El vino si es rojo-G.K.CHESTERTON
Título original: «Wine if it es red», en All Things Considered
Traducción de Juan Manuel Salmerón, extraída de su pagina Web: http://juanmanuelsalmeron.com/
Imagino que causará no poco revuelo el reciente manifiesto firmado por una serie de doctores eminentísimos acerca del llamado «alcohol». A juzgar por como suena, la palabra es arábiga, como «álgebra» y «Alhambra», otras dos cosas desagradables. Nunca he visto la Alhambra española; me han dicho que es una construcción ramplona y laberíntica; yo me refiero al mucho más digno edificio de Leicester Square. Si es verdad, como presumo, que «alcohol» es un término árabe, resulta curioso que la palabra con la que genéricamente designamos la esencia del vino, la cerveza y otras bebidas por el estilo provenga de unas gentes que lo combaten de manera particularmente enconada. Supongo que algún anciano jefe musulmán se sentó un día a la entrada de su tienda y, maldiciendo por entre la negra barba el símbolo cristiano del vino, y discurriendo con ceño fruncido alguna fea palabra que expresara cabalmente su odio racial y religioso, vino a escupir el terminacho «alcohol». El que los médicos hayan de usar esta palabra a efectos de claridad científica les es de gran impedimento para juzgar la cosa con justicia. Porque la palabra encierra una de esas peticiones de principio que tanto complican esta clase de cuestiones morales. Es un craso error suponer que un hombre que desea una bebida alcohólica desea por fuerza alcohol.
Todo aquel que camine diez millas seguidas un caluroso día de verano por un camino polvoriento, sabrá pronto por qué se inventó la cerveza. El que la cerveza tenga cierta propiedad estimulante no es parte a que la pida sino en pequeñísima medida. No es, en fin, que desee alcohol; lo que desea es cerveza. Cierto es, con todo, que la cuestión no puede plantearse en términos tan simples. El problema al que en verdad nos enfrentamos, y especialmente se enfrentan los doctores, es que el puesto singularísimo que el hombre ocupa en el universo físico imposibilita casi por completo el considerarlo un ser puramente físico. Sea lo que sea el ser humano, constituye una excepción. Si no es la imagen de Dios, entonces es una excrecencia del polvo. Si no es un ser divino que cayó del cielo, no puede ser sino un animal que perdió la cabeza. Y en ninguno de los dos casos podemos argüir gran cosa del cuerpo del hombre teniéndolo únicamente por el cuerpo de un animal lleno de salud e inocencia. El cuerpo del hombre se halla demasiado unido a su alma, como se ve en el caso supremo del sexo. Puede valer la pena advertir a los filántropos e idealistas ricos que el argumento de lo animal no debe usarse sin reflexión, ni aun contra los atroces males del exceso; es un argumento que prueba muy poco o que prueba demasiado.
No cabe duda de que emborracharse es poco natural. Pero en el fondo, también el hombre es poco natural. No cabe duda de que el obrero que se emborracha gasta su salud bebiendo; pero nadie sabe cuánto gasta su salud trabajando el obrero sobrio. Nadie sabe cuánto gasta su salud el filántropo rico hablando o, en rarísimas ocasiones, pensando. Todo lo humano es más peligroso que nada que afecte al bruto: sexo, poesía, propiedad, religión. Lo malo de beber no es que saque a la bestia, sino que saque al Diablo. A la bestia no la saca, y poco importa si lo hace: la bestia suele ser una criatura más bien mansa y amable, como lo son las vacas. El ser humano es siempre algo peor o algo mejor que un animal, y el mero argumento de la perfección de este no lo afecta. En el sexo, ningún animal es caballeroso u obsceno. Tampoco ningún animal ha inventado nada tan malo como la embriaguez... ni tan bueno como el beber.
