
Voy a dar sólo dos ejemplos. Suena inofensivo decir, como la mayoría de la gente moderna ha dicho: “Las acciones son solamente malas cuando son malas para la sociedad” Siguiendo esto a cabalidad, tarde o temprano tu vas a tener la inhumanidad de una colmena o una ciudad pagana, estableciendo la esclavitud como el mas barato y seguro medio de producción, torturando a los esclavos por evidencia porque los individuos son nada para el Estado, declarando que un hombre inocente debe morir por el pueblo, como hicieron los asesinos de Cristo. Entonces, a lo mejor, vas a volver a las definiciones Católicas, y encontraras que la Iglesia, que mientras también dice que es nuestro deber trabajar para la sociedad, dice otras cosas además que prohíben la injusticia individual.
O denuevo, suena bastante piadoso decir “Nuestro conflicto moral debe terminar con una victoria de lo espiritual sobre lo material” Siguiendo esto a cabalidad, terminaras en la locura de los Maniqueos, diciendo que el suicidio es bueno porque es un sacrificio, que una perversión sexual es buena porque no produce vida, que el demonio hizo el sol y la luna ya que son materiales. Entonces pondrías comenzar a suponer por que el Catolicismo insiste en que hay espíritus malos al igual que hay espíritus buenos; y que lo material también puede ser sagrado, como en la Encarnación o en la Misa, en el Sacramento del Matrimonio o en la Resurrección del Cuerpo.

Ahora no hay otra mente corporativa en el mundo que actúe de ésta manera para prevenir a las mentes se encaminen al error.
El policía viene muy tarde, cuando trata de prevenir al hombre de que se vuelva malo. El doctor viene muy tarde, porque el sólo viene a buscar a un loco, no a advertir a uno sano en como no volverse loco. Y todas las demás sectas y escualas son inadecuadas para tal propósito. Esto no es porque cada una de ellas pueda no contener una verdad, sino que precisamente porque cada una de ellas contiene una verdad; y se contente con contener una verdad. Ninguna de esas otras en verdad pretende contener la verdad. Ninguna de las otras en realidad pretende esta mirando en todas las direcciones al mismo tiempo. La Iglesia no esta meramente armada contra las herejías del pasado, ni siquiera las del presente, sino igualmente contra las del futuro, que pueden ser exactamente lo opuesto a la del presente.
Catolicismo no es ritualismo; puede que en el futuro esté luchando contra una suerte de supersticiosa e idolatra exageración de un ritual. Catolicismo no es ascetismo; en el pasado ha estado una y otra vez en contra de la fanática y cruel exageración del ascetismo. Catolicismo no es meramente misticismo; está incluso ahora defendiendo a la razón humana contra el misticismo de los Pragmáticos.
Así, cuando el mundo se transformó en Puritano en el siglo diecisiete, la Iglesia estaba cargada con pujante caridad hasta el punto del sofismo, al hacer todo más fácil con la permisividad de lo confesional.
Ahora el mundo no se esta volviendo Puritano sino Pagano, es la Iglesia la que esta en todas partes protestando contra el relajo Pagano del vestir y los modales. Es hacer lo que los Puritanos quieren hecho cuando realmente lo quieren. Con toda probabilidad, todo lo que es bueno en el Protestantismo va a sobrevivir en el Catolicismo; y en el sentido de que todos los Católicos van a seguir siendo Puritanos cuando los Puritanos se vuelvan Paganos así, por ejemplo, Catolicismo, en un sentido pocamente entendido, se para fuera de la disputa como el Darwinismo en Dayton. Se para fuera debido a que está en alrededor de todo, como una casa se para toda alrededor de dos incongruentes piezas de muebles.
No es una sectaria presunción el decirlo antes y después y mas allá de todas estas cosas en todas las direcciones. Es imparcial en la pelea entre los Fundamentalistas y la teoría del Origen de las Especies, porque va más atrás que el origen de ese Origen; porque es más fundamental que los Fundamentalistas. Sabe de donde viene la Biblia. También sabe a donde van la mayoría de las teorías de la Evolución, sabe que hubo muchos otros Evangelios, y que los otros solo fueron eliminados por la autoridad de la Iglesia Católica. Sabe que hay otras muchas teorías de la evolución además de la teoría Darwiniana; y que está última es bastante probable que sea eliminada por los avances científicos. No acepta, en el sentido convencional de la frase, las conclusiones de la ciencia, por la simple razón que la ciencia no ha concluido. Concluir es callarse; y el hombre de ciencia no es para nada probable que se calle. No cree, en el sentido convencional de la frase, “lo que la Biblia dice”, por la simple razón de que la Biblia no dice nada. No puedes poner a la Biblia en el estrado de los testigos y preguntarle que es lo realmente quería decir. La controversia Fundamentalista por si misma destruye al Fundamentalismo. La Biblia por si sola no puede ser una base para el acuerdo cuando es ella misma la causa del desacuerdo; no puede ser el piso común de los Cristianos cuando algunos la toman alegóricamente y otros literalmente. Los Católicos se refieren a algo que puede decir algo, a la viviente, consistente y continua mente de la cual yo he hablado; la mente más grande del hombre guiada por Dios.

Cada momento incrementa en nosotros la necesidad moral de una mente inmortal como esa. Debemos tener algo que siga sosteniendo las cuatro esquinas del mundo, mientras nosotros hacemos nuestros experimentos sociales o construimos nuestras Utopías. Por ejemplo, debemos tener un acuerdo final, aunque sea en la evidente hermandad humana, que resista alguna reacción de la brutalidad humana. Nada es mas probable ahora que la corrupción del gobierno representativo llevará, todo a la vez, al rico rompimiento suelto, y pisoteando todas las tradiciones de igualdad con mero orgullo pagano. Debemos tener lo evidente en todas partes reconocido como verdad. Debemos prevenir la mera reacción y la lúgubre repetición de viejos errores. Debemos hacer al mundo intelectual seguro para la democracia. Pero en las condiciones de la mentalidad anárquica moderna, ni siquiera ese o cualquier otro ideal esta a salvo, así como los Protestantes apelaron de sacerdotes a la Biblia, y no se dieron cuanta de que la Biblia también podía ser interrogada, así que los republicanos apelaron de los reyes al pueblo, y no se dieron cuenta de que el pueblo también podía revelarse. No hay término para la disolución de ideas, la destrucción de todas las pruebas de verdad, que ha surgido, posiblemente, desde que el hombre ha abandonado el intento de guardar una central y civilizada Verdad, de contener todas las verdades y rastrear y refutar todos los errores. Desde entonces, cada grupo a tomado una verdad y a gastado su tiempo en volverla falsedad. Hemos tenido nada más que movimientos; o, en otras palabras, monomanías. Pero la Iglesia no es un movimiento sino un lugar de encuentro; lugar de encuentro de toda la verdad en el mundo.