jueves, 6 de diciembre de 2012

Tolstoy y el culto a la sencillez- G.K.CHESTERTON

Tolstoy y el culto a la sencillez- G.K.CHESTERTON Título original: «Tolstoy and the cult of simplicity», en Twelve Types Traducción de Juan Manuel Salmerón, extraída de su pagina Web: http://juanmanuelsalmeron.com/ El mundo entero está destinado a una gran simplicidad y sencillez, no deliberada, sino antes bien inevitablemente. No es una simple moda de inocencia falsa, como la de los aristócratas franceses de antes de la Revolución, que erigieron un altar a Pan e impusieron tributos a los campesinos para pagar los enormes gastos que les suponía hacer la vida sencilla de los campesinos. La simplicidad a la que el mundo está abocado es el resultado necesario de todos nuestros sistemas y especulaciones, y de nuestra contemplación profunda y constante de las cosas. Pues el universo es como todo lo que contiene; hemos de mirarlo una y otra vez antes de poder verlo. Solo cuando lo hemos visto cien veces, lo vemos por vez primera. Cuanto más contemplamos las cosas, más tienden a unificarse y por lo tanto a simplificarse. La simplificación de algo es siempre impresionante. Y la más impresionante de las simplificaciones es el monoteísmo: es como si observáramos largo rato un dibujo hecho con mil objetos inconexos que, de pronto, con un estremecimiento de asombro, viéramos unirse para formar un gran rostro que nos mira. Poca gente discutirá el hecho de que los movimientos de nuestro tiempo tienden todos a la simplificación. Cada sistema quiere ser más fundamental que el resto; quiere, literalmente, socavar los fundamentos del resto. En el arte, por ejemplo, la vieja concepción del hombre, clásica como el Apolo de Belvedere, fue primero recusada por los realistas, que piensan que el hombre, como realidad de la historia natural, es una criatura de pelo incoloro y cara pecosa. A estos siguen los impresionistas, que van más allá y afirman que, a sus ojos físicos, que son lo único fidedigno, el hombre es una criatura con el pelo rojo y la cara gris. Vienen luego los simbolistas, y dicen que, para su alma, que es lo único fidedigno, el hombre es una criatura con el pelo verde y la cara azul. Y todos los grandes escritores de nuestro tiempo intentan también, cada cual a su manera, restablecer esa comunicación con lo elemental o, como a veces se dice más vaga y engañosamente, volver a la naturaleza. Unos piensan que volver a la naturaleza consiste en no beber vino; otros, que en beber mucho más del que conviene. Unos creen que volver a la naturaleza es convertir las espadas en rejas de arado; otros, que convertir las rejas de arado en bayonetas del ministerio de la guerra británico que no sirvan para nada.° Según los patriotas radicales, es natural que un hombre mate a otros con pólvora y se mate a sí mismo con ginebra. Según los pacifistas radicales, es natural matar a otros con dinamita y matarse uno mismo con vegetarianismo. Si consideramos la ingente cantidad de argumentos paradójicos que necesitan unos y otros para convencerse a sí mismos y convencer a los demás de la verdad de sus conclusiones, sería ciertamente filisteo creer que su pretensión de obedecer a la llamada de la naturaleza merece interés. Pero no cabe duda de que los grandes hombres de nuestro tiempo tiene en común el sostener por muy diferentes vías esta idea del regreso a la simplicidad. Ibsen vuelve a la naturaleza por la descarnada exterioridad de los hechos, Maeterlinck, por la eterna tendencia a la fábula. Whitman vuelve a la naturaleza queriendo ver cuánto puede aceptar, Tolstoi queriendo ver cuánto puede rechazar. Ahora bien, este heroico deseo de volver a la naturaleza es, en algunos aspectos, como el heroico deseo de un gato de alcanzar su rabo. Un rabo es un objeto simple y bonito, de forma ondulada y textura acariciante; y, aunque secundario, es sin duda un atributo característico el que cuelgue detrás. No se puede negar que perdería parte de su identidad si estuviera pegado a cualquier otra parte del cuerpo. Pues bien, la naturaleza se