El pronunciamiento de estos doctores es claro y rotundo; hoy día, incluso merece cierto crédito por su valentía moral. Casi todo el mundo convendrá con ellos, desde luego, en que las bebidas alcohólicas son a menudo de grandísima utilidad en casos de enfermedad extremos; pero no pocos, me temo, se escandalizarán al ver que se refieren a ellas como si fueran simples bebidas; porque no se conforman con declarar que beber con moderación no hace daño: dicen abiertamente que es beneficioso. Creo, sin embargo, que esta verdad médica va de algún modo contra la opinión común. Creo que la mayoría de los médicos saben por experiencia que administrar alcohol al enfermo (si bien muchas veces necesario) es casi la forma moralmente más peligrosa de administrarlo. En lugar de suministrarlo a una persona sana que tiene muchas otras posibilidades de vida, se lo damos a una persona desesperada para la que esa es la única posibilidad de vida. Difícilmente podemos censurar al inválido si por alguna contingencia de su precaria condición acaba pensando que el alcohol es una especie de agua de vida y lo usa como tal. Si el hábito de beber es un pecado, no lo es por salvaje, sino por domesticado; no por anárquico, sino por esclavo. La peor forma de beber es beber por razones médicas. La más inocua, hacerlo sin preocuparse; sin preocuparse de nada, y menos aún preocuparse de beber.
El médico, desde luego, debe estar facultado para poner freno en casos de sed perniciosa; pero más allá de esto, solo cabe esperar que la conciencia pública sobre el tema se acrezca o, mejor dicho, se concentre. Yo tengo al respecto mi propia modesta opinión, que siempre he mantenido con firmeza. Si el bar fuera un lugar tan solitario y reservado como la oficina de correos o la estación de trenes, al que acudiera toda clase de gentes en busca de toda clase de refrescos, ofrecería contra las personas de conducta desordenada las mismas garantías que ofrece la oficina de correos: bastaría la presencia de gente normal. El loco que quisiera beber un número ilimitado de whiskys sería tratado con la misma severidad con la que las autoridades de correos tratarían al amable loco que quisiera lamer un número ilimitado de sellos. Poco importa que en uno y otro caso se emplee una negativa de orden técnico. Lo importante es que en ambos casos se pueda llamar prontamente a los amigos o familiares de la persona perturbada. Por lo menos, la empleada de correos no tentaría al entusiasta con una ristra de sellos de seis peniques cuando se lo llevaran con la lengua fuera. Si beber fuese algo público y abierto, se bebería también con mayor despreocupación. En estas cosas, lo sano está en ser despreocupado. Por eso ni los borrachos ni los musulmanes pueden despreocuparse del alcohol.
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miércoles, 1 de septiembre de 2010
miércoles, 18 de agosto de 2010
Ciencia y religión-G.K.CHESTERTON
Ciencia y religión-G.K.CHESTERTON
Título original: «Science and religion»,
en All Things Considered
Traducción de Juan Manuel Salmerón, extraída de su pagina Web: http://juanmanuelsalmeron.com/
Estos días nos acusan de atacar a la ciencia porque queremos que sea científica. Seguro que no es faltar al respeto a nuestro médico decir que es nuestro médico, no nuestro cura, nuestra esposa o nosotros mismos. No incumbe al médico decir si debemos o no debemos tomar las aguas; lo que le incumbe decir es qué efectos tiene en la salud tomar las aguas. Tras lo cual, claro es, toca a nosotros decidir. La ciencia es como una suma: o es exacta o es falsa. Mezclar ciencia y filosofía no produce más que una filosofía sin valor ideal y una ciencia sin valor práctico. Quiero que mi médico de cabecera me diga si esta o aquella comida me matará. Corresponde a mi filósofo de cabecera decirme si debo morir. Pido perdón por todas estas perogrulladas, pero es que acabo de leer un folleto cuyos autores, hombres sumamente inteligentes, no parecen haber oído ni una sola de estas perogrulladas en su vida.