parece a un rabo en que es de vital importancia que esté siempre detrás para que desempeñe su verdadera función. Suponer que podemos ver la naturaleza, sobre todo la nuestra, cara a cara, es una locura, incluso una blasfemia. Es como el gato de algún cuento fantástico que se recorriera el mundo con la firme convicción de encontrar su rabo en medio de un prado, como si fuera un árbol. Y la impresión que causan los viajes de los filósofos en busca de la naturaleza se parece mucho a las vueltas de un gato buscándose el rabo, con mucho entusiasmo pero poca dignidad, con mucho ruido y poquísimo rabo. La grandeza de la naturaleza estriba en que es omnipotente e invisible, en que quizá nos gobierna más cuando menos atención pensamos que nos presta. «Eres un Dios que se oculta», dijo el poeta judío.° Con toda reverencia puede decirse que el espíritu de la naturaleza se esconde en la espalda del hombre. Es esta consideración la que da cierto aire de futilidad incluso a las inspiradas simplicidades y veracidades estentóreas de Tolstoi. Nosotros creemos que nadie puede hacerse más sencillo meramente por luchar contra la complejidad; es más, creemos, en nuestros momentos de mayor cordura, que nadie puede hacerse más sencillo de ningún modo. Una sencillez forzada puede muy bien ser mucho más artificial que el mismísimo lujo. Como que gran parte de la pompa y suntuosidad de la historia era sencilla en el verdadero sentido de la palabra. Era fruto de una receptividad casi infantil; era el lujo de hombres que tenían ojos para asombrarse y oídos para oír. El rey Salomón trajo mercaderes porque deseaba pavos reales, abejas y marfil, de Tarsis a Tiro.° Pero esta actitud no era parte de la sabiduría de Salomón; era parte de su locura... casi iba a decir de su inocencia. Tolstoi, creemos, no se contentaría con reprobar y denunciar «toda la gloria de Salomón», sino que, con lógica impecable y feroz, daría un paso más y se pasaría noches y días despojando a los lirios del campo de su impúdica corola carmesí.° La nueva colección de Cuentos de Tolstoi, traducidos y editados por el señor R. Nisbet Bain, está pensada para llamar la atención sobre este aspecto ético y ascético de la obra de Tolstoi. En un sentido, en el más profundo, la obra de Tolstoi es, por supuesto, un llamamiento a la sencillez noble y genuino. La idea estrecha de que un artista no debe enseñar está hoy día prácticamente desacreditada. Pero la verdad es que un artista enseña mucho más por su solo ambiente y carácter, su paisaje, sus costumbres, su idioma y su técnica, toda esa parte, en fin, de su obra de la que seguramente no es consciente, que por las sentencias morales grandilocuentes y redichas que toma con agrado por sus opiniones. La diferencia entre la ética del gran arte y la ética del arte artificioso y didáctico reside en el simple hecho de que la mala fábula tiene una moral y la buena es una moral. Y la verdadera moral de Tolstoi recorre estos relatos, la gran moral que late en toda su obra, de la que sin duda él no es consciente y muy probablemente renegaría con vehemencia. La curiosa luz matinal blanca y fría que ilumina todos los relatos, la folclórica sencillez con la que habla de «un hombre» o «una mujer» sin mayor especificación, el amor, casi se diría la voluptuosidad, que siente por las calidades de la materia bruta, la dureza de la madera, la blandura del barro, la creencia inveterada en la bondad prístina del hombre, todo esto es influencia moral pura. Cuando lo comparamos con el vocinglero, furioso y absurdo Tolstoi didáctico, que clama por una obscena pureza, por una paz inhumana, que reduce la vida a mil pecados, que desprecia a hombres, mujeres y niños por amor a la humanidad, que combina, en un caos de contradicciones, al puritano pusilánime y al bárbaro beato, apenas sabemos entonces dónde hemos perdido a Tolstoi. No sabemos qué hacer con ese moralista diminuto y ruidoso que vivía en un rincón de un hombre grande y bueno. Cuesta en cualquier caso reconciliar al gran artista que fue Tolstoi con el reformador casi ponzoñoso que fue también. Cuesta creer que un hombre que dibuja con trazos tan nobles la dignidad de la vida cotidiana del hombre considere un mal el divino acto de procreación por el cual esa dignidad se renueva de generación en generación. Cuesta creer que un hombre que pinta con tan terrible crudeza el sobrecogedor vacío de la vida del pobre, le escatime todos y cada uno de sus placeres humildes, desde el cortejo al tabaco. Cuesta creer que un poeta en prosa que describe con tanta elocuencia el carácter telúrico del hombre, los íntimos lazos que lo unen al suelo en el que vive, niegue una virtud tan elemental como es el amor a sus antepasados y a su tierra. Cuesta creer que el hombre que padece tanto por la soberbia odiosa del opresor, no lo derribe, si pudiera, de un puñetazo. Pues bien, a esto lleva la búsqueda de una sencillez falsa, el querer ser, si se me permite decirlo así, más natural de lo que es natural ser. No solo sería más humano, sino más humilde, conformarnos con ser complejos. El verdadero amor a la humanidad es hacer lo que la humanidad ha hecho siempre, aceptar con deportividad la condición que nos ha sido dada, la estrella de nuestra felicidad y la suerte de la tierra en la que nacimos. La obra de Tolstoi tiene un segundo y más particular significado. Constituye la reafirmación de cierto sentido común tremendo que es característico de las enseñanzas más extremas de Cristo. Es verdad que no podemos ofrecer la mejilla al que nos abofetea; es verdad que no podemos dar la capa al que nos roba; el hombre civilizado es demasiado complejo, demasiado orgulloso, demasiado emotivo. El que nos roba se jactaría; nosotros nos ruborizaríamos. Es decir, que tanto el que nos roba como nosotros somos unos sentimentales. El mandamiento de Cristo es imposible, pero no es demencial; más bien es predicar cordura en un planeta de locos. Si el sentido del humor se apoderase de pronto del mundo, cumpliríamos el Sermón de la Montaña de una manera mecánica. No son las realidades sencillas de la vida las que nos impiden cumplirlo, sino pasiones como la vanidad, la autosuficiencia, la sensibilidad enfermiza. Si no podemos ofrecer la mejilla al que nos abofetea, es por la pura y simple razón de que no nos atrevemos. Tolstoi y sus seguidores han demostrado que sí se atreven, y aunque pensemos que se equivocan, por esta señal conquistan.° Esta doctrina tiene la fuerza de lo absolutamente coherente. Promueve esa mansedumbre y esa no resistencia que son la última y más valiente forma de resistencia a cualquier poder. La gran huelga de los cuáqueros es más eficaz que muchas revoluciones sanguinarias. Si los seres humanos fueran algún día capaces de una resistencia realmente pasiva, serían fuertes con la formidable fuerza de los seres inanimados, tendrían la calma exasperante del roble y del hierro, conquistarían sin violencia y serían conquistados sin humillación. La teoría del deber cristiano que los tolstoianos predican es que nunca debemos conquistar con la fuerza, sino siempre, si podemos, con la persuasión. En su mitología, san Jorge no conquistó al dragón: le ató al cuello una cinta rosa y le puso un platito de leche. Según ellos, fuertes dosis de amabilidad habrían convertido a Nerón en algo a lo que solo remotamente se parecería Alfredo el Grande.° Y la política que esta escuela recomienda para tratar con la bovina estupidez y la bovina crueldad del mundo la resumen perfectamente estos famosos versos del señor Edward Lear: Hubo un viejo que así se preguntaba: ¿Cómo escapar de esta terrible vaca? Y sentado en la cerca se quedaba sonriendo para ablandar a la vaca. Su fe en la naturaleza humana es honrosa y magnífica; reviste la forma del rechazo a creer a la inmensa mayoría de los hombres, incluso cuando están dispuestos a explicar sus motivos. Pero aunque casi todos tendamos en un primer momento a considerar esta nueva secta cristiana menos escandalosa que algunas alborotadoras sectas de la Reforma, caeríamos en un singular error si así lo hiciéramos. El cristianismo de Tolstoi