Los que detestan al inofensivo autor de esta columna se limitan (en el paroxismo de su abominación) a llamarlo «brillante», lo que en nuestro periodismo hace tiempo que es una expresión despreciativa. Pero me temo que incluso este desdeñoso calificativo me honra en exceso. Cada vez estoy más convencido de que padezco, no una impertinencia relumbrante y llamativa, sino una simpleza que raya en la estupidez. Cada vez estoy más persuadido de que soy tonto de remate, y de que todos los demás son la mar de listos. Acabo de leer esta importante recopilación de escritos, que me han enviado en nombre de una serie de personas a las que tengo en gran estima, y que se titula La nueva teología y la religión aplicada, y juro que he leído párrafos y párrafo sin saber de qué hablaban sus autores. O hablan de una religión oscura y salvaje en la que se educaron y de la que yo no sé nada, o hablan de una visión de Dios radiante y cegadora que ellos han tenido, que yo nunca he tenido y cuyo resplandor les confunde la razón y la palabra. El mejor ejemplo que puedo citar tiene que ver con la cuestión de la ciencia que acabo de mencionar. Las siguientes palabras las firma un señor cuya inteligencia respeto, pero no les encuentro ni pies ni cabeza:
Cuando la ciencia moderna declaró que en la evolución del cosmos no hubo ningún acontecimiento histórico que se correspondiese con el pecado original, sino que, al contrario, ha sido un ascenso incesante en la escala del ser, es evidente que el planteamiento paulino –esto es, el polémico planteamiento paulino de la salvación– perdió todo su fundamento, pues ¿no consistía dicho fundamento en la total depravación del género humano heredada de sus primeros padres? ... Pero si no hubo pecado original, no hay depravación ni peligro inminente de perdición eterna. Y, caída la base, cae el edificio que en ella se sustentaba.
Son palabras sesudas y están bien dichas; algo deben de significar. Pero ¿qué? ¿Cómo puede la ciencia demostrar que el ser humano no está depravado? No se abre a un hombre en canal para verle los pecados, ni se lo hierve hasta que echa el inconfundible humo verde de la depravación. ¿Cómo iba a encontrar la ciencia rastro alguno de depravación moral? ¿Qué rastros esperaba encontrar el autor de las citadas líneas? ¿Esperaba encontrar el fósil de Eva con el fósil de una manzana en su interior? ¿Suponía que el tiempo le conservaría el esqueleto completo de Adán, con una hoja de parra algo descolorida pegada a él? El párrafo citado no es más que una sarta de frases incoherentes, falsas en sí mismas e ilógicas entre sí. La ciencia nunca ha dicho que no hubo pecado original. Podría haber habido diez pecados originales, uno tras otro, sin que ello supusiese incoherencia alguna con todo lo que las ciencias nos enseñan. La humanidad podría haber evolucionado moralmente a peor durante millones de siglos sin que ello contradiga el principio de la evolución. Los hombres de ciencia (no locos de atar) nunca han dicho que hubiera «un ascenso incesante en la escala del ser», pues un ascenso incesante significa un ascenso sin caídas ni retrocesos, y la evolución física está llena de caídas y retrocesos. Hubo sin duda caídas en la evolución física; puede haber habido caídas en la evolución moral. Por eso me llenan de perplejidad, como digo, pasajes como el citado, en los que personas instruidas afirman que, puesto que los geólogos no han hallado pruebas del pecado original, toda creencia en la depravación del hombre es falsa. Como la ciencia no ha encontrado lo que obviamente no puede encontrar, algo que es del todo diferente, el sentido psicológico del mal, es falso. Podemos resumir los argumentos del autor en la abrupta, pero fiel, forma siguiente: «En ninguna excavación han aparecido los huesos del arcángel Gabriel, quien presumiblemente no tenía huesos, luego los niños, abandonados a sí mismos, no serán egoístas». A mí esto me parece disparatado; es como si alguien dijera: «El fontanero no ha encontrado nada mal en el piano, luego supongo que mi esposa me quiere».