es, bien considerado, uno de los acontecimientos más perturbadores y dramáticos de la civilización moderna. Es un tributo a la religión cristiana más sensacional que la rotura de los sellos y la caída de las estrellas. Desde el punto de vista racionalista, el mundo se ha vuelto más irracional desde que existe el socialismo cristiano. Este fenómeno pone el universo científico patas arriba y hace esencialmente posible que la clave de la evolución social pueda hallarse en el polvoriento ataúd de alguna creencia desacreditada. No estará de más examinar este fenómeno tal y como es. La religión de Cristo, como muchas otras cosas verdaderas, ha sido refutada numerosísimas veces. La refutaron los filósofos neoplatónicos ya cuando iniciaba su asombrosa y universal carrera. La refutaron muchos escépticos del Renacimiento solo unos años antes de que su segunda y espectacular encarnación, el protestantismo, triunfara sobre muchos reyes y conquistara continentes. Convendremos en que estas escuelas de negación no fueron sino interludios en su historia; pero la de nuestros días, convendremos también natural e inevitablemente, es una auténtica subversión del cosmos teológico, un Armagedón, un Ragnorak, el crepúsculo de los dioses.° El hombre del siglo diecinueve, como un colegial del dieciséis, cree que sus dudas y sus traumas son símbolos del fin del mundo. Los grandes ateos que destronaron a Dios y pusieron a los ángeles a sus pies, han sido hoy día superados y convertidos en monótonos ortodoxos. Una nueva raza de escépticos ha encontrado algo infinitamente más excitante que hacer que clavar la tapa de millones de ataúdes y un cuerpo en una sola cruz. Han cuestionado no solo las creencias elementales, sino también las leyes elementales de la humanidad, la propiedad, el patriotismo, la obediencia civil. Han encausado a la civilización tan abiertamente como los materialistas a la teología; han rebajado a los filósofos incluso más que a los santos. Miles de hombres modernos se mueven tranquila y convencionalmente entre sus prójimos con ideas sobre los límites de la nación y la propiedad de la tierra que harían sobrecogerse a Voltaire como a una monja una sarta de blasfemias. Y el último y más brutal episodio de esta orgía de escepticismo, la escuela que va más allá que ninguna de las que han ido muy lejos, la escuela que niega la validez moral de esos ideales de valor y obediencia que hasta los piratas reconocen, esa escuela se basa en palabras literales de Cristo, como el doctor Watts y los señores Moody y Sankey. Nunca en la historia del mundo se había hecho tan grande homenaje a la vitalidad de un antiguo credo. Comparado con esto, sería poca cosa que las aguas del mar Rojo se separasen o el sol quedase inmóvil en su cenit. Nos hallamos ante el fenómeno de una serie de revolucionarios cuyo desprecio por los ideales de familia y nación provocaría horror entre delincuentes, revolucionarios que pueden prescindir de aquellos instintos elementales del hombre y del caballero que nuestra civilización lleva en la masa de la sangre, pero no de la influencia de dos o tres remotas anécdotas ocurridas en oriente y escritas en griego corrupto. La cosa tiene, si bien se mira, algo alucinante e hipnótico. Ante este fenómeno, el más convencido racionalista se ve asaltado por una visión extraña y antigua; ve las grandes cosmogonías escépticas de nuestra época como sueños que siguen las huellas de mil olvidadas herejías y cree por un momento que los oscuros mensajes transmitidos a lo largo de dieciocho siglos pueden contener la semilla de revoluciones con las que apenas hemos empezado a soñar. A esta escuela pertenecen sin duda los tolstoianos, a quienes, a grandes rasgos, podemos describir como nuevos cuáqueros. Con su extraño optimismo y su casi terrible valentía lógica, honran al cristianismo como ninguna ortodoxia lo honra. No puede menos de llamar la atención una revolución en la que gobernantes y rebeldes marchan bajo la misma bandera. Sin embargo, la teoría de la no resistencia, con todas sus teorías anejas, no se caracteriza, creo, por esa evidencia y necesidad intelectuales que sus partidarios le suponen. A la vista tenemos un folleto en el que figuran mil afirmaciones sobre el Nuevo Testamento cuya veracidad no es en absoluto tan llamativa como su seguridad. Para empezar, debemos protestar contra la costumbre de citar y parafrasear al mismo tiempo. Cuando un hombre habla de lo que Jesús quiso decir, pidámosle que primero diga lo que Jesús dijo, no lo que los hombres creen que habría dicho si se hubiera expresado con más claridad. He aquí el ejemplo de una pregunta y una respuesta: Pregunta. ¿Cómo resumió nuestro Maestro la ley en unas palabras? Respuesta. Sed misericordiosos, sed perfectos como vuestro Padre; vuestro Padre en el mundo de los espíritus es misericordioso y es perfecto. A excepción de la abominable expresión moderna «el mundo de los espíritus», quizá no haya nada en esas palabras que Cristo no hubiese podido decir; pero afirmar que hay constancia de que lo dijo es como decir que la hay de que prefería las palmeras a los sicomoros. Es pura y simplemente mentira. El autor debería saber que esas palabras han significado mil cosas para miles de personas, y que si sectas más antiguas las hubieran parafraseado tan alegremente como él, nunca habría dispuesto del texto en el que funda su teoría. En un folleto en el que no pueden figurar solas palabras claras y directas, no sorprende que haya falsedades o equivocaciones en temas de mayor amplitud. He aquí una afirmación clara y filosóficamente enunciada que no podemos sino negar con rotundidad: «El quinto mandamiento de nuestro Señor dice que debemos esforzarnos de manera muy particular por cultivar hacia las gentes de países extranjeros y en general hacia quienes no son de los nuestros o incluso nos son hostiles, los mismos sentimientos que tenemos hacia nuestra propia gente y hacia quienes nos son afines». Me gustaría muchísimo saber en qué parte del Nuevo Testamento ha encontrado el autor esta quimérica e inmoral proposición. Cristo no sentía lo mismo por todo el mundo. Específicamente se nos dice que había ciertas personas a las él amaba de manera especial. Es más que improbable que sintiera por otras naciones lo que sentía por la suya. El recuerdo de su país natal lo emocionaba, y su mayor elogio fue: «He aquí a un verdadero israelita».° El autor ha confundido dos cosas enteramente distintas. Cristo nos mandaba amar a todos los hombres, pero aun amándolos por igual, decir que debemos amarlos con el mismo amor es decir un disparate y querer confundir las cosas. La impresión que nos causará una persona a la que de verdad amemos diferirá radicalmente de la que nos causará otra a la que también amemos. Decir que debemos sentir lo mismo por ambas es tan sensato como preguntar a un hombre si prefiere la velocidad o el tocino. Cristo no amaba a la humanidad, nunca dijo que la amara: amó a hombres. Ni él ni nadie puede amar a la humanidad: es como amar a un ciempiés gigante. La razón de que los tolstoianos conciban siquiera la posibilidad de un sentimiento equitativamente repartido, es que su amor a la humanidad es un amor lógico, un amor que les mandan sus teorías, un amor que sería un insulto hasta para un gato macho. Pero el mayor error de todos consiste en reducir las enseñanzas del Nuevo Testamento a cinco mandamientos. Tan genial idea olvida la característica principal de la enseñanza: su absoluta espontaneidad. El abismo entre Cristo y todos sus modernos exégetas es que él, que nos conste, nunca escribió una sola palabra, excepto con su dedo en la arena. Lo demás es la historia de una continua y sublime conversación. Miles de mandamientos se han deducido de ella antes de que los tolstoianos dedujeran los suyos, y mil más se deducirán después. No por proclamaciones grandilocuentes, no por tiradas de rebuscados volúmenes impresos, sino por unas cuantas palabras espléndidas y sencillas, se erigió la cruz en el Calvario, se abrió la tierra y el sol se oscureció al mediodía.

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