No voy a entrar ahora en la cuestión de qué sea realmente el pecado original, ni a discutir la probablemente falsa versión de él que el autor de la nueva teología llama la doctrina de la depravación. Pero sea lo que sea esta o cualquier otra doctrina de la depravación, es siempre fruto de una convicción de orden espiritual. El hombre piensa que la humanidad es mala porque él mismo se sabe malo. Si un hombre se siente malo, no veo por qué habría de sentirse bueno porque alguien le diga que sus antepasados tenían rabo. Por lo que sabemos, el hombre puede haber perdido la pureza e inocencia originales junto con el rabo. Lo único que de la pureza e inocencia originales sí sabemos a ciencia cierta, es que no las tenemos. Nada resulta más ridículo, en el estricto sentido de la palabra, que oponer cosas tan oscuras como las vagas conjeturas que los antropólogos hacen sobre el hombre primitivo a algo tan sólido como es el sentido del pecado. Por naturaleza, la prueba del Edén es imposible de encontrar. Pero la del pecado, por naturaleza, es imposible de no encontrar.
Hay algunas afirmaciones con las que no estoy de acuerdo; otras no las entiendo. Si alguien dice: «Creo que el ser humano sería mejor si se abstuviera por completo de las bebidas fermentadas», entiendo lo que quiere decir y sé cómo puede defenderse su opinión. Si alguien dice: «Quiero abolir la cerveza porque soy abstemio», no entiendo lo que quiere decir. Es como decir: «Deseo abolir las carreteras porque me gusta caminar». Si alguien dice: «No creo en la Trinidad», entiendo. Pero si dice (como una señora me dijo una vez): «Creo en el Espíritu Santo en el sentido espiritual», me deja turulato. ¿En qué otro sentido se puede creer en el Espíritu Santo? Pues siento decir que este librito de pensamiento religioso progresista está lleno de pasmosas observaciones por el estilo. ¿Qué quiere decir la gente cuando dice que la ciencia ha cambiado su concepto del pecado? ¿Qué concepto del pecado tenía antes de que la ciencia se lo cambiara? ¿Pensaba que era algo que se comía? Cuando la gente dice que la ciencia ha hecho vacilar su fe en la inmortalidad, ¿qué quiere decir? ¿Pensaba que la inmortalidad era un gas?
Lo cierto es, desde luego, que la ciencia no ha introducido ningún nuevo factor en la cuestión de la fe. Un hombre puede ser cristiano hasta el final del mundo por la misma razón que otro puede haber sido ateo desde el principio. El materialismo de las cosas está a la vista; descubrirlo no requiere ciencia alguna. Un hombre que ha vivido y ha amado muere y se lo comen los gusanos. Esto es materialismo. Esto es ateísmo. Si la humanidad ha creído pese a ello, puede creer pese a todo. Pero el porqué de que nuestro destino sea más desesperado por saber el nombre de los gusanos que nos comen o de las partes de nuestro cuerpo que se comen, es algo que cuesta descubrir a una mente inquiridora. Mi principal objeción a estos revolucionarios seudo científicos es que no son revolucionarios. Son los defensores del lugar común. No hacen vacilar la religión: más bien es la religión la que parece hacerlos vacilar a ellos. Su única respuesta a la gran paradoja es repetir la obviedad.
Título original: «Science and religion»,
en All Things Considered
Traducción de Juan Manuel Salmerón, extraída de su pagina Web: http://juanmanuelsalmeron.com/
Estos días nos acusan de atacar a la ciencia porque queremos que sea científica. Seguro que no es faltar al respeto a nuestro médico decir que es nuestro médico, no nuestro cura, nuestra esposa o nosotros mismos. No incumbe al médico decir si debemos o no debemos tomar las aguas; lo que le incumbe decir es qué efectos tiene en la salud tomar las aguas. Tras lo cual, claro es, toca a nosotros decidir. La ciencia es como una suma: o es exacta o es falsa. Mezclar ciencia y filosofía no produce más que una filosofía sin valor ideal y una ciencia sin valor práctico. Quiero que mi médico de cabecera me diga si esta o aquella comida me matará. Corresponde a mi filósofo de cabecera decirme si debo morir. Pido perdón por todas estas perogrulladas, pero es que acabo de leer un folleto cuyos autores, hombres sumamente inteligentes, no parecen haber oído ni una sola de estas perogrulladas en su vida.
Los que detestan al inofensivo autor de esta columna se limitan (en el paroxismo de su abominación) a llamarlo «brillante», lo que en nuestro periodismo hace tiempo que es una expresión despreciativa. Pero me temo que incluso este desdeñoso calificativo me honra en exceso. Cada vez estoy más convencido de que padezco, no una impertinencia relumbrante y llamativa, sino una simpleza que raya en la estupidez. Cada vez estoy más persuadido de que soy tonto de remate, y de que todos los demás son la mar de listos. Acabo de leer esta importante recopilación de escritos, que me han enviado en nombre de una serie de personas a las que tengo en gran estima, y que se titula La nueva teología y la religión aplicada, y juro que he leído párrafos y párrafo sin saber de qué hablaban sus autores. O hablan de una religión oscura y salvaje en la que se educaron y de la que yo no sé nada, o hablan de una visión de Dios radiante y cegadora que ellos han tenido, que yo nunca he tenido y cuyo resplandor les confunde la razón y la palabra. El mejor ejemplo que puedo citar tiene que ver con la cuestión de la ciencia que acabo de mencionar. Las siguientes palabras las firma un señor cuya inteligencia respeto, pero no les encuentro ni pies ni cabeza:
Cuando la ciencia moderna declaró que en la evolución del cosmos no hubo ningún acontecimiento histórico que se correspondiese con el pecado original, sino que, al contrario, ha sido un ascenso incesante en la escala del ser, es evidente que el planteamiento paulino –esto es, el polémico planteamiento paulino de la salvación– perdió todo su fundamento, pues ¿no consistía dicho fundamento en la total depravación del género humano heredada de sus primeros padres? ... Pero si no hubo pecado original, no hay depravación ni peligro inminente de perdición eterna. Y, caída la base, cae el edificio que en ella se sustentaba.
Son palabras sesudas y están bien dichas; algo deben de significar. Pero ¿qué? ¿Cómo puede la ciencia demostrar que el ser humano no está depravado? No se abre a un hombre en canal para verle los pecados, ni se lo hierve hasta que echa el inconfundible humo verde de la depravación. ¿Cómo iba a encontrar la ciencia rastro alguno de depravación moral? ¿Qué rastros esperaba encontrar el autor de las citadas líneas? ¿Esperaba encontrar el fósil de Eva con el fósil de una manzana en su interior? ¿Suponía que el tiempo le conservaría el esqueleto completo de Adán, con una hoja de parra algo descolorida pegada a él? El párrafo citado no es más que una sarta de frases incoherentes, falsas en sí mismas e ilógicas entre sí. La ciencia nunca ha dicho que no hubo pecado original. Podría haber habido diez pecados originales, uno tras otro, sin que ello supusiese incoherencia alguna con todo lo que las ciencias nos enseñan. La humanidad podría haber evolucionado moralmente a peor durante millones de siglos sin que ello contradiga el principio de la evolución. Los hombres de ciencia (no locos de atar) nunca han dicho que hubiera «un ascenso incesante en la escala del ser», pues un ascenso incesante significa un ascenso sin caídas ni retrocesos, y la evolución física está llena de caídas y retrocesos. Hubo sin duda caídas en la evolución física; puede haber habido caídas en la evolución moral. Por eso me llenan de perplejidad, como digo, pasajes como el citado, en los que personas instruidas afirman que, puesto que los geólogos no han hallado pruebas del pecado original, toda creencia en la depravación del hombre es falsa. Como la ciencia no ha encontrado lo que obviamente no puede encontrar, algo que es del todo diferente, el sentido psicológico del mal, es falso. Podemos resumir los argumentos del autor en la abrupta, pero fiel, forma siguiente: «En ninguna excavación han aparecido los huesos del arcángel Gabriel, quien presumiblemente no tenía huesos, luego los niños, abandonados a sí mismos, no serán egoístas». A mí esto me parece disparatado; es como si alguien dijera: «El fontanero no ha encontrado nada mal en el piano, luego supongo que mi esposa me quiere».
No voy a entrar ahora en la cuestión de qué sea realmente el pecado original, ni a discutir la probablemente falsa versión de él que el autor de la nueva teología llama la doctrina de la depravación. Pero sea lo que sea esta o cualquier otra doctrina de la depravación, es siempre fruto de una convicción de orden espiritual. El hombre piensa que la humanidad es mala porque él mismo se sabe malo. Si un hombre se siente malo, no veo por qué habría de sentirse bueno porque alguien le diga que sus antepasados tenían rabo. Por lo que sabemos, el hombre puede haber perdido la pureza e inocencia originales junto con el rabo. Lo único que de la pureza e inocencia originales sí sabemos a ciencia cierta, es que no las tenemos. Nada resulta más ridículo, en el estricto sentido de la palabra, que oponer cosas tan oscuras como las vagas conjeturas que los antropólogos hacen sobre el hombre primitivo a algo tan sólido como es el sentido del pecado. Por naturaleza, la prueba del Edén es imposible de encontrar. Pero la del pecado, por naturaleza, es imposible de no encontrar.
Hay algunas afirmaciones con las que no estoy de acuerdo; otras no las entiendo. Si alguien dice: «Creo que el ser humano sería mejor si se abstuviera por completo de las bebidas fermentadas», entiendo lo que quiere decir y sé cómo puede defenderse su opinión. Si alguien dice: «Quiero abolir la cerveza porque soy abstemio», no entiendo lo que quiere decir. Es como decir: «Deseo abolir las carreteras porque me gusta caminar». Si alguien dice: «No creo en la Trinidad», entiendo. Pero si dice (como una señora me dijo una vez): «Creo en el Espíritu Santo en el sentido espiritual», me deja turulato. ¿En qué otro sentido se puede creer en el Espíritu Santo? Pues siento decir que este librito de pensamiento religioso progresista está lleno de pasmosas observaciones por el estilo. ¿Qué quiere decir la gente cuando dice que la ciencia ha cambiado su concepto del pecado? ¿Qué concepto del pecado tenía antes de que la ciencia se lo cambiara? ¿Pensaba que era algo que se comía? Cuando la gente dice que la ciencia ha hecho vacilar su fe en la inmortalidad, ¿qué quiere decir? ¿Pensaba que la inmortalidad era un gas?
Lo cierto es, desde luego, que la ciencia no ha introducido ningún nuevo factor en la cuestión de la fe. Un hombre puede ser cristiano hasta el final del mundo por la misma razón que otro puede haber sido ateo desde el principio. El materialismo de las cosas está a la vista; descubrirlo no requiere ciencia alguna. Un hombre que ha vivido y ha amado muere y se lo comen los gusanos. Esto es materialismo. Esto es ateísmo. Si la humanidad ha creído pese a ello, puede creer pese a todo. Pero el porqué de que nuestro destino sea más desesperado por saber el nombre de los gusanos que nos comen o de las partes de nuestro cuerpo que se comen, es algo que cuesta descubrir a una mente inquiridora. Mi principal objeción a estos revolucionarios seudo científicos es que no son revolucionarios. Son los defensores del lugar común. No hacen vacilar la religión: más bien es la religión la que parece hacerlos vacilar a ellos. Su única respuesta a la gran paradoja es repetir la obviedad